Viajar a La Habana desde el interior del país se ha convertido en un negocio redondo para los que aceptan sobornos por emitir los permisos

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En medio de la restringida situación que imponen las autoridades cubanas sobre la isla como medida para el control de la pandemia de coronavirus, viajar de forma interprovincial es posible aún con las limitaciones de movilidad, pues un soborno a la persona indicada es suficiente para conseguir el autorizo oficial para dicha operación.

Si se tiene más prisa, basta con esconderse en uno de los muchos vehículos estatales o particulares que sí están autorizados para trasladarse de un territorio a otro, para así pasar los puntos de control policial de las carreteras.

La demanda para viajar por estas vías alternativas ha comenzado a subir desde que el Gobierno cubano anunció la reapertura de las fronteras nacionales al turismo extranjero el próximo 15 de noviembre, por lo que los precios de las acciones ilegales que lo posibilitan han subido también.

Lograr el certificado de permiso para viajar desde Ciego de Ávila hasta La Habana hace unos 2 meses valía entre 1.200 y 2.500 Pesos Cubanos (CUP), pero ahora la misma transacción puede superar los 5.000 CUP.

La inflación ha sido tal que llegar a la capital cubana desde las provincias más orientales del país (Guantánamo, Granma o Santiago de Cuba) está costando más de 10.000 CUP, lo que al cambio informal (de 1 x 60-65) serían más de 150 o 165 dólares.

Son tantísimos los cubanos que vivían directa o indirectamente del turismo internacional antes de llegada la pandemia, que alcanzar la capital antes de que el primer turista toque el suelo cubano se ha convertido en una verdadera carrera contrarreloj.

Tal es el caso de los “jineteros”, trabajadores de uno de los oficios informales más populares de la isla desde la década de 1990, algo que no necesariamente implica prostitución o estafa, pero que se basa en relaciones (de pareja y hasta de amistad) con personas extranjeras por interés.

Los dedicados a esta actividad necesitan encontrar una vivienda de alquiler económico para afincarse en La Habana (algo prácticamente imposible en estos tiempos de drástica inflación) y activar con agilidad, después de casi 2 años de paralización, la red de contactos que les permite brindar un “mejor servicio”, lo que involucra a policías corruptos, proveedores de tabaco, ron, drogas, obras de arte, servicios médicos y sexo.

Liensay, una de estas cuentapropistas recién llegada a La Habana de modo clandestino desde su natal Holguín, contó que mientras antes llegue uno a la ciudad para recibir a los turistas foráneos, menos competencia habrá.

La joven de 20 años logró trasladarse hacia La Habana escondida en una rastra que viaja todas las semanas entre las 2 provincias para cargar acero, lo que le costó 8.000 CUP. La muchacha tuvo que vender un televisor y le dio también al chófer del vehículo un puerco vivo en pago por el servicio.

Sin embargo, Andy, joven de 22 años y original de Las Tunas que comparte un apartamento de renta con Liensay, teme no conseguir un buen alquiler, barato y bien ubicado.

Andy explicó que pagó 5.000 CUP por un permiso, lo que no fue fácil de conseguir, y otros 3.000 por el vehículo que lo llevó hasta la capital. Dijo que su temor se debe a que muy pocos arrendatarios continúan alquilando en moneda nacional y que “lo que encuentras barato son cuarticos sin baño, sin condiciones”.

“Aquí yo puedo traer a un yuma sin problema. Es verdad que gasto un poco más pero la impresión es lo que vale. El yuma ve esto y dice: ‘Este es un tipo decente. No es un bandido’. Si lo llevo a un lleguipón [ciudadela] va a querer pagarme una miseria. A veces hay que invertir para ganar más”, comentó el joven.

Entretanto, Sergio, otro tunero de 34 años, decidió volver a La Habana mucho antes del 15 de noviembre para hacerse de nuevos contactos en la Policía que le “perdonen la vida”, siendo un residente ilegal en la capital.

“Yo salgo todos los días para que me vean, que sepan que soy del barrio, que no pasa nada. A veces les brindo agua, les compro su cajita de cigarro, los voy trabajando para que me perdonen la vida. Yo pagué 10.000 CUP por que me pasaran, 6.000 por el transporte y 4.000 que tuve que dar en el punto de control en Camagüey porque ahí se pusieron un poco majaderos”, asegura Sergio.

El anuncio de la reanudación de las actividades del sector turístico ha significado nuevas expectativas para los que al menos persiguen vincularse al único salvavidas que le queda a la economía cubana.

TOMADO DE CUBACUTE

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