Oponerse al castrismo no significa dejar a Cuba sin historia

La propaganda revolucionaria cubana afirma que todos los que se oponen al régimen procuran borrar la historia de Cuba.

Miguel Díaz-Canel enarbola el Premio Nacional de Historia otorgado a Raúl Castro. TWITTER/CANCILLERÍA DE CUBA

La propaganda oficial cubana aduce con frecuencia que sus enemigos pretenden borrar la historia de Cuba como vía para apoderarse de la Isla. Como complemento de tal afirmación, las autoridades castristas se presentan como las únicas exponentes del auténtico devenir histórico de nuestra nación.

En ese contexto, en días pasados se celebró el cuadragésimo aniversario de la creación de la oficialista Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC). La celebración contó con la presencia del mandatario Miguel Díaz-Canel, y en ella hizo uso de la palabra el ideólogo del PCC, Rogelio Polanco Fuentes. La UNHIC es una institución a la que el castrismo solicita una interpretación de la historia que legitime su imagen ante las nuevas generaciones.

Rogelio Polanco aseveró que «nuestros adversarios ideológicos pretenden convencer de que no hay pasado ni futuro, solo presente instantáneo, superficial, banal». Se equivoca. Cuba sí tiene una rica historia que mostrar. Y nuestras tradiciones históricas no son negadas por los que se oponen al actual estado de cosas en la Isla. Al contrario, estos son el estandarte que inspira a luchar por el establecimiento de una sociedad de libertades y progreso para todos.

Cuando se habla del orden constitucional en la Isla, no se puede ocultar que la primera Constitución promulgada en Cuba fue la Constitución de Guáimaro en abril de 1869. Esa Carta Magna de la República en Armas fue un texto de decidido carácter liberal, que reconocía las libertades individuales de la ciudadanía, así como la división de poderes que debe caracterizar a toda sociedad democrática. Precisamente, esta condición sería consecuentemente aplicada, y posibilitó que el poder legislativo destituyera al presidente de la República al atisbarse sus inclinaciones autoritarias. Fue un suceso lamentable desde el punto de vista de la unidad que requería en ese momento la contienda militar, pero fortaleció la institucionalidad de una nación que pugnaba por nacer. De todas maneras, son sesgos de una constitución que, sin dudas, echan por tierra el embuste de Fidel Castro de querer emparentar su revolución con el espíritu de nuestros mambises independentistas.

Tampoco podemos olvidar el retardo con que entraron las ideas de izquierda en nuestro país en comparación con el arribo del credo liberal. 47 años antes de que un minúsculo grupo de personas, bajo la inspiración de Carlos BaliñoJulio Antonio Mella y el maestro canario José Miguel Pérez, se reunieran para formar el Partido Comunista de Cuba (por cierto, de poca raigambre nativa, pues obedecían a las indicaciones de la estalinista Tercera Internacional), vio la luz en la isla el Partido Autonomista, una agrupación de franco contenido liberal, y que sí contó desde su surgimiento en 1878 con ramificaciones en casi todo el territorio cubano.

El Partido Autonomista fue cuestionado por muchos porque se oponía al independentismo y solo abogaba por reformas autonómicas por parte de la metrópoli española. Sin embargo, tal partido aportó  mucho a la sociedad cubana en materia de ideas políticas, libertad de expresión, oratoria y desarrollo intelectual.   

Esas son parte importante de las verdaderas tradiciones de nuestro país. Tradiciones que, entre otras cosas, nos instan a rechazar los modelos chino y vietnamita para nuestra patria. Porque los cubanos no podemos contentarnos con meros cambios económicos que, aunque necesarios, no propician las transformaciones políticas que demanda una nación con primacía de antecedentes liberales.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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