Cuba

¿Por dónde le entra al castrismo su continuidad?

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El término ‘continuidad’, pronunciado por Miguel Díaz-Canel al asumir su cargo en abril de 2018, condensa un pacto de perpetuidad en la cúpula del poder en Cuba: no son concebibles los cambios, caiga quien caiga.

Caricatura: Miguel Díaz-Canel. ALEN LAUZÁN

El término continuidad, pronunciado por el presidente Miguel Díaz-Canel tan pronto como asumió su cargo en abril de 2018, condensa un pacto de perpetuidad en la cúpula del poder en Cuba: no son concebibles los cambios, caiga quien caiga.

Todo lo demás, dicho o dejado de decir después por Díaz-Canel, es pura retórica: «Solo cabe darle continuidad a la obra». «La continuidad significa sacrificio, superar adversidades». «Somos Cuba, somos cubanos, somos continuidad, somos revolución, somos Fidel«. (APLAUSOS PROLONGADOS, OVACIÓN.)

Reducciones al absurdo, tautologías, y redundancias aparte, el término continuidad no es un capricho coyuntural del castrismo sin Castros. De hecho, es un concepto clave en Latinoamérica con una tétrica tradición hemisférica: el continuismo.

A lo largo del siglo XX, para no mencionar las tiranías vitalicias que sustituyeron a la corona española tras la independencia de cada república, los presidentes «democráticamente» electos han buscado enseguida una continuidad sin cortapisas.

Esto se logra de manera mucho más fácil de lo que podría pensarse. Hay todo un repertorio de continuismos y continuistas. Lo peculiar de Díaz-Canel hoy en Cuba sería acaso que se trata de una continuidad intergeneracional.

Al anunciarla anclada al pasado desde su nacimiento, se heredó también un cansancio de pueblo que no le correspondería a Díaz-Canel. En este sentido, al comprometerlo a comenzar desde lo decadente, la gerontocracia gobernante en la Isla lo ha envejecido súbitamente. Se nota incluso en sus fotos de los últimos años. El sexy sexagenario de pronto aparece en cámara como un setentón asexuado.

En la práctica, hicieron a Díaz-Canel cómplice de crímenes que él no cometió —y de otros que tal vez ni conoció—, pero igual ya ahora tendrá que responder internacionalmente por implementar un estilo de opresión que, en puridad, él tampoco eligió. 

La ventaja de semejante transcontinuismo, al menos para la casta cubana anquilosada en el poder, es obvia: no hacerse obsoleta ante ningún nuevo rostro, mucho menos si se trata del nuevo rostro de la Revolución.

A Fidel muerto, Fidel muerto. Y mientras no acaben de fallecer algunas decenas de militares, nadie podrá instituir en Cuba esa ilusión de nación nueva que hizo de un maleante como Castro un icono global. Aquel corito patriótico de «Nadie se va morir, menos ahora» resuena hoy en la Plaza de la Revolución como «Todos tendrán que morir, más ahora».

A la continuidad en Latinoamérica se ha llegado, además de por el caudillismo clásico, mediante reformas constitucionales a conveniencia, por golpe de Estado parlamentario, por plebiscito popular coartado y, lo más parecido al caso cubano contemporáneo, con un candidato incapaz de retar al poder de facto que se continúa o, llegado el caso, la pareja del presidente continuado.

Este mantra antidemocrático infantiliza a sus respectivas ciudadanías hasta envilecerlas, para emplearlas como material bélico en contra de sus compatriotas no contaminados. Los cubanos recién lo experimentamos, entre la esperanza y el pánico, el domingo 11 de julio y los días siguientes a aquella jornada espontánea de emancipación.

Más que de sutilezas políticas, se trata aquí de la continuación de la guerra por los mismos medios. Díaz-Canel te lo prometió y Díaz-Canel te lo cumplió. El retrato de este padre de familia podría ser cómodamente colgado en la galería de un siglo XX en continuidad desde Trujillo y Perón hasta Somoza y Fujimori. Y, por supuesto, junto al legado endémico de los uniformados insulares, que culmina con la dupla Fulgencio Batista y Fidel Castro.

Cada macho cabrío de nuestro continente se continuó a sí mismo a patadas. La femenil fidelidad de Díaz-Canel, sin embargo, cuenta con la curiosa continuidad de un cadáver cuya calavera —y no es anunciación magnicida, sino mera misericordia— se le nota encajada ya en el ataúd tiposo de sus propias facciones.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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