Al día con Florencia, Cuba y el Mundo

Si el mar se secara

El problema más grande que tiene la involución cubana es que ya ni siquiera puede ser simpática.

El actor Andy Vazquez. ANDY VAZQUEZ FACEBOOK 

En un antológico cuento contrainvolucionario un cubano sentado en el muro del malecón mira hacia el mar. El cubano quiere irse de Cuba. Pero no sabe cómo. Entonces, con la mirada en el horizonte, repite: “Si el mar se secara… si el mar se secara.” Un policía que pasa por allí lo oye y le pregunta: “Ven acá, ¿para qué tú quieres que el mar se seque?” Y el cubano, con ese toque de socarronería tropical, contesta: “¿Pa que va ser oficial? ¡Pa sembrarlo toíto de café!.”

Hay diferencias entre humor y burla. La burla, la chota española, o el choteo cubano, no necesita mucho talento. Generalmente acude a defectos físicos y cosas triviales, mundanas. En el choteo y en el chiste grosero no queda nada para después. El doble sentido para provocar la risa casi siempre acude a uno solo de esos sentidos: procacidad, inmediatez, localismos. Y como quien lo practica, el destinatario no tiene por qué ser muy listo para “llevársela”.

El humor siempre tiene una carga política y social. A veces no gusta de las grandes masas, pues necesita cultura para procesarlo, entenderlo, disfrutarlo. El humor, además de ser filosofía, como el mar de esperanza que miraba el cubano, es denuncia y propuesta. Al decir la verdad de una manera ocurrente toca la conciencia de los hombres. Desde lo griegos hasta nuestros días, la risa inteligente es medicina para el espíritu.

¿Por qué el régimen ha tolerado durante toda su existencia grupos humorísticos? Las respuestas son disímiles. Una de ellas es que al jugar con la cadena y no con el mono, algo se alivia. Rasca, como diría Galeano, y rasca bien, pero no donde más pica. El simio, en este caso, el Difunto, el hermano, y ahora el Designado, son intocables en el humor cubano —y cuentan que Batista se reía cuando dibujaban el Sol, el Indio—, y la ruta 30, el barrio de La Sierra, en Miramar. El día que un gracioso se tire con una caricatura parecida, tiene garantizada una habitación gratuita en Villa Marista.

El régimen necesita que la gente ría. Que se olvide. Que no tomen la vida —miserable, pesimista— tan a pecho. Por eso los grandes espectáculos humorísticos, esos que tal vez rozan el mono, están en los teatros, hoteles y restaurantes. Pequeño formato. Cuando un programa como Vivir del Cuento traspasa la frontera, un Andy Vázquez se equivoca de set, y hace su chiste fuera de las cámaras oficiales, únicas, lo paga con la seriedad que merece: dejar de ser humorista sanguíneo para convertirse en humorista melancólico.

En la medida que se deteriora la situación política y económica de Cuba, ciertos chistosos comienzan a desaparecer o a negarse a sí mismos. Otros están emigrando de la comedia a la tragedia: denuncian la insoportable levedad de vivir en la Isla. Terminado el discurso de promesas serias, creíbles, a las cuales tan bien ajustaba el humor, hay como una conversión de papeles. Los cómicos son los dirigentes, los cuentacuentos, Tía Tata resurrectos. Los humoristas son ahora quienes proponen los cambios sensatos que demandan la economía y la sociedad cubanas. Su escenario son las redes sociales.

Así tenemos que en los últimos tiempos hay verdaderos hitos del humor gerencial. Verdaderos soliloquios y apariciones o performances que si no tuvieran tan malas consecuencias para el público serían la envidia de Monty Phyton y de Les Lutiers. Monólogos como “La tripa”; presentaciones en vivo como “La calabaza” y “Plátanos cederistas”; dibujos animados para adultos como “El peso cubano contra dólar y dolor”; los documentales de ciencia-fricción “Carne ausente” (gringa) y “Nadie quedara desamparado”; trillers como “Los mercenarios de San Isidro” y “El Desordenador”, así como la comedia bufa “El manotazo del vate”, son algunas muestras de este arte retro kafkiano tropical.

Lo peligroso, según reportan sociólogos instintivos desde la Isla, es que la gente está dejando de reírse. No les hace ninguna gracia leer en el órgano oficial cómo los nuevos comediantes van de fábrica en fábrica, de campo en campo, de reunión en reunión, y cada día hay más hambre, y los culpables son siempre los mismos, los que no viven allí y hace decenas de años se fueron con sus chistes a otra parte. Los gusanos, apátridas, escorias de todas las horas que mal viven —¡y que un rayo los parta!— en su madriguera de Miami.

En los últimos tiempos han surgido en Miami varios graciosos, esperpénticos, que usan la chota de manera exagerada. La prensa oficialista, dado su rating en las redes sociales, está desaforadamente agresiva contra ellos. Los insultan articulistas y supuestos lectores, ambos con los epítetos más vulgares, lo cual evidencia la tristeza que anida en sus corazones. Los llaman mercenarios, mentalidad sumisa, parásitos, siervos, mercachifles. Miami, por supuesto, es la cloaca, un cubil, una cueva de ladrones. Mientras, por favor, president Joe, sea buenito: acabe de autorizar las remesas, y los viajes, y la Western Union.

Parafraseando a Chaplin, cuando Cuba reía, el mundo reía con ella. Ahora que llora, el mundo, dándole la espalda, la está dejando llorar. El problema más grande que tiene la involución cubana es que ya ni siquiera puede ser simpática. Ser pesao, en Cuba, era lo último. Y quienes hoy dirigen la nave escorada son pesaos, en todos los sentidos y para desgracia del pueblo.

Hoy toda risa es sospechosa hasta que demuestre lo contrario. No hay motivos para sonreír. En fin, como quisiera haber dicho el cubano del cuento: ¡Ah, sí, que el mar se seque! De seguro quedarían entonces muy pocos cubanos en la Isla. Tal vez solo esos que han perdido la capacidad de reírse de sus propios errores y de sus intragables pesadeces.

Tomado De DIARIODECUBA

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