Lo que no cuentan en Cuba sobre la economía de China

El país asiático podría estar a las puertas de un colapso financiero mayor que el vivido por EEUU y Europa tras la explosión de la burbuja inmobiliaria entre 2007 y 2008.

Edificios en China. XINHUA

Según la información-propaganda cubana, todo en China es perfección, bondad y armonía. Nada se dice sobre los problemas económicos que el gigante asiático está enfrentando, para sembrar la idea de que el ascenso del amigo chino es tan inevitable como la decadencia del enemigo yanqui.

Y si bien entre 2007 y 2008 la mayor burbuja de la era moderna —fomentada por la intervención estatal de los mercados financieros e inmobiliario— explotó en Estados Unidos y Europa, dando comienzo a la peor crisis mundial desde 1929 y poniendo fin a una larga década de prosperidad, hoy la China que acaba de celebrar bajo fanfarrias militares el XX Congreso del Partido Comunista podría estar a las puertas de un colapso financiero mayor que aquel.

La burbuja, acunada en el sector inmobiliario, podría estallar contaminando al resto de la economía y, ya de paso, repercutir en la escena internacional con consecuencias imprevisibles.

Para tener idea de la magnitud de la bomba inmobiliaria china, piénsese que en 2005, cuando la construcción tocó pico dentro de la economía norteamericana, representó el 19% del PIB. En España, el país con la mayor burbuja del mundo, únicamente en 2006, cuando se construían allí más viviendas que en Francia, Alemania y Reino Unido juntos, la construcción alcanzó el 29% del PIB.

En China, sin embargo, durante más de un lustro, el desarrollo inmobiliario ha significado más del 30% del PIB, generando un mercado inmobiliario valuado en 52 billones, el doble de valor del mercado homólogo norteamericano.

Calculando la ratio sector inmobiliario/PIB para Estados Unidos y China, encontramos que el sector inmobiliario norteamericano vale tanto como el PIB anual del país, pero China necesitaría tres años de PIB para costear el valor de su sector inmobiliario: así de pesado es este en su estructura productiva, lo que da idea de cuán difícil sería, incluso para la pujante economía asiática, reflotar financieramente ese mercado en caso de estallar la burbuja.

Una particularidad de la burbuja inmobiliaria china es que no se ha inflado a costa de endeudamiento, como se hizo en Occidente, sino en base al capital de las familias, capaces de generar el mayor ahorro del mundo —44% de sus ingresos—, del cual tanto como el 76% está invertido en ladrillo. Esto que, en principio, es una fortaleza, significaría que el golpe financiero afectaría a millones de personas, proporcionalmente muchas más de las afectadas en Europa y Estados Unidos a partir de 2007

Y no, no es que los chinos estén demandando casas nuevas porque existan decenas de millones aún viviendo de manera infrahumana en zonas rurales. Aunque algo de eso hay, la evolución de la composición de la demanda demuestra que esta es fundamentalmente especulativa.

En 2008, el 70% de la demanda era de primera vivienda, la que se utiliza realmente; en 2018, ese porcentaje era ya marginal, apenas un 13%, mientras el 66% era de segunda vivienda y el 22% de tercera vivienda. Se compran más casas con la expectativa de que se revaloricen que para habitarlas, alimentando así una burbuja que, como siempre, fue iniciada desde la política.

Muchos gobiernos regionales chinos se financian fundamentalmente de la «venta» de tierras (realmente un leasing a 70 años porque el Estado nunca pierde la propiedad), con lo que, mediante los bancos regionales, todos también estatales, impulsaron una agresiva política de financiación para generar demanda de áreas urbanizables, lo que se acompasó con enormes subsidios desde el Estado central a industrias «estratégicas», como el acero y el cemento.

Después de décadas acumulando más de 65 millones de casas vacías en ciudades fantasmas, finalmente se está viendo un vertiginoso enfriamiento del mercado inmobiliario que apunta a la temida explosión de la burbuja.

Si hasta julio de 2021 las ventas siguieron creciendo, y con ellas el resto de indicadores, en julio de 2022 las ventas se contrajeron un 30%, el número de viviendas terminadas cayó un 23%, y el de nuevos proyectos iniciados se desplomó un 36%.

Las primeras consecuencias de este enfriamiento acelerado estuvieron en el cierre de bancos regionales que el dictatorial Gobierno chino ha estado manejando con represión, incluidos tanques militares resguardando los bancos y enclaustramientos forzosos con la excusa de la Covid-19, para evitar las protestas de los afectados.

Aunque aún es pequeña la contaminación financiera del inminente desastre inmobiliario, preocupa que el 55% del sector financiero chino esté directamente involucrado en la construcción, con lo que se está intentando, como mismo hizo Washington en 2008, rescatar a los too big to fail para evitar afectaciones al resto de la economía.

Sin embargo, dado el ciclópeo tamaño del sector inmobiliario, cuyo valor es equiparable al valor de todo el sector financiero del país, y que además supera en más de nueve veces los activos totales del Banco Central de China (5,7 billones USD), parece extremadamente difícil que Pekín pueda impedir que se genere una enorme crisis nacional que repercuta hacia el exterior, donde ya cálculos basados en CDS (seguros de impagos) estiman que 200 mil millones de dólares de ciudadanos extranjeros invertidos en el país asiático no podrán ser recuperados.

Si en 2007-2008 la situación no fue peor para occidente, se debió, en gran medida, a que China estaba en plena expansión y tiró del crecimiento mundial; pero si en 2023 se consolida el estallido de la burbuja de ladrillo y cemento china, está caerá en crisis en un momento en que el resto del mundo, endeudado hasta el tuétano, será incapaz de ayudarle a salir del bache. De hecho, la ya anunciada recesión mundial podría armonizarse con la crisis china, creando una maligna resonancia que provoque un maremoto económico global.

En fin, aunque la televisión cubana bombardee con su infantil optimismo sobre el país de la Gran Muralla, la realidad es que en toda economía altamente intervenida por el Gobierno —como también lo son las occidentales— se acumulan ineficiencias que cíclicamente estallan, destruyendo años de riqueza atesorada.

Es imposible decir cuándo pasará o la intensidad con que arremeterá esta tragedia. De lo único que podemos estar seguros es de que los cubanos no se enteraran de ella por los medios de comunicación estatales.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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