Yunior, el traidor

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‘Cuba fue, por una horas, un teatro vacío. Las tropas de choque que recorrían las calles blandiendo porras eran solo tramoya.’

Fidelacto’. ALEN LAUZÁN DIARIO DE CUBA

De la noche a la mañana, hemos visto a Yunior García Aguilera convertirse en el traidor de la última tragicomedia cubana. El dramaturgo se habría dado a sí mismo el beso de Judas y renegado de sus propios principios.  

Yunior traicionaba al público creyente al aceptar las 30 monedas del exilio.

En la mañana del 15 de noviembre, detrás de las persianas de su apartamento de La Coronela, con una rosa blanca en el puño, Yunior fue el símbolo de la resistencia, el continuador de la lucha cívica y el heredero de la sagrada misión del 11 de julio.

Ahora, para muchos cubanos, era menos que un mercenario: era un paria.

La semana previa al 15 de noviembre, el día que su grupo, Archipiélago, convocó a la marcha, la Seguridad del Estado declaró abierta la cacería de contrarrevolucionarios. La emprendedora Saily González y la periodista Yadiris Luis Fuentes permanecían tras las rejas de unos domicilios convertidos en mazmorras. Todos los barrios de Cuba fueron guetos de Varsovia (Hamlet y Katherine Bisquet habían sido enviados realmente a Varsovia). Para crear una Cuba inclusiva, los generales habían sacado de escena a los cubanos. Ya llegarían los cruceros cargados de extras.

Cuba fue, por una horas, un teatro vacío. Las tropas de choque que recorrían las calles blandiendo porras eran solo tramoya. La dictadura decretó un Día Nacional de la Defensa y una semana de juegos militares, simulacros de invasiones y despliegue de turbas antimotines.

La chusma se había trepado al escenario, y la farsa de una nación indivisa alcanzó niveles pornográficos. Jóvenes delegados acamparon en los parques de la ciudad, en tiendas de lona que impedían el paso a los manifestantes. Se instalaron cámaras y se talaron árboles que molestaban la visión clara e ininterrumpida de los nuevos herejes.

El trovador Pablo Milanés y el guitarrero Leo Brouwer, avergonzados, se desmarcaban del régimen en sendos actos de contrición que emocionaron a sus prosélitos. Leo caminaba a tientas por una casa en tinieblas, sosteniendo una vela, como si buscara al último cubano justo y no pudiera encontrarlo… ¡solo tenía que coger la ruta 222 y bajarse en La Coronela!

Señoras en pijamas, blandiendo rifles automáticos aparecieron por entonces en las redes sociales: eran la parte más canallesca de los escuadrones paramilitares que se aprestaban a cazar manifestantes. Los camilitos tomaban posiciones estratégicas, y los viejos revolucionarios, cargados de medallas, mantenían sus bates a mano. Karatecas y palestinos importados para la ocasión, montaban guardia en sus motorinos, listos para una nueva carga al machete.

Un espía con cabeza de cerdo y cara de primate fue llevado a la plaza y presentado al pueblo como distinguido humanista y doctor en Medicina. La farsa animalesca, pespunteada de berridos y cacareos, concluyó con aplausos atronadores y la entrega de un diploma.

Mientras tanto, el dramaturgo y su damisela en apuros pedían a los cubanos vestirse de blanco, el color de una pureza cívica ya irrecuperable. Ni toda el agua del Caribe podría lavar el estiércol que ha manchado a sus compatriotas por más de medio siglo.

Entonces, casi paralelamente, se abrieron las puertas del aeropuerto de Miami, y una turba de carneros desesperados, empujando carricoches rebosantes de mercancía, abarrotó la terminal aérea. Habían pagado hasta 1.600 dólares por un vuelo de 35 minutos, pues no estaban dispuestos a dejar morir de hambre a sus familiares de la isla cautiva, ni privarlos de sus medicinas para la diabetes y la hipertensión, la sarna y el eczema. Apretaban contra sus pechos bolsas de sicotrópicos, laxativos y diuréticos. ¡No serían ellos los que pondrían los muertos! ¡Que los pusieran otros! Por lo menos en el aeropuerto José Martí, hubo una marcha de los que regresaban patrióticamente al archipiélago.

Yunior ha dicho, en entrevista con Ian Padrón —cuyo padre creó los símbolos castrenses que apuntalaron, durante más de 50 años, el imaginario mambí de la casta militar cubana— que, en algún momento, dentro de su caja negra de La Coronela, se sintió solo. Una admisión sencilla, pero cargada de significado. Porque la verdad es que ni un solo ciudadano o ciudadana de los 12 millones de habitantes del archipiélago tocó a su puerta para apoyarlo. En ese momento de oscuro total, hasta el mismísimo Jesucristo hubiera dicho: «¡Señor, aparta de mí esta mierda!».

Era la hora en que miles de madres tomaban las manitas de sus hijitos y partían hacia los colegios recién reabiertos. Los uniformes escolares, disponibles en los almacenes Valsán de Miami y adquiridos con el sudor agrio de los desterrados, llegan a Cuba en los jolongos de las mulas. Facebook recogió las instantáneas de las madres con sus hijos, camino de los centros de adoctrinamiento… ¡el día de la marcha ciudadana!

Por eso afirmo, sin ser crítico teatral, que, comparado con Yunior, Vaclav Havel fue un Tres Patines, y que confrontada con Dayana Prieto, Rosa Parks fue Chiquitica Rubalcaba. ¡Un teatro de la crueldad del tamaño de una ratonera que asuste al ejército más poderoso de Latinoamérica! ¡Reclamar el asiento que te disputan, no en una guagua, sino en la sala de tu propia casa!

Solo en la Cuba totalitaria el heroísmo es totalmente teatral, pues incluye el desprecio al héroe por la propia compañía que debía secundarlo. En el gran espectáculo de la miseria cubana, donde hay siempre un elenco dispuesto a entrarle a tomatazos al protagonista, Yunior García Aguilera ha alcanzado la grandeza trágica de un Hamlet

TOMADO DE DIARIODECUBA

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