Que vacas sagradas de la cultura cubana y otras personalidades del sector tengan que acudir a las redes sociales para solicitar un medicamento demuestra que ni los que apostaron por la revolución tienen espacio para morir en paz

Farmacia en Cuba 

LA HABANA, Cuba. – Que algunas vacas sagradas de la cultura cubana y otras personalidades del sector tengan que acudir a las redes sociales para solicitar un medicamento que le ayude a sobrevivir, o pedirle a la aduana la liberación de fármacos con un propósito similar, demuestra que ni los que apostaron por la revolución de 1959 tienen ganado un espacio para morir en paz.

Y es que, desde ese año hasta la actualidad, ni los más encumbrados héroes o los más fervorosos seguidores del régimen han estado exentos del abandono, la defenestración, el ostracismo y otras recetas punitivas aplicadas contra quienes dejan de ser útiles, sin importar el nivel de entrega, las cuotas de abyección o su papel en la conformación de una maquinaria de moler derechos y cercenar libertades en la que se ha convertido la revolución.

De ahí que los gritos de socorro lanzados por el laureado cineasta y escritor Enrique Pineda Barnet (Premio Nacional de Cine 2006) y la etnóloga Natalia Bolívar no sean más que otras voces sumadas al muro de las lamentaciones en que se han transformado las redes sociales para quienes, como los susodichos intelectuales, han contribuido con sus palabras o silencios a la manipulación de las causas que generan la falta de medicamentos en Cuba.

Fieles al discurso oficial de “que la estabilidad en la provisión de medicamentos implica importación, producción, almacenamiento, distribución en las farmacias; búsqueda, evaluación y contratación de nuevos proveedores cuando se retiran los existentes; transacciones financieras complejas por la situación especial que genera la política de Estados Unidos hacia Cuba”, fingen desconocer su venta en divisas dentro y fuera del país.

Seguros de unas prebendas más volátiles que un merengue en la puerta de un colegio del país, y aliados con un progresismo que intenta retrotraernos a la flecha y el carcaj desde una espuria Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, nuestros aguerridos pensadores olvidan que el resto de los cubanos son humanos también, aunque no comulguen con el poder.

No es noticia para nadie, y menos para estos intelectuales que actúan como poleas de trasmisión gubernamental hasta que le pisan el callo -como se dice en el argot popular-, que muchos medicamentos de los que han carecido miles de cubanos durante décadas son asignados a las farmacias que comercializan sus productos en divisas, a instituciones médicas para extranjeros, a la élite del partido, a sus acólitos y a la claque “revolucionaria”.

Además, se han hecho los de la vista gorda, oídos sordos y actuado en complicidad con el régimen en las campañas implementadas para desmentir el aluvión de acusaciones por la venta y destrucción de medicamentos deficitarios en Cuba, a que son obligados los colaboradores de la salud cubanos en el exterior, bajo su condición de servidores de una esclavitud moderna.

Según revelaron a la Foundation for Human Rights in Cuba (FHRC) una veintena de ex colaboradores cubanos que abandonaron sus misiones en Arabia Saudita, Belice, Bolivia, Brasil, Ecuador Sierra Leona y Venezuela, la destrucción de fármacos, insumos médicos y materiales desechables, llevados desde la Isla con el fin de manipular cifras y obtener mayores ganancias, es un comportamiento impuesto a las brigadas médicas fuera del país.

De acuerdo con un odontólogo que prestó servicios en Venezuela y Ecuador, el régimen cubano obliga a los galenos “a mentir” y “a falsificar información”.

“Teníamos que informar 25 pacientes al día y había que cuadrar los números. Había que desaparecer los medicamentos, la anestesia y la amalgama. Todos los medicamentos, el instrumental, los desechables como guantes, mascarillas, gasas se traían de Cuba. Me dolía porque sabía que eso no estaba en existencia dentro de la Isla”.

Por su parte, una especialista en Medicina General Integral (MGI), que laboró en Bolivia y Brasil, aseguró: “Cuba vendía los medicamentos a Bolivia. Cada consultorio tenía un stock de medicamentos y a fin de mes teníamos que destruir los que no usábamos para justificar las consultas infladas. Muchos de los que destruíamos estaban en falta en Cuba: Timolol, antibióticos, cremas como Clobetasol, Triamcinolona, sueros de hidratación venosa, jeringuillas y espejuelos, entre otros medicamentos e insumos deficitarios dentro de la Isla.

¿Dónde se hallaba o cuál fue la reacción del realizador del filme La bella del Alhambra, Enrique Pineda Barnet, cuando leyó o escuchó esta y otras noticias sobre el tema? ¿Qué hacía la autora de Los orishas en Cuba, Natalia Bolívar Aróstegui, ante la arremetida gubernamental contra quienes denuncian y acusan al castrismo de manipular los hechos?

Si bien ambos merecen encontrar los respectivos medicamentos para recobrar su salud -al igual que el resto de los cubanos-, deben pensar que a cada uno le llega su hora, y aún más bajo un régimen que prioriza la captación de divisas que alargue su agónica permanencia en el poder por encima del bienestar de una ciudadanía sin derecho a un mínimo reclamo.

No hay voluntad política para mejorar esa situación, lo que existe es un montaje propagandístico para vender las supuestas bondades del sistema a nivel internacional, sin importar los que sufren en el país por falta de un antidepresivo, o mueren a la espera de un medicamento para el corazón.

Tomado De CUBANET

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