La muerte es una Calleja de un solo sentido

‘Tanto hotel de lujo lleno de salideros que les construyó, tanta cuenta offshore que les montó, tantos cubanos que dejó morir en la inopia, en la mayor miseria y sin medicinas…’

Al centro, Luis Alberto Rodríguez López-Calleja en Rusia, 2018. CIBERCUBA/ FACEBOOK
                                                                                Murió el pobre poeta, y no lo llegamos a conocer.
                                                                                                                                            José Martí

Murió el esbirro financiero, y apenas lo llegamos a conocer. O en palabras del Granma, «como resultado de un paro cardiorrespiratorio, falleció el general de división Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, presidente ejecutivo del Grupo de Administración Empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias».

En el próximo párrafo ya lo llaman, más familiarmente, «el general Luis Alberto», como si su nombre de pila fuera uno de esos seudónimos de los matones de las FARC, aunque eso no nos salva de otra ringlera de títulos tan larga como su nombre mismo: el «miembro del Buró Político del Comité Central del Partido y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular«, que «atesora una brillante hoja de servicios a la Patria y a la Revolución Cubana». Y hasta ahí la terriblemente escueta nota granmera. Aparte del curioso uso del presente para hablar de quien ya es fiambre, lo otro curioso, sinuoso de esta nota es precisamente que sea una nota, breve hasta el insulto. Parece garrapateada a toda prisa por su antiguo cuñado El Tuerto sobre una servilleta de La Guarida, todavía con manchas del postre de chocolate que uno de sus comensales describe como heavenly en Trip Advisor. No nos enteramos de los servicios que el cadáver atesora entre sus yertas manos gaésicas. Será que de algunos de estos servicios Martí diría que en silencio han tenido que ser.

Si buscamos hoy, día de su paso a peor vida, su nombre en la Wikipedia cubana, EcuRed, parecería que el atesorador de servicios nunca existió, o que un grupo de compañeros rehace a toda prisa su biografía para que incluya la inesperada nueva de su muerte sin que parezca sospechosa. «López-Calleja», «Calleja», «Luis Alberto Rodríguez» devuelven todos este mensaje: «Ha ocurrido un error al buscar. La búsqueda no se pudo completar debido a un problema temporal. Inténtalo de nuevo en unos instantes». Aparte del sorpresivo uso del tú para dirigirse a sus usuarios (¿qué tú me sabes a mí, EcuRed, para tratarme de tú?) lo más divertido de este correcorre virtual es ver como los tracatanes virtuales reescriben la historia literalmente ante nuestros ojos.

Si nos ponemos familiares como el Granma y buscamos «Luis Alberto» en las que orgullosamente se anuncian como 247.596 páginas de EcuRed, en vez del difunto que no acaba de morir o de Luis Alberto García nos sale el sorprendente Luis Alberto, un cantante colombiano muy conocido, más que por sus éxitos musicales, por la cantidad de tragedias y catástrofes sufridas por él y por su familia, incluidos su hermano Hernán Heberto, asesinado a tiros; su otro hermano Jhonatan, muerto en accidente de tránsito,; su hijo Fixonder, también asesinado en circunstancias sospechosas. A pesar de esto, el cantante asegura que cuida mucho de su imagen para no generar polémica, tiene 17 hijos y cree en la hechicería y en la brujería, que al parecer son cosas diferentes.

También nos informa EcuRed de otros detalles trascendentales sobre el cantante caucano, como por ejemplo que al llegar a Medellín desde su nativo Cartago empezó a vender cigarrillos al menudeo en establecimientos públicos y con las primeras ganancias compró un carrito para vender papas. Más allá de mostrar peligrosos ejemplos de superación personal incluso en medio de la pobreza de una sociedad capitalista, tercermundista y despiadada como la colombiana, lo que más me sorprende es el espacio y la cantidad de detalles que le dedican a este otro Luis Alberto, en comparación con lo agarrados que se muestran con su tocayo, a pesar de todos los servicios que atesora entre sus yertas manos.

Con nuestro Luis Alberto, el general, nos vemos en la extraña posición de tener que buscar los datos sobre su vida en publicaciones del enemigo, por causa del inusitado laconismo de la prensa oficial y la enciclopedia criolla. De lo que nos enteramos ahí mejor ni comentar por si hay niños leyendo este artículo. Así por arribita, sabemos que fue elevado a general de división por sus heroicas hazañas en ninguna guerra, que fue novio juvenil de Aleida Guevara, cosa que no le deseo ni a él mismo, que estuvo casado con Déborah Castro-Espín, que de acuerdo a las fotos que he visto tiene mucho en común con Aleida, más allá de su condición de delfinas ñángaras, con la que tuvo dos hijos, uno de ellos el entrañable Cangrejo, el sicario del sabor, famoso por sus meteduras de pata como guardaespaldas de su abuelo y por darlo todo en la pista si suena un buen reguetón. Que era diputado a la Asamblea Nacional por Remedios, pueblo que no sé si visitó alguna vez. En fin, un hombre opaco, una eminencia gris que se dice era favorito de su antiguo suegro, uno de los más sonados en las quinielas para sustituir al asno con garras moderno, Díaz-Canel.

