¿Qué pasa en Cuba con los cigarros y todo lo demás?

Los habaneros hablan en las colas kilométricas que tienen que hacer por toda clase de artículos.

Cola en La Habana. J. E. RODRÍGUEZ DDC

La presión arterial de Darío Manduley se descompensó mientras esperaba su turno en una kilométrica cola para comprar cigarros en la barriada de Cayo Hueso. Tras varias discusiones con los encargados de la brigada Lucha Contra Coleros (LCC) y con media docena de mujeres a las cuales identificó como «las coleras de siempre», no pudo alcanzar las correspondientes diez cajas de cigarros de la marca que fuma.

«Me tuve que conformar con las Rothmans rojas (cigarros suaves) cuando en realidad yo fumo Popular o H. Upmann (cigarros fuertes). Ahora tengo que intentar revender estas, que son las de menos demanda, para poder comprar las que consumo. Lo jodido de todo este asunto es que tienen a todo un pueblo revendiendo para poder sobrevivir», recalca Manduley ante el llamado a la calma que le exige su esposa y la enfermera del policlínico.

«Lo primero es que la venta de cigarros está muy lejos de ser equitativa o en condiciones de igualdad. Sin importar cuántos miembros tenga un núcleo familiar, o cuántos de sus miembros sean fumadores, por cada libreta de abastecimiento solo venden un cartón de cigarros (diez cajetillas). Para colmo, no siempre abastecen con todas las marcas de cigarros, tanto suaves como fuertes, sino que a lo sumo surten una o dos marcas y hay semanas donde la que tú fumas ni siquiera llega. Yo no puedo darme el lujo de pagar 200 pesos (por Popular) o 240 pesos (por H. Upmann), tengo que hacer la cola por obligación y luego convertirme, también por obligación, en revendedor. Yo que en toda mi vida no he vendido ni un cucurucho de maní», añade Manduley, otro entre las decenas de miles de habaneros que tienen que vivir cada semana de cola en cola, sin la mínima certeza de que surtirán los productos o alimentos que realmente necesitan.  

El grupo empresarial Tabacuba argumentó que desde finales de 2020 la falta de financiamiento impactaba en la compra de papel de envoltura, marquillas y piezas para las fábricas de esa línea económica. Durante 2021 la inestabilidad en su distribución en la red de ventas minoritas se debió al déficit de las fábricas productoras por roturas imprevistas, problemas logísticos y de transportación, falta de materiales, y la paralización de algunas líneas o retrasos en las entregas a causa de la pandemia.

Según Tabacuba, se esperaba que para el segundo trimestre de 2022 el panorama pudiera cambiar, pero la realidad que enfrentan los cubanos es que están obligados a pagar hasta cinco veces el precio oficial de cada marca de cigarros en el mercado informal.

Tabacuba admitió que el plan de producción de las fábricas estatales, de enero a junio, apenas se cumple en un 47%. Por otra parte, la empresa mixta Brascuba, dedicada a la fabricación de las marcas H. Upmann, Popular con filtro y Rothmans, solo cumple su plan hasta un 86%.  

Los habaneros entrevistados coinciden en que las justificaciones divulgadas por las autoridades del régimen «son más de lo mismo en décadas, no de los últimos dos años».  

«‘Qué pasa con los cigarros y con todo lo demás desde hace casi 60 años‘, es el título que tendrían que poner a los reportajes que se publican en Granma y Cubadebate«, fustiga Irene de Armas en referencia a que el discurso de las justificaciones que divulgan los medios de prensa oficialistas es el mismo «y ya estamos hartos de que se nos diga que la responsabilidad es del bloqueo, y ahora de la pandemia o la guerra en Ucrania».

«Llevo casi un año en la odisea de comprar culeros desechables en moneda nacional para mi madre, que está postrada a consecuencia de un accidente cerebrovascular. Como es muy delgada y debido a la enfermedad bajó muchísimo más su peso, le pueden servir las tallas más grandes de los culeros de niño. Aunque parezca increíble, sale más barato invertir en estos culeros que en jabones, detergente y sábanas, además de ahorrar tiempo, corriente y energías en el proceso de lavar», relata Irene de Armas, otra de los más de siete millones de cubanos que no reciben divisas por el concepto de remesas del exterior.  

«Comprar divisas en el mercado negro no es una opción para mí. Eso sería un suicidio familiar porque, como en cualquier familia y en cualquier parte del mundo, la alimentación es la prioridad cero. Fuera de la comida, los culeros desechables y las medicinas son el único lujo permitido en mi familia. Mi esposo, mi hermana y yo, decidimos dejar de fumar y tomar café para minimizar y enfocar los gastos en comida, en una calidad de vida decente para mi madre y alimentar a nuestros hijos. Esa es la realidad para una familia trabajadora», explica De Armas.

El pasado mes de febrero la directora de ventas minoristas de CIMEX admitió la existencia de una sobredemanda de pañales desechables, toallitas húmedas y protectores producidos por la empresa vietnamita Thai Binh, cuya fábrica se ubica en la llamada Zona Especial de Desarrollo Mariel y que la planta, al menos hasta 2019, producía 120 millones de culeros anualmente. Sin embargo, la funcionaria justificó que en el primer trimestre del presente año aumentaron las dificultades con las materias primas debido a la pandemia.

Como resultado, aseguró esta funcionaria, la oferta de este producto es limitada en las tiendas en CUP, un mercado en MLC donde no todos pueden acceder y una tarima abastecida por revendedores en las redes sociales con precios que triplican el oficial.

«Mientras dure el proceso de aprobar el nuevo mercado cambiario para la compraventa de divisas a la población, ¿qué nos hacemos?», pregunta la habanera Dayamí Bustamante quien lleva meses «tras cualquier antibiótico» y otros medicamentos, tanto para la enfermedad de su padre como para la alergia de su hijo, «que ni siquiera las encuentro en las farmacias en MLC».

Según el ministro de Economía y Planificación, entre las 75 medidas para recuperar la economía nacional, se implementará un mercado cambiario con un tipo de cambio económicamente fundamentado y donde podamos trabajar con todas las divisas, incluyendo los dólares en efectivo. Pero aclaró que ninguna de estas medidas está exenta de riesgos ni es mágica, ni genera por sí sola el incremento de las ofertas en las tiendas.  

«Llevo meses tras la amoxicilina, cefalexina, meclizine y gravinol. A veces ni siquiera la encuentro en los chats privados de WhatsApp de compraventa de medicamentos a pesar de los precios astronómicos», reconoce Dayamí Bustamante.

El pasado mes de julio el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, reconoció que la situación del cuadro de medicamentos «es difícil desde el punto de vista del abastecimiento» y que, no obstante, el Estado trabajaba para disminuir el número de faltantes en la medida de lo posible, que también afectaba a los insumos y gastables sanitarios en los servicios de las instituciones hospitalarias.

«Pero lo que son incapaces de reconocer que todas esas problemáticas son de décadas, no de ahora ni de hace diez años. Y que mientras se dedican a justificar el desastre irreversible que les han impuesto a millones de cubanos en 60 años, esos mismos millones lloramos lágrimas de sangre a diario intentando sobrevivir entre las colas para un paquete de pollo y un litro de aceite, mendigando medicinas a las amistades que viven fuera de Cuba e invirtiendo los centavos que nos pagan en el trabajo para comprar dos o tres MLC», añade Bustamante.

«El problema en Cuba no es una o dos cosas, es todo. Absolutamente todo. No hay nada de nada en este país, solo represión y amenazas si acaso se te ocurre quejarte», concluye.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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