La lógica detrás de la ilógica inversión estatal en Cuba

  • Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:Cuba
  • Comentarios de la entrada:Sin comentarios
Anuncios

El castrismo importa autos para rentar al turismo, pero espera a ver si alguien le dona ambulancias.

Reapertura al turismo en Cuba. ALEN LAUZÁN DIARIO DE CUBA

Hace pocos días, el médico cubano Víctor José Arjona Labrada denunciaba en Facebook que su madre —una maestra con 46 años de experiencia— había fallecido porque una patrulla de Policía que custodiaba una tienda MLC se negó a trasladarla al hospital. El doctor hizo la petición a los patrulleros, consciente de que esperar por una ambulancia en Cuba es un trabajo solo digno de Penélope.

Apenas unos días después de ese suceso —que probablemente se habría evitado si el servicio de ambulancias cubano funcionara—, la empresa Transtur, muy oronda, ha anunciado en la misma red social la importación de 800 autos nuevos para rentar al turismo.

Mucho hablamos de economía cubana intentando desentrañar las razones —normalmente ocultas o tergiversadas— de por qué y para qué el castrismo toma las decisiones que toma, que parecen una cadena de fallas, negativas incluso para su propia estabilidad.

Sin embargo, sobre el dato económico más impactante de los que se manejan últimamente, el gigantesco desequilibrio de las inversiones estatales a favor del turismo y actividades conexas, falta ese escrutinio profundo que, en última instancia, es de donde aflora la cara oculta de un sistema que se autopromociona como del pueblo y para el pueblo, mientras importa autos para la renta… pero espera tranquilamente a ver si alguien le dona ambulancias.

Específicamente, el acápite estadístico Servicios Empresariales, Actividades Inmobiliarias y de Alquiler, absorbe —según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información— 57 veces más inversión que la salud pública, 15 veces más que la agricultura y 76 más que ciencia e innovación.

Mientras la capital del país se desmorona —incluyendo un visible retroceso en el priorizado Casco Histórico— y los colapsados sistemas de alcantarillado y acueductos empantanan la ciudad, el 45% de toda la inversión nacional se destina a nuevas construcciones turísticas. ¿Por qué y para qué?

La respuesta simple es: porque pueden. Aunque parezca tautológico, es vital resaltar que en Cuba una oligarquía militar-burocrática decide absolutamente todo sin rendir cuentas a nadie, con lo que no es redundante, sino importante, destacar que en medio de la mayor crisis sanitaria de la historia —con miles de cubanos muriendo en lúgubres hospitales sin medicinas básicas— siguió el Gobierno castrista invirtiendo en turismo al mismo ritmo frenético que años anteriores. Ese dato, por sí mismo, define lo que es una dictadura.

Esta «obsesión» gubernamental con la inversión turística no tiene fundamento económico:

  • La ocupación hotelera estaba en descenso ya antes de la pandemia del coronavirus; carece de sentido empresarial aumentar la oferta cuando la demanda está cayendo.
  • Una distribución más equitativa de las inversiones, por ejemplo, capitalizando agricultura e industria, habría creado una economía más armónica, haciendo incluso menos dependiente de importaciones y más rentable al propio turismo, y le habría, adicionalmente, ofrecido comida y bienes a la población, lo que atenuaría el disgusto social.

La explicación es eminentemente política; eso sí, aunque la tendencia a priorizar la inversión hotelera sobre todo lo demás surgió bajo el castrismo y se ha consolidado en el neocastrismo, las razones de su sostenimiento difieren en cada etapa.

Castrismo

Lo único que sabía Fidel Castro de economía es que no podía permitir una sociedad civil fundamentada en una comunidad de propietarios prósperos, necesitaba a todo el mundo dependiente del Gobierno, o sea, de él.

