Si Franco y Pinochet lo hicieron, ¿por qué los Castro no?

‘Como las cadenas que mantienen amarrada a la nación son también la causa de su pobreza, el castrismo lleva años ajustándolas.’

Ernesto ‘Che’ Guevara en trabajo voluntario. JUVENTUD REBELDE

Cuando Jean-Baptiste Colbert, ministro de Luis XIV, congregó a comerciantes parisinos para indagar sobre cómo el gobierno podría mejorar la industria francesa, un tal Legendre le espetó con valiente simpleza: «¡Laissez-nous faire!» (¡Déjenos trabajar!).

Esa sutil protesta contra la intromisión del monarca francés en la economía, y por ende, en la vida de gente pacífica, sirvió para que el fisiócrata Vincent de Gournay sintetizara una verdad aun inaceptable para los poderosos: «Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même» («Dejen hacer, dejen pasar, el mundo va solo»).

Y es que la condición básica para el progreso material es la libertad, porque la riqueza no está en minas, plantaciones o industrias, sino en la inventiva humana que aflora allí donde siendo menos sojuzgada puede innovar y emprender.

Para ese crecimiento económico —al menos hasta cierto punto— no es siquiera imprescindible toda libertad, basta que haya «autonomía económica» en el sentido que da Gournay como ausencia de coacción. Para que un país florezca, el Gobierno más que ayudar, debe no molestar, debe dejar hacer y dejar pasar.

Pero no molestar no significa inhibición, el Estado tiene un rol económico vital que no es luchar contra la pobreza o la desigualdad, sino crear el marco de justicia imprescindible para que haya libre comercio y todo intercambio sea, sin excepción, mutuamente beneficioso. Un proceso justo, indefectiblemente, conlleva un resultado justo, de ahí que el papel fundamental del gobernante sea proporcionar justicia, no intervenir el resultado del libre intercambio entre individuos adultos.

Como mismo sin un código vial no sería posible el tráfico citadino, la economía, para poder funcionar a plenitud, necesita árbitros que impidan que las personas se violenten o engañen en sus intercambios mercantiles. Las buenas leyes no restringen la libertad, la hacen posible.

Siendo así, incluso un Gobierno políticamente autoritario puede elegir la prosperidad para su pueblo actuando como facilitador, más que como rector central del proceso económico.  

Buen ejemplo es España. Hundida en la miseria tras la guerra civil y 20 años de dirigismo totalitario, la dictadura franquista evolucionó radicalmente hacia el libre mercado, permitiendo que entre 1959 y 1975, ese reino viviera su periodo de mayor crecimiento económico.

¿Podría hacer lo mismo el castrismo?

Hay una diferencia radical entre la dominación marxista y otros despotismos. Cualquier otra dictadura intenta controlar la sociedad directamente mediante terror y engaño, pero las dictaduras marxistas son más pérfidas, allí la violencia física es secundaria, lo primario, es dominar lo que Marx denominó infraestructura o base material (economía) para así controlar la superestructura, que son las instituciones sociales, legales, políticas, artísticas e ideológicas históricamente concretas que conforman la realidad del individuo.

Una dictadura marxista es lo más parecido a la distopía orwelliana o la Matrix.

Mientras Franco, Pinochet o Park Chung-hee usaron la violencia para tomar y conservar el poder, Fidel Castro, además de eso, convirtió al pueblo en dependiente del Estado quitándole toda autonomía económica, lo infantilizó.

Ese control económico es lo que ha dado estabilidad al castrismo permitiéndole un poder que jamás tuvieron Machado o Batista. De ahí que la relativa falta de confrontación explícita entre sociedad cubana y Gobierno no sea síntoma de aquiescencia, sino de sometimiento. La «tranquilidad ciudadana» no está reflejando la popularidad del régimen, sino el poder que ha acumulado gracias a controlar la base material, y así, la realidad objetiva y espiritual del pueblo.

Pero como las cadenas que mantienen amarrada a la nación son también la causa de su pobreza, el castrismo lleva años ajustándolas, intentando que el pueblo sea más productivo, pero manteniéndolo atado. En ese proceso, el Gobierno ha descubierto que mientras se mantenga moviendo las cadenas —haciendo superficiales reformas económicas y políticas—muchos tontos útiles creerán que el tintineo de los eslabones se debe a que están zafando las ataduras y se ilusionan con el «esfuerzo» gubernamental, consintiendo que el castrismo gane tiempo.

No entienden estos adláteres ilusos que, si obligado por las circunstancias, el Gobierno afloja —pero sin soltar— el absolutismo económico base de su poder, no será para evolucionar hacia una democracia, sino hacia una dictadura más violenta y represiva: las cadenas económicas se trastocarán en cadenas de horror. A eso apunta el endurecimiento del Código Penal y las abusivas sentencias contra el 11J.

Afortunadamente, la estrategia de sacudir las cadenas para hacer ruido y ganar tiempo se está agotando, así que el castrismo, forzado porque en Cuba la depauperación material y humana es crítica, remisamente, va liberando nudos que fomentan expectativas sociales que difícilmente podrán ser revertidas, como los aun discretos pero reales reconocimientos a la propiedad y al emprendimiento privado.  
 
Aun así, es desconsolador saber que Cuba podría mejorar económicamente a velocidad vertiginosa, minimizando el sufrimiento que provoca la actual miseria, pero su Gobierno elige reptar despacio, como gusano, antes que volar como mariposa hacia la prosperidad, pues su propio poder le importa más que el bienestar del pueblo.

Equivocados o no, numerosísimos chilenos, españoles y surcoreanos recuerdan a Pinochet, Franco y Park Chung-hee con agradecimiento, pues aun siendo despiadados tiranos, enrumbaron al país por la senda del crecimiento económico, pero ¿quién le agradecerá al castrismo cuando, aun viendo al país deshacerse en menudos pedazos, prefiere ver a los cubanos hundidos en el mar antes de dejarles hacer, dejarles pasar?

TOMADO DE DIARIODECUBA

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