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Bella y primera mujer catedrática de Derecho Público en Francia, Evelyne Pisier visitó La Habana y tuvo durante años amoríos con Fidel Castro.

Fidel Castro y Eveline Pisier, La Habana, 1964. U. LIUTKUS LIBÉRATION

Corría el verano de 1964 cuando un grupo de la Unión de Jóvenes Comunistas de Francia aterrizó en La Habana para presenciar los «logros» de la cada vez más consolidada dictadura cubana, a la que tenían, al igual que la izquierda europea de entonces, por una especie de paraíso terrenal. El desencanto tardaría años en llegar. Pero es otra historia.

De la pandilla parisina, a una le tocó la lotería, por así decirlo, con Fidel Castro. Rubia, de belleza salvaje, con una brillante trayectoria académica en ciernes —fue la primera mujer catedrática de Derecho Público que hubo en Francia—, Evelyne Pisier (1941-2017) pronto cayó rendida ante los encantos del sátrapa.

Fueron cuatro años de amoríos, con Evelyne viviendo a caballo entre París y la Habana. Según un reportaje recientemente publicado en Le Point, en la capital francesa Pisier defendía posturas feministas —faltaba poco para que estallase Mayo de 1968—, mientras que en la cubana ejercía de mujer sumisa a su amante. Un feminismo a la carta. Parece que el idilio empezó a resquebrajarse al descubrir Pisier el trato que Castro dispensaba a los homosexuales y su negativa a condenar la invasión soviética de Checoslovaquia.

Bien. ¿Pero no le indignaba la suerte del resto de opositores, implacablemente perseguidos desde 1959? La ruptura definitiva se produjo, siempre según Le Point, cuando se negó a dar descendencia a su amante. Sin embargo, cuando este último murió en noviembre de 2016, Pisier escribió en un artículo que «Castro nunca borrará a Fidel». En otras palabras: ni las fechorías del castrismo deslegitiman el supuesto romanticismo de sus inicios, ni Pisier estaba dispuesta a hacer una autocrítica de su propio pasado.

Esta línea cínica se proyecta ahora sobre el escándalo mayúsculo que ha destapado su hija Camille Kouchner —nacida, junto a otros dos, de su matrimonio con el exministro Bernard Kouchner, otro integrante de la expedición cubana de 1964— en el libro La familia grande, publicado el pasado 4 de enero y que ya roza los 300.000 ejemplares vendidos.

Resulta que el segundo marido de su madre, Olivier Duhamel, politólogo y uno de los sumos sacerdotes de la intelectualidad parisina de izquierdas hasta su caída en desgracia, forzó al gemelo de Camille Kouchner (Víctor es su seudónimo en el libro) a mantener relaciones sexuales cuando contaba 13 años de edad. Incesto del padrastro. Casi tres décadas de silencio hasta que Camille no aguantó más. La gota que colmó el vaso fue la elección de Duhamel como presidente del club Le Siécle, cenáculo de referencia de las elites galas, al tiempo que seguía dictando lecciones de moral política —obviamente progre, cela va sans dire— desde las influyentes tribunas mediáticas puestas a su disposición.

La ignominia destapada por el libro de marras no es sino la punta del iceberg del sórdido estilo de vida del matrimonio Duhamel-Pisier. Los veranos, en su casoplón de la Costa Azul —poco tienen que ver con la gente humilde a la que dicen representar—, los adultos —incluida la abuela— tomaban el sol desnudos delante de los niños, se les animaba a besarse en la boca con ocho, diez u 11 años y se organizaban sesiones de fotografía de nítido contenido sexual, cuyas mejores piezas se exponían posteriormente en los muros de la mansión para así poder comparar, pongamos por caso, los pechos de la joven Camille con los de la abuela. La obscenidad se prolongaba con «funciones de teatro» cuyo guion el lector puede imaginar.

El caso se agrava a raíz de la confidencia de Víctor a su hermana acerca de las prácticas de su padrastro. Camille se lo contó a su madre, pero la profesora Pisier prefirió echar balones fuera y sobre todo proteger a su marido alegando, sin ir más lejos, que no se consumaban los actos. Es decir, relativizaba la gravedad de los hechos aun a sabiendas de que eran ciertos. Al igual que las violaciones de derechos humanos en la Cuba de los años 60 que Pisier, como ya hemos visto, conocía de primera mano.

Vaya por delante que un caso (el incesto) no tiene nada que ver con otro (la represión política); ni por la naturaleza de los hechos, ni por lugares o fechas. Pero sí sirve para poner de manifiesto, una vez mas, el relativismo moral, la doblez y el sentimiento de impunidad del que goza, o ha creído gozar hasta ahora —las cosas están cambiando— cierta izquierda de elite. ¿Más? En el folleto de recuerdo que fue distribuido a los asistentes del funeral de Evelyne Pisier, Duhamel colocó una foto de Castro. Era febrero de 2017. Y se seguía blanqueando a un tirano, aunque fuera en un acto privado. La izquierda no termina de aprender sus propias lecciones.

Post Scriptum: dos meses después de haber abandonado este mundo, a Pisier se le rindió un homenaje en presencia de buena parte de la izquierda de salón parisina, la famosa gauche caviar. No faltaron Francois Hollande —a punto de dejar el Elíseo por la puerta de atrás— ni el líder de Mayo del 68, Daniel Cohn-Bendit. De la parte musical se encargó Teo Saavedra, torturado por el régimen de Pinochet, pero insensible al sufrimiento de los represaliados por su ideología. Con su guitarra tocó «Hasta siempre», canción de triste recuerdo para muchos. «Aquí se queda la clara/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia/ comandante Che Guevara». La izquierda y sus criterios morales.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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