Así que hipotecó la política exterior del país para asegurar un proveedor extranjero de recursos para sí mismo, lo que le permitió destruir/estatalizar el tejido económico nacional, pues ya Fidel no tenía necesidad de desarrollar la economía interna, lo que hubiese requerido libertad de mercado y una inadmisible merma de su poder.

La URSS y Venezuela cumplieron ese rol: independizaron a Fidel Castro del pueblo, mientras hicieron al pueblo dependiente de Fidel Castro. Los recursos reales los conseguía el Gobierno, que los gastaba e invertía a conveniencia y gusto del dueño de la finca, mientras la economía interna era una ficción para mantener a la gente entretenida.

Cuando Castro I perdió a la URSS, permitió —por extrema necesidad— algo de libertad económica, pero rápidamente reculó y, casi simultáneamente (a mitad de los 90), descubrió que el desarrollo del turismo le podría permitir mantener el régimen estatal donde el Estado era él, pues el turismo a la Castro tiene características similares a una fuente externa de recursos:

  • Los beneficios generados van directamente a la cuenta central del Gobierno.
  • Se desarrolla con socios extranjeros sin participación capitalista privada nacional.
  • Se desarrolla en enclaves relativamente aislados de la mayoría del pueblo.
  • Se ha concebido desconectado de la economía interna: solo hoteles, sol y playa.
  • Se paga poco a los trabajadores nacionales, que son medianamente privilegiados, pero dependientes.
  • Los cubanos no podrían acceder ni pagando, era un negocio privado propiedad del Estado… de Fidel.

Cuando llegó Chávez, no se abandonó el turismo; lo que sí se redujo o congeló fue cualquier apertura económica. La inversión turística, de hecho, se intensificó utilizando los recursos robados al pueblo venezolano. Lo importante era renovar el esquema de obtención de recursos independiente de la economía interna, la cual se mantenía intencionadamente ineficiente: en vez de un Estado del bienestar, se buscó el bienestar del Estado.

Neocastrismo

Como necesaria contraparte cubana a los socios extranjeros que invertían en turismo, Fidel Castro utilizó a sus súbditos más leales, las Fuerzas Armadas administradas por su fiel hermanito.

Pero pasó lo inevitable, se crearon intereses propios en esa estructura que, como bien documenta en sus artículos Emilio Morales, se ha tornado una mafia —cristalizada en GAESA, un ente semiindependiente del Gobierno— que se adueña descaradamente y sin escrúpulos de las divisas del país, para invertirlas en aquello que tiene bajo su directo control: el turismo.

El neocastrismo, inaugurado por Raúl Castro y apoyado por esa estructura mafiosa, dio muestras tempranas de querer cambiar el sistema centralista y demasiado ineficiente de Fidel. Hubo un momentáneo espejismo en el que pareció que se emprendería una rápida y decidida liberalización económica para vigorizar seriamente, por primera vez desde 1959, la economía nacional; sin embargo, todo se empantanó por los temores de «ir demasiado rápido» y la ineptitud de Castro II.

Hoy, en Cuba, los hombres que controlan las armas son también los que manejan el dinero, pero tienen que convivir con la cúpula burocrática que domina la maquinaria interna de distribución, poder y legitimidad política que provee estabilidad al régimen. Esa argamasa es el neocastrismo.

Mirando los números de la inversión nacional, parece que han acordado dividirse a la mitad «lo que caiga»: Díaz-Canel y los burócratas usan su mitad para sostener, tanto tiempo como sea posible, la tragedia de país que les han dado a administrar; mientras, López-Callejas (general jefe de GAESA y «asesor» de Díaz-Canel, además de miembro de la familia Castro) usa la otra mitad del botín para levantar tantos hoteles como pueda, por si un día se desploma el tinglado tener un buen pastel para repartir entre allegados, colaboradores y cómplices.

El obsceno desequilibrio de la inversión estatal no es un error de política económica, es el resultado de un país sin democracia, vampirizado por una oligarquía de guayaberas y charreteras militares.

TOMADO DE DIARIODECUBA

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.