Mis vacaciones en Sancti Spíritus se convirtieron en un calvario

Nunca pensé que iba a extrañar tanto mi barrio con sus aguas albañales, sus largas colas frente a la farmacia y sus ruidos nocturnos

No podía aplazar más mi viaje a la ciudad de Sancti Spíritus. Tras varios meses sin visitar a mi familia preparé todo para llegar en la segunda quincena de julio y pasarme unos días con mis parientes del centro de la Isla. Pensé que podría escapar de los problemas cotidianos que azotan La Habana pero allí me topé con largos apagones, un desabastecimiento de alimentos más brutal que en la capital y una población a punto de explotar de indignación.

El primer día todos me decían «no han quitado la luz todavía, te pusiste de suerte» y yo miraba hacia el bombillo de la cocina para ver cuándo quedaba a oscuras. La primera noche pude dormir con ventilador, un privilegio que ya los espirituanos habían olvidado después de tantas madrugadas abanicándose o intentando capturar algo de brisa en el portal de la casa. Pero aquella «dulce bienvenida» se transformó pronto en calvario.

Durante mi segunda jornada llegaron los apagones y nada más caer la tarde una nube de mosquitos se nos vino encima. En los cuartos no se podía estar por el calor pero salir de la casa era garantía absoluta de amanecer lleno de ronchas por todo el cuerpo. Entre mis familiares, varios tenían la piel repleta de picaduras y al menos uno de ellos también presentaba síntomas de estar contagiado de dengue.

En la noche los barrios permanecían apagados por largas horas, en el interior de unas pocas casas se veía el resplandor de alguna lámpara recargable que apenas duraba un rato antes de dejar en penumbras también a esas familias. Aprovechando la oscuridad, la gente gritaba «Patria y Vida» pero no pasaba nada, porque ni los policías se atrevían a meterse en esas calles que se veían como la boca de un lobo.

Aunque pasé unos momentos hermosos con mis parientes, en el fondo también estaba contando los días para regresar a La Habana

Todas las personas con las que me encontré parecían estar al límite por no poder dormir. Numerosas familias del barrio donde estuve no envían a sus hijos a la escuela después de una madrugada sin electricidad. Otros se mantienen callados y sin protestar porque viven de algún negocio ilegal y no quieren llamar la atención sobre ellos, pero esa máscara nadie sabe cuánto podrá durar en las condiciones que están viviendo ahora mismo los espirituanos.

«Se nos echó a perder la masa del pan», me contó una empleada de una panadería estatal. «Le hemos estado agregando yuca, porque eso nos orientaron que hiciéramos pero como no tenemos electricidad para trabajar se pone en mal estado por las largas horas de espera». Después de describir la situación y, cuando yo pensaba que iba a hablar de que habían tenido que desechar la materia prima, la mujer añadió: «pero con esa misma masa va a salir el pan de hoy».

Aunque pasé unos momentos hermosos con mis parientes, en el fondo también estaba contando los días para regresar a La Habana. Nunca pensé que iba a extrañar tanto mi barrio con sus aguas albañales, sus largas colas frente a la farmacia y sus ruidos nocturnos. Las dos veces que compré una pequeña porción de carne de cerdo tuve que pagar más de 2.000 pesos. Al final, gasté más de cinco veces esa cantidad en mis visitas al mercado agrícola y comprando unas bolsas de pan a un vendedor privado. Al momento de partir, dejé un frasco de repelente que había llevado, porque ni siquiera eso se puede conseguir en una ciudad que una vez fue próspera y con una intensa movida comercial.

Este martes, cuando llegué a la estación de ómnibus para regresar a La Habana, el local estaba completamente a oscuras, ni siquiera había una lámpara recargable para garantizar que los pasajeros pudieran moverse sin tropiezos por el salón. Agarré con fuerza mi equipaje y lo mantuve abrazado hasta que subí a la guagua. En el interior del vehículo el aire acondicionado estaba al mínimo «porque la situación está en candela», respondía el chofer ante las quejas de los clientes.

Durante los minutos que tardamos en salir de la ciudad, por la ventanilla solo se veían algunas pocas luces, el resto estaba absolutamente a oscuras. En el ómnibus todos iban callados, tratando de detectar a través del cristal algún indicio de que Sancti Spíritus seguía siendo un lugar habitado, con vida.

TOMADO DE 14YMEDIO

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