Al día con Florencia, Cuba y el Mundo

Los intelectuales cubanos saben dónde dice peligro

Nada tiene que ver el embargo con que los dirigentes cubanos den la espalda a las demandas de sus propios ciudadanos mientras reconocen públicamente su disposición de dialogar con “el enemigo histórico”, en un acto de soberbia e hipocresía impropio de un gobierno que se dice democrático

De izquierda a derecha Esteban Lazo, Abel Prieto, Raúl Castro, Miguel Barnet y el fallecido Roberto Fernández Retamar (Foto archivo)

LA HABANA, Cuba.- La revista de opinión política La Joven Cuba ha hecho pública una carta abierta al presidente estadounidense Joseph Biden, donde le solicita “comience a desmantelar el sistema de sanciones que continúa afectando al pueblo cubano”. Entre los 532 firmantes aparecen respetables profesores, investigadores, juristas, médicos, comunicadores, economistas, intelectuales, creadores y activistas; varios incluso radicados fuera de la Isla y con una posición contraria al régimen de La Habana.

Esto último no constituye per se una razón para apoyar el embargo y el incremento de las sanciones que se produjo durante los cuatro años de la administración Trump; pero sí llama la atención que a pesar del tono moderado de la carta, sus apoyadores prácticamente eximen a la dictadura cubana de toda responsabilidad en la catástrofe económica iniciada desde el mismo año 1959, y la falta de libertades civiles que en pleno siglo XXI continúa agravándose, como puede apreciarse en nuevos decretos que de a poco han ido conformando un marco legal para desaparecer cualquier atisbo de disidencia política, posicionamiento independiente al estado y libertad de expresión.

Aunque La Joven Cuba es un medio de intelectuales de izquierda que apuestan críticamente por un modelo más actualizado de socialismo, su reluctancia a dirigirse al alto mando cubano para exigir cuanto a este pueblo se le debe en materia de derechos, es un acto que raya en la desvergüenza. Resulta inaceptable que se le envíe una carta al presidente de una nación extranjera para pedir cambios en las relaciones bilaterales, mientras se acepta que el castrismo viole la Constitución a diario y con absoluta desfachatez.

Los firmantes de la misiva declaran saber “… que Estados Unidos no es el único responsable de los problemas que enfrenta el país”, y sin un ápice de contención atribuyen a “las sanciones económicas, financieras y comerciales impuestas” la incapacidad del castrismo para manejar tanto el presupuesto del estado como la diversidad de opiniones que coexisten en cualquier sociedad. Nada tiene que ver el embargo con las presiones que asfixian al sector privado, ni con el despilfarro sostenido de recursos que debieron ser empleados en mejorar los gravísimos problemas de producción e infraestructura (vivienda, transporte, agricultura, abastecimiento de agua potable, salud pública, seguridad social, etc.); todos causados por los desmanes de un poder centralizado y corrupto.

Nada tiene que ver el embargo con que los dirigentes cubanos den la espalda a las demandas de sus propios ciudadanos mientras reconocen públicamente su disposición de dialogar con “el enemigo histórico”, en un acto de soberbia e hipocresía impropio de un gobierno que se dice democrático. El bloqueo no ha sido culpable de la incomunicación existente entre el pueblo cubano y sus políticos, tan desentendidos de los males que afectan a los ciudadanos que han implementado la “Tarea Ordenamiento” en el peor momento posible, seguros de que la inflación de precios, el hambre y la escasez de medicinas no los alcanzarán a ellos en sus bien provistas residencias, donde viven como burgueses de la izquierda más trapalera de Occidente.

La Joven Cuba habla del levantamiento de las sanciones como un acto de coraje moral por parte de Biden, y de que Estados Unidos “ha perdido, una y otra vez, la oportunidad de (…) corregir una historia de errores”. Al parecer, no hay fuerza moral en el acto de emplazar al castrismo desde dentro, y sacar la cuenta de sus errores, que han sido numerosos e infinitamente más graves que los cometidos por los presidentes de Estados Unidos.

Cuba desaparecerá sin ver una carta similar dirigida al Parlamento, poniendo en claro las injusticias cometidas por el régimen comunista no ya durante 62 años; bastaría un resumen de las últimas tres décadas para dejar claro quién es el verdadero enemigo del pueblo cubano. Quienes se apresuraron a escribirle a Biden no se han dignado a redactar una petición al Consejo de Ministros para defender la constitucionalidad por encima de los intereses de un círculo de poder; ni exigir un desagravio en favor de los que han sido difamados en la emisión estelar del noticiero por causa de sus ideas políticas, sin derecho a réplica ni protección. Esas cuestiones también entrañan una profunda sensibilidad moral.

No ha habido un justo reclamo en favor de los médicos “desertores”, castigados con ocho años de exilio forzado, lejos de sus seres queridos y de la Patria que los vio nacer libres y con derechos. No ha habido una acción conjunta para condenar la inconstitucionalidad de la represión y el chantaje del castrismo que utiliza las garantías civiles de los que disienten políticamente como prenda de cambio para que Estados Unidos haga concesiones.

Esos firmantes que ven en Joe Biden un posible receptor de sus demandas, ni siquiera se plantean la posibilidad de hacer lo mismo con los militares que aprovecharon el deshielo promovido por Obama para fingir una leve democratización y engrosar sus caudales privados. El hermetismo del régimen y la complacencia de algunos de sus mejores ciudadanos forman parte de una realidad miserable que gira sobre el mismo eje desde hace seis décadas.

Dictadura habrá para rato, de forma descarada o disimulada según quien ocupe la Casa Blanca. El problema fundamental no está en la otra orilla y eso bien lo saben quienes piden el levantamiento de las sanciones cual solución milagrosa, como si en Estados Unidos se decidiera el destino de Cuba; como si dinero y prebendas pudieran debilitar al totalitarismo.

Tomado De CUBANET

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