Sobrino de Arnaldo Ochoa: ‘Lo que quiero es que la gente mejore, que ayuden a los más necesitados’

Enio Calzadilla Ochoa fue uno de los pocos familiares del general fusilado que pudo ir al juicio de su tío en 1989. A casi 32 años, recuerda aquellos días en entrevista exclusiva a DIARIO DE CUBA.

Enio Calzadilla Ochoa. ALFREDO HERRERA SÁNCHEZ

Los cubanos viejos siempre dan la mano. Los más jóvenes también besamos y abrazamos, pero ellos todavía dan fuertes apretones de mano. En mi reciente visita a la Isla conocí a un señor que no hacía ninguna de las dos cosas. Su manera de saludar era darse con el puño cerrado en la cabeza. Como tiene la mitad del cráneo de platino, le gusta empezar por ahí. Sus nudillos sacan un sonido amargo como el sabor del metal.

Se llama Enio Calzadilla Ochoa, es capitán retirado de las Fuerzas Armadas de Cuba y sobrino del general de División fusilado en julio de 1989, Arnaldo Ochoa Sánchez. Me habían hablado de este señor que desde hace unos meses pasa mucho tiempo en el barrio, a las afueras del municipio Colón, en la provincia Matanzas.

En la tarde que coincidimos, él usaba una enguatada que en algún momento había sido blanca. La pieza tenía dos ojales extremadamente sulfatados en el cuello. El óxido verde-azul que desprendían, saltaba a la vista cual símbolo inequívoco de su situación económica.

Enio es muy parecido a su tío. Tiene la piel pegada a los huesos, las orejas grandes y la nariz le sobresale del rostro. Un rostro que se amarra cuando le preguntan por aquel fatídico año 1989.

«Después de todo —recuerda—, quién iba a esperar eso de un general Héroe de la República de Cuba con tanta reputación. En el juicio, hasta Raúl (Castro) le dijo las cualidades que tenía. Yo me parezco mucho a él, incluso era más alto que él. En ese entonces me sentí medio cabrón porque me dije ‘coño, mi tío en eso… y lo van a cepillar'».

Además del vínculo familiar que los unía, Enio y Arnaldo coincidieron durante la guerra en Angola.

«Él era el jefe de la misión cubana en Angola cuando yo estuve allá (1980-1982), pero casi nunca nos veíamos. Allá estaba también el hijo de él, mi primo. Había ido a pasar el servicio, pero tampoco nos veíamos mucho. Siempre andaba en BRDM (vehículo anfibio de fabricación soviética), paseando de aquí para allá; ese no tenía que marchar».

Arnaldo Ochoa Sánchez dirigió la tropas cubanas en la guerra de Ogaden, en Etiopía, y la misión militar cubana en Angola. En 1989 fue acusado de «alta traición a la patria» por tráfico de drogas y despojado de sus grados militares y su condición de Héroe de la República. Fue condenado a muerte junto a otros oficiales en un juicio militar que muchos analistas vieron como una maniobra para eliminar a un adversario político y limpiar la imagen del régimen, rodeado de acusaciones de vínculos con el narcotráfico.

¿Cómo vivió la familia el caso de tu tío?

Nada, eran gente muy… él mismo se echó la culpa… Fuimos al juicio mi mamá y yo, no dejaron ir a más nadie. Era un proceso militar. De la familia, aparte de nosotros, solo dejaron ir a su mujer y sus hijos. Cuando lo fusilaron, él mismo se dirigió la ejecución.

Él nunca estaba en Cuba. Siempre estaba afuera con misiones que le impedían mantener cualquier vínculo cercano con nosotros. ¿Cómo íbamos a saber que ese hombre iba a meterse en eso? Cuando él venía a Cuba, venía a hablar con los grandes jefes, los generales, con el ministro. La relación entre Ochoa y Raúl era muy estrecha. Mi tío fue el primer general Héroe de la República de Cuba.

¿Tú crees que Raúl y el resto del Gobierno también estaba metido en eso?

El número uno (Enio pasa la mano derecha por su mandíbula para aludir a la barba de Fidel Castro), no creía ni en su madre. Se la arrancaba a Raúl y se la arrancaba a Ochoa si se ponían para eso.

¿Entonces, tú crees que eso no lo sabían los demás?

Ochoa se vinculó con Abrahantes y esa gente buscando una mejoría. Al final se dijo que querían dar un golpe de Estado aquí, pero los cercaron y los cogieron.

¿Y por qué lo de Abrahantes fue después?

Es que si en ese momento ponen que un ministro de Cuba está metido en la droga, es un fenómeno para el pueblo cubano. Había que desvincular eso y ponerle otra causa más suave para independizar un problema del otro.

Después de 32 años, la hermeticidad del Gobierno cubano ha provocado más sombras que luces sobre el tema de Ochoa. Personajes perdidos en el tiempo como Enio Calzadilla jamás llegaron a comprender lo que vivieron y la incertidumbre se apoderó de una historia que nunca fue completamente contada.

