Al día con Florencia, Cuba y el Mundo

‘Nos iban metiendo en un lugar pequeño hasta que ya no cabíamos, y los niños gritaban porque se llevaban a sus madres’

Cárceles para mujeres en Cuba: el Gobierno viola las ‘Reglas de Bangkok’, aprobadas por la Asamblea General de la ONU.

Prisión de Mujeres de Occidente en 2013, cuando las autoridades cubanas organizaron una visita controlada de la prensa. CUBADEBATE

Las maneras en que el Gobierno cubano viola los derechos de las mujeres, encuentran su clímax en las cárceles femeninas. Hacinamiento, maltratos físicos o verbales y pésimas condiciones de vida, son apenas algunas de las violaciones de las Reglas de Bangkok, que La Habana asegura cumplir.

Estas «Reglas para el tratamiento de las reclusas y medidas no privativas de la libertad para mujeres delincuentes», fueron aprobadas en el año 2010 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, partiendo de la premisa de que «varones y mujeres no deben recibir un trato igual, sino que, por el contrario, debe asegurarse un trato diferente, bajo leyes y políticas sensibles al género de las personas».

La violación de estas reglas en Cuba tiene dos maneras fundamentales de concretarse; la primera fue ilustrada por Lola, quien cumplió sanción en Prisión de Mujeres de Occidente, conocida como Prisión del Guatao, entre los años 2016 y 2019.

«Durante el proceso de instrucción de 16 días, mientras esperaba el juicio, me impactó que te lo quitan todo. Te dan derecho a un aseo, que no incluye champú, ni peine, ni cepillo. ¿Cuchilla de afeitar? Ni remotamente. He sabido que a los hombres sí. No se las dejan en el calabozo, pero los sacan, les dan las cuchillas y luego, antes de volverlos a encerrar, se las quitan».

Para una mujer, con la humedad y penumbras de una celda bajo tierra, la experiencia supone una dificultad adicional.

«No sé cuántas veces le supliqué a una de las guardias que me dejara desenredarme el pelo delante de ella, pero nunca me lo permitió. No sé cuántas veces le supliqué que, en su mano, me diera un poquito de champú, para poder lavarme la cabeza, porque lo que te dejan pasar es un pedazo de jabón de lavar, pero tampoco me lo dio y así estábamos todas allí. Lo que sucedió fue que cogí piojos, porque entre las diez mujeres que éramos en aquella celda de tres por tres metros, había una que tenía, y eso se regó que fue una barbaridad», detalla la exconvicta.

La otra manera de entender el asunto se refiere a la violación de las condiciones mínimas que deben asegurarse para el cumplimiento de una sanción y la preparación para una posterior reinserción de las mujeres en la sociedad.

«El calabozo no tenía iluminación, solo un hueco en el piso para hacer las necesidades y unas colchonetas entre las 6:00 de la tarde y 5:00 de la mañana. El agua fría para bañarnos la ponían durante una hora, a las 5:00 de la mañana», describió Yadiana Ramírez, detenida el año pasado durante 15 días en el centro Santa Marta, ubicado en Matanzas.

La propia situación del cautiverio es ya, en sí misma, opresiva y estresante, pero se agrava con la conducta de guardas y autoridades penitenciarias. Kenia León, quien cumplió condena en la prisión San Miguel de Paradas, Santiago de Cuba, en el año 2019, denunció «abuso de poder».

«El guardia te humilla, te provoca para que lo enfrentes y luego darte golpes y castigarte. Ahora, si tienes posición económica, ya el trato es otro».
 
El escritor Ángel Santiesteban realizó una compilación de actos corruptos que publicó en 2017 bajo el título «Destapan corrupción en prisión de mujeres en Cuba: venden pases a 25 y 50 CUC«. Describió cómo las autoridades del centro de reclusión Macondo, en Artemisa, venden salidas, reducen condenas y permiten visitas a cambio de determinadas cantidades de dinero.

Entre los pocos derechos que aún les respetan a las prisioneras en Cuba están las visitas, con carácter generalmente mensual. Pero a Lola aquellos días de visitas «normales» le han dejado una marca.

«Lo peor era a la hora de despedirse. Lo anunciaban cinco minutos antes y los familiares tenían que salir, pero siempre había quien se rezagaba. Insistían, pero los niños no se querían separar de sus mamás», recuerda.

«Entonces, comenzaron a aplicar el reglamento a rajatabla. Quienes tenían que irse eran las internas y no los familiares. Habilitaron un lugar en el mismo salón, con una entradita, al que llamaban ‘la pecera’: un sitio pequeño, con rejas, donde amontonaban a 50 mujeres o más».

«Iban metiéndonos en ‘la pecera’ hasta que ya casi no cabíamos, y esto lo hacían delante de los familiares y de los niños que iban a ver a sus madres. Parecía una película kafkiana, los niños gritando, llamando a su mamá y su mamá metida en ese espacio lleno de mujeres. Así fue en lo adelante», agregó.

Un reporte publicado el pasado año por la organización independiente Cuban Prisoners Defender ubica a la Isla en el primer lugar mundial en cuanto a población penal per cápita, con 794 reclusos por cada 100.000 habitantes, y un total de 90.000. El informe no detalla qué cantidad son mujeres reclusas. El Gobierno cubano rara vez publica cifras.

Otra de las Reglas de Bangkok propone «mantener a las mujeres fuera de prisión. Una práctica común en Cuba es la criminalización de las mujeres que practican o han sido juzgadas por prostitución, lo que hace de la reinserción una quimera.

«Si voy a Varadero con mi familia y nos para la Policía, me detienen», cuenta Kenia. «Yo estuve sancionada por prostitución y, para ellos, una vez prostituta, siempre lo eres. No puedo reinsertarme totalmente en la sociedad», lamentó.

Tomado De DIARIODECUBA

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