Pero si extraña hasta el insulto resulta la taciturnidad con que reportan su noticia, la única noticia que todo el mundo en Cuba espera ansiosamente sobre su clase dirigente, más extraña hasta el escarnio es la portada que el Granma no le concede. ¿Cómo era aquello de que «Roma no paga traidores»? O en otras versiones más realpolitik, «Roma paga a los traidores, pero los desprecia». Los historiadores, esos aburridos, nos dicen que las dos versiones de la frase son apócrifas. Pero eso no las hace menos merecedoras de ser un día cinceladas con un clavo oxidado en la tumba ruinosa de los mayimbes cubiches. Con tanto hotel de lujo lleno de salideros que les construyó, tanta cuenta offshore que les montó, tantos cubanos que dejó morir en la inopia, en la mayor miseria y sin medicinas en medio de una pandemia mientras usaba el presupuesto del Estado como si fuera su cuenta por la izquierda para ponerle casa a las queridas, y después de armarles un monopolio que se ha chupado lo poco que queda de riqueza en la finca de los Castro, todos esos atesorados servicios a la patria no le sirvieron al general Luis Alberto para ganarle, en la portada del Granma, no a una visita oficial de una comitiva del hermano pueblo de Laos (o como dice el pie de foto, el pueblo lao), sino a una teleconferencia por Zoom de Díaz Canel con el Díaz-Canel de Laos.

Ahí está la foto enorme (y en la versión digital incluye video) de Díaz-Canel y otro esbirro sentados como dos mongofiera, tiesos y maquillados como si si fueran los dos hermanos perdidos de la estatua de Sara González en el Museo de Cera de Bayamo, mirando como pescaos en tarima a Thongloun Sisoulith, secretario general del Comité Central del Partido Revolucionario del Pueblo Laosiano, que está sentado en el centro de una mesa con un busto de algún prócer laosiano detrás, banderas de Cuba, de Laos y de la hoz y el martillo flanqueándolo. Qué fuerte ver una bandera roja con la hoz y el martillo en el 2022, pero Laos al parecer es así de vintage.

Como la generosa semblanza del Luis Alberto cantante, este artículo de Granma no sufre del excesivo pudor que lastra la necrológica de López-Calleja. Nos enteramos en penoso detalle de cada cliché pronunciado, cada guanajería proferida, o más bien leída si vemos el video, por el siempre elocuente Díaz-Canel. «Estamos convencidos de que preservaremos por siempre el legado imperecedero de nuestra amistad», dice en el mismo tono en que otros se quejan de un dolor de juanetes. Dice que para Cuba «es fundamental estudiar con detenimiento y esmero las experiencias de Laos en la construcción del socialismo y en su modelo económico».

Después del reordenamiento, parece que lo próximo será la implantación del modelo laosiano. Madre del amor hermoso, ampáranos. Y concluye que «Trabajaremos intensamente en la implantación de los consensos bilaterales para no permitir jamás que los esfuerzos empeñados en los beneficios de los pueblos de Cuba y Laos queden en letra muerta». Ay por tu madre, qué miedo. Si esto fuera verdad, y no hay por qué desconfiar de nada que diga Díaz-Canel, ¿verdad? se avecinan cambios de modelo, vamos a ir de la miseria amarrá con tira, como decía mi abuela, a la miseria laosiana.  Esto debería preocupar a todos los observadores de la situación cubana, nacionales e internacionales. Se entiende por qué el Granma le dedica tanto espacio…

…pero entretanto, en el siempre poco serio ciberespacio cubiche nadie le presta la más mínima atención a esta trascendental implantación de consensos bilaterales. Todo el mundo comenta lo de la muerte del Abominable Hombre de GAESA. Se descorchan botellas de champán virtual. Se anuncian jolgorios donde politólogos de izquierda y camioneros trumpistas se abrazarán enternecidos. Esto es un pequeño paso para la humanidad, pero un brinco notable para la libertad de Cuba. Se riegan las bolas más exageradas y acaso verdaderas. Se comenta que El Tuerto o El Cangrejo le dieron bajanda (El Cangrejo es su hijo, dejen el abuso), o que quizás la momia raulesca tuvo un chispazo de lucidez y susurró cual Silvio enardecido que mejor hundirlo en el mar. ¿Pero no era el favorito de la momia a pesar de divorciarse de su aleidaguevaresca hija? ¿A lo mejor se lo quiso llevar con él mientras puede para seguir degustando juntos los single malt en el más allá?

Parece que en realidad tenía cáncer de pulmón, malpensados. Dicen que murió de uremia, yo sé que murió de amor. En fin, puede que nada de eso se sepa nunca a derechas, pero lo que es seguro es que los compañeros del Granma le dieron de lao. Mírenlo ahí, en la portada, con su legendaria mirada de azul inescrutable, observando de reojo a los dos mamertos descerebrados que roban cámara a su izquierda.

Y pudo haber sido peor. Laos es un país pequeño pero de poco más de siete millones de habitantes. Imagínense si Mr. GAESA se hubiera muerto o lo hubieran muerto en ocasión de una visita oficial de la alcaldesa de una aldea tibetana, o de una troupe de maromeros de Saint Kitts y Nevis.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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