«Fíjate si todo eso me afectó la vida entera —rememora Enio—, que de ahí para adelante empecé a estudiar y estudiar. Me mandaban a escuelas para despejarme un poco la cabeza. Luego cogí un carguito más o menos ahí, para vivir la vida como jefe de la sección de preparación combativa allá en Holguín. Era una unidad pequeña, con poco más de 100 personas».

Mientras conversamos, Enio cada cierto tiempo se toca la parte trasera de la cabeza, donde tiene varias operaciones hechas. «En 1981 me caí de un carro en Angola y me destrocé todo el cráneo. Íbamos en una caravana de Huambo para Menongue y en Caconda acampamos esa noche. Éramos más de 200. Al otro día, saliendo la caravana, explotó una mina, el chofer me tumbó y me desgracié la cabeza», recuerda.

«En helicóptero me llevaron prácticamente muerto para Luanda. Allí me recuperé, me quedé y cumplí la misión. Me atendieron los médicos cubanos que estaban allá. El jefe del campo de tiro de Menongue era yo. Yo hice ese campo de tiro, desde cero, allí no había nada. Eran torres de tres plantas por ahí para arriba. Lo hice yo con un camagüeyano».

«Al final, estuve 29 años en las Fuerzas Armadas. Me jubilé en el 2008. Trabajé la mayor parte de mi carrera en Holguín, pero estudié en Santiago también. Hice varias especialidades en la José Maceo relacionadas con Operaciones».

¿Qué tipo de vinculación tienes ahora con las FAR?

Ninguna. Nunca me han venido a ver, nunca se han preocupado por mí, nunca me han dado nada. Yo trabajo en el campo y vivo de eso.

Una vez vino una teniente coronel de Matanzas. Me propuso que fuera para una unidad militar. Yo le dije «mira, ya a mí me retiraron. Estoy en esta finca ahora, ¿de qué voy a vivir?». Quería que diera clases en las movilizaciones, porque… ¡yo soy profesor titular! Entonces, quedamos en que no me molestarían a no ser que viniera una guerra o algo grande.

Yo nunca pedí casa durante mi carrera como militar, ni apartamento ni nada. Los equipos que me dieron tampoco los pedí, pero yo pinchaba bien porque en definitiva el error no era mío y él dijo que el error fue suyo (haciendo alusión a su tío, Arnaldo Ochoa).

¿Tu quisieras algo de la Asociación de Combatientes?

Yo lo que estoy es loco porque se vaya la enfermedad de mierda esta que hay. Ver a tu familia y la mía que estén bien. Que la gente pueda comer mejor. Yo no sé lo que es, pero lo que sea que se vaya.

¿Quieres que cambie el Gobierno?

El Gobierno se las arregla como le da la gana, yo lo que quiero es que la gente mejore, que ayuden a los más necesitados.

Después de retirarse Enio Calzadilla siguió la invitación de un amigo y fue de Holguín hasta Guareiras, un pueblo cercano a Colón. Tras ver una finca que necesitaba mano de obra «le gustó aquello» y se instaló allí. Más tarde cambió de finca y así llegó a mi barrio.

Todos los días toma alcohol con los borrachines de la zona mientras cae la tarde. Intercambian información de la cosecha de turno en los alrededores o comentan el número que salió la noche anterior en la bolita.

Cuando le pregunté a Enio cómo le iba con las siembras asintió, pero con la cosecha algo andaba mal. Entonces volvió a frotarse la mandíbula para hacer referencia a Fidel Castro (como símbolo del sistema que lo controla todo en Cuba), y me dijo:

«Ellos pagan cuando les da la gana. He estado hasta seis meses esperando algunas veces el pago del tomate que yo acopio. Con las vacas es lo mismo, eso aquí es un desastre».

Hubo un silencio en el diálogo mientras yo procesaba hasta qué punto este hombre de 62 años había sido víctima del Gobierno cubano. Enio lo interrumpió y pasó de entrevistado a entrevistador.

–¿A qué hora te vas mañana?– Me dijo.

–Mañana temprano salimos para Varadero.–Le contesté.

–¿Tu número de pie cuál es? ¿Te sobra algún par de zapatos?–Me preguntó mientras alzaba la pierna y se agarraba la bota.

–Traje solo estos zapatos (señalé los que tenía puestos), que además no te servirían. Yo vine de mulo…–Le contesté.

Terminé balbuceando sobre por qué no podía ayudarlo. Automáticamente, pensé en comprarle unos, pero si comprar pan en Cuba es difícil, descarté la idea de conseguir zapatos. Revisé los bolsillos y le entregué a Enio lo que tenía, una caja de cigarros H. Upman recién abierta y 100 pesos cubanos. Él me miró sonriente y colocó su mano derecha sobre mi hombro antes de decir: «¡gracias compay!»

TOMADO DE DIARIODECUBA

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