Viajar en un ‘P–sauna’ por La Habana

La otra opción en una ciudad con transporte escaso y caro es caminar, pero un par de zapatos baratos no cuesta menos de 4.000 pesos.

Pasajeros dentro de un ‘P-sauna’ en La Habana. R. MARÍN DIARIO DE CUBA

«El viaje hasta Santiago de Las Vegas ha sido el más largo de mi vida», pienso mientas me digo que más nunca montaré esta cosa. A mi alrededor, las caras de los pasajeros reflejan lo mismo.

Cuando esperaba debí suponer que algo andaba mal con ese tipo de guaguas. De la parada del Ministerio de la Construcción, los articulados tradicionales partían con gente en las puertas, inclinados, casi movidos por la casualidad; en cambio, estos ómnibus, que se veían bastante confortables, circulaban casi vacíos.

Mi pareja concluyó que «tenían aire acondicionado». Cuando eso pasa, los choferes intentan que no se abarrote tanto el carro. Los amplios ventanales, cerrados herméticamente, reforzaban la teoría, por lo que preferimos esperar un P12 «climatizado» para hacer un viaje más cómodo.

Cuando por fin llegó uno, había gente delante de nosotros en la cola que nos cedió el turno. Con el sol de las 2:00 de la tarde eso pareció raro, pero subimos ilusionados.

***

Hace algunos días, la Empresa de Transporte Provincial de La Habana anunció la puesta en circulación de diez ómnibus, de una donación de 29 procedentes de Bélgica, que irían a reforzar las rutas de P12 y P16. De acuerdo con una información de Canal Habana, estos vehículos habían entrado al país en junio pasado y fueron acondicionados para su puesta en circulación. «Sin embargo, el aire acondicionado que disponen no soporta las altas temperaturas del país», informó el medio. Evidentemente, yo no sabía esto.

En cuanto logro subir, noto la altísima temperatura. «Creo que es preferible ir hasta Mulgoba a pie, bajo el sol de las 12:00 del día y con un saco al hombro. Esto es un horno», comenta un joven a mi lado. Su interlocutor se limita a secar el sudor que le corre por el rostro como un río. La toalla, antaño blanca, tiene surcos pardos por doquier. Mira al techo y resopla. «Mi hermano, el calor insoportable, la bulla de la gente y para colmo el chofer que se quiere hacer millonario [dejando subir a demasiados pasajeros] en un solo viaje. Cada día este país es más insoportable».

«Papi, ¿aquí también vas a parar? ¿Te vas pa’ Nicaragua la semana que viene y te falta dinero pa’l pasaje?», termina gritando al chofer.

Adentro, el descontento es general. Las personas sudan desmesuradamente y, con buena parte de los brazos alzados, el mal olor se acumula. Sostenerse de una barra es imposible. Todas están pegajosas, mojadas, asquerosas. Un grupo de estudiantes africanas conversan entre sí, poco animadas. Cada una sostiene un abanico de papel. Se echan aire parcamente. Casi todo el mundo ha buscado un mecanismo para mitigar la temperatura: libretas escolares, trozos de cartón, pañuelos y abanicos son parte fundamental del ecosistema.

A medida que se avanza por la guagua el sopor se hace más intenso. El chofer tiene la única ventanilla que se abre en el ómnibus, e incluso él no soportaba el calor. Cada vez que montan los pasajeros, se asegura de que se apiñen atrás. En cada parada, antes de emprender de nuevo la marcha, abre y cierra las puertas varias veces. Eso da la ilusión de que refresca un poco, pero a los cien metros esa sensación de «fresco» ha desaparecido.

Por lo que pude escuchar, tampoco a él le agrada mucho el nuevo vehículo. «Yo lo cogí porque llevaba meses en la casa sentado sin buscar ni un peso, porque no había carros para manejar. Cuando eso pasa, te ponen un básico, pero no tienes búsqueda ninguna: era esto o nada», dice mientras conversa con su auxiliar y con un pasajero que se le acerca a quejarse de la situación.

De los ómnibus urbanos que deberían circular por La Habana, solo funciona el 40%, según reconocieron las autoridades en junio.

«En la base dicen que les van a poner ventanas de las guaguas que están fuera de circulación. Si eso es verdad, deberían tenerlas ya, porque más de la mitad están rotas. Yo voy a hacer un tiempo a ver si se resuelven y si no, me voy», agrega el chofer.

Algunos pasajeros comentan que la ruta tampoco fue bien seleccionada. A lo largo de Boyeros, el sol da de lleno sobre el ómnibus durante todo el trayecto, convirtiéndolo en una sauna con ruedas. «¿Tú crees que así uno puede usar nasobuco?», protesta una señora, casi desfallecida, que viaja en un asiento de impedidos. En su pecho, el abanico también húmedo.

Lentamente, el P12 se acerca a su destino. Buena parte de los pasajeros baja en el parque y sigue a pie hasta la última parada, en la terminal de Santiago de Las Vegas. Yo con ellos.

***

Hago una cola de casi tres horas para un rutero 4, que va desde Santiago de Las Vegas hasta el Vedado. Allí cogeré algo hasta la casa. Los carros para La Habana Vieja escasean y ya los tramos cortos cuestan cien pesos y los largos 200. Impagables.

Mientras espero pienso en los cristales empañados, el sudor, el color, la cantidad de gente, la decadencia… Eso me pone triste. La terminal está repleta y nadie quiere montar en un «P-sauna«.

La otra opción sería caminar, como dijo aquel muchacho. Pero un par de zapatos baratos no cuesta menos de 4.000 pesos.

TOMADO DE DIARIODECUBA

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

%%footer%%