La larga sombra del 11J no deja dormir en paz al régimen cubano

DIARIO DE CUBA conversa con Manuel Cuesta Morúa y Dimas Castellanos sobre los efectos de larga duración del estallido social de hace un año.

Manifestantes el 11J en La Habana. SARAH MARSH / TWITTER

A un año de las mayores manifestaciones populares ocurridas en Cuba en más de medio siglo, su significado histórico para los rebelados y para las autoridades están a la vista, mientras lo que anunciaron para el futuro de la sociedad de la Isla merece un examen.

DIARIO DE CUBA conversó por ello con el politólogo Dimas Castellanos y con el historiador y antropólogo, así como vicepresidente del Consejo para la Transición Democrática de Cuba, Manuel Cuesta Morúa, quienes evaluaron el impacto duradero de lo que el segundo denomina «primera revolución ciudadana en Cuba».

De acuerdo con Castellanos, a 12 meses de que cientos de miles de cubanos se echaran a las calles para exigir libertad y democracia, hay varios aspectos que han cambiado al considerar la ciudadanía en la Isla.

«Lo primero es la comprensión para muchos cubanos de la naturaleza represiva del régimen, de la incapacidad del sistema totalitario para solucionar los problemas más elementales del pueblo, y de la imposibilidad de solucionar la crisis estructural, en un país de matriz occidental, en ausencia de libertades y derechos», apuntó. 

«Lo segundo es una mayor conciencia de la necesidad insoslayable de rescatar la figura del ciudadano, lo cual implica una ardua y prolongada labor en condiciones extremadamente difíciles, por la fuerza represiva que aún conserva el totalitarismo cubano».

«Lo tercero es que la existencia de internet y la creciente participación de los cubanos en las redes sociales están anulando un requisito esencial de la naturaleza del totalitarismo para sobrevivir. Me refiero a la necesidad del control absoluto de la información».

«Lo cuarto es que el actual contexto nacional e internacional, caracterizado por la lucha entre autoritarismo y democracia, resulta más favorable para el renacimiento del ciudadano. Y lo quinto, también alentador, es la evidencia de que después del 11J el totalitarismo cubano, aunque conserva la voluntad política de mantener el freno sobre la historia, carece de fuerza para lograrlo», apuntó.

Cuesta Morúa considera que lo ocurrido en este tiempo ha supuesto «una autodemocratización ciudadana de Cuba como pocos habrían advertido. Las razones de ello son muchas, lo importante es que ya Cuba desembarca en el escenario en el que las y los cubanos han roto el cordón umbilical con el Estado: y es ahí donde empieza la ciudadanía, cuando nos situamos frente a frente al Gobierno. De una manera práctica: exigiendo satisfacción de inquietudes y necesidades, no agradeciendo por los servicios a los que el Estado se obliga, con una crítica permanente a su ostentosa incapacidad y con la sospecha como actitud».

«Esto es nuevo como expresión pública de la ciudadanía, y parece llegó para quedarse, como demuestran los mini 11J que vemos en todo el país», subrayó.

Una imagen manchada de sangre

Después de suprimir con violencia los reclamos de sus ciudadanos ante los ojos del planeta, el régimen ha buscado restaurar su prestigio tanto a nivel nacional como internacional aplicando multitud de estrategias. Pero, desde la perspectiva de los expertos, ello no ha tenido resultados a su favor.

«Me parece importante destacar que lo que distingue al Gobierno de Miguel Díaz-Canel es la reestructuración y afinamiento de la maquinaria represiva a un nuevo nivel, desde que se inició, frente a tres problemas: su ilegitimidad de origen; la incapacidad de reanimar un relato, y de reconstruir el consenso a partir de la mínima satisfacción de necesidades básicas», señala Cuesta Morúa.

«Luego del 11J, no ha logrado atender las causas de fundamentalmente el último de los problemas, si exceptuamos la movida cosmética por ciertos barrios populares. Las críticas no hacen más que crecer, solo amortiguadas por la otra salida: el abandono del país de cerca de 200.000 cubanos en apenas seis meses».

Sobre las medidas cosméticas adoptadas a la carrera para tratar de contener las críticas (reparaciones en algunos barrios; exención de aranceles a productos de primera necesidad para su entrada al país de mano de los viajeros, etc), Cuesta Morúa advierte que ninguna «ha resuelto los problemas en sus causas y tampoco acallado las críticas o salvado el abismo creciente entre el Gobierno y los sectores populares. El problema del Gobierno es institucional y estructuralmente profundo: falla en todos los campos básicos que justifican la existencia de los gobiernos. Por eso lo que más destaca de su gestión es el Código Penal».

Guerra de narrativas sobre el 11J

El régimen cubano quedó en evidencia ante la comunidad internacional no solo por la brutal represión contra sus ciudadanos, sino también al bloquear internet durante casi una semana y luego perseguir, encarcelar y empujar al exilio a decenas de activistas y opositores. No obstante, insiste en que las protestas fueron violentas, sin mostrar apenas evidencias.

Según Dimas Castellanos, esa estrategia fracasó. «La prueba es la cantidad de personalidades, de instituciones y de organismos internacionales que habían estado mirando para otro lado o le prestaban menor atención a la situación política de Cuba, y se pronunciaron, criticaron o condenaron abiertamente la conducta represiva del Gobierno, lo cual demuestra que también a nivel internacional su apoyo retrocede, y a la vez explica los intentos de realizar cambios cosméticos a la legislación vigente, tratando de brindar una imagen falsa de cambios ante los cubanos y ante el mundo». 

«La versión del régimen es la que más se escucha, pero no es la hegemónica. En Cuba todo el mundo tiene claro que las manifestaciones fueron pacíficas, que no solo fueron protestas del hambre, sino fundamentalmente de la libertad, y que tuvieron un origen interno. Los tres elementos que la narrativa del régimen ha querido reescribir», recuerda.

«Fuera de Cuba creo que también todo el mundo lo tiene claro: esencialmente porque el estallido en Cuba fue similar en forma y naturaleza a los estallidos que comúnmente se producen en cualquier país. Que haya cierto silencio en torno a Cuba después del 11J no se debe a las convincentes narrativas del Gobierno, sino a que ni somos el centro del mundo ni el nuestro es el único problema. Por ejemplo, Ucrania es un tema mayor y de impacto global», señala.

La sociedad civil ante la legitimidad ganada

Las conclusiones a sacar de las protestas son claras para Cuesta Morúa: «no confundir estallido social y demandas de cambio con capacidad instantánea de cambio: el cambio rápido, revolucionario, es engañoso y por demás imposible. Creo que hay que anotarse más a la idea de  un proceso de cambio que a la del cambio revolucionario».

«El discurso plural de las libertades es más eficaz que el discurso abstracto de la libertad. El 11J o las jornadas de lo que llamo la primera revolución ciudadana en Cuba hizo confluir en un mismo espacio intereses diferentes, cada uno con su demanda específica de libertad. Identificarlas y resumirlas en la ciudadanía es imperativo».

«La ciudadanía, hoy ya posible, lo es todo; la sociedad civil sola no es nada. Y el campo de acción cívica y ciudadana más eficaz es constitucional y legal, incluso con sus contradicciones. La sociedad civil debe apelar cada vez más a hacer frente a un régimen sin legitimidad y sin legitimación», subraya.

Por su lado, Dimas Castellanos cree que «la prolongada duración del modelo totalitario ha sido posible por el monopolio que estableció sobre la propiedad, la educación, los medios de información y sobre las personas en una nación joven, antecedida por cuatro siglos de colonialismo, que con apenas 56 años de vida fue sometida a un sistema totalitario que rebasa los 63 años; por el adoctrinamiento, las subvenciones extranjeras y los préstamos de las instituciones capitalistas; todo lo cual fue desnudado gradualmente por el proceso histórico que desembocó en el 11J».

«Por tanto, una conclusión determinante es el rescate de las libertades, la reinstitucionalización de la sociedad civil y el renacimiento de la figura del ciudadano. Se trata de una necesidad ineludible para la extinción definitiva del totalitarismo cubano, que por su naturaleza aberrante, irracional y represiva, constituye una fábrica de disidencia. Todo depende de la capacidad de la sociedad civil independiente para actuar mancomunadamente en todos los campos y escenarios posibles».

«Para el régimen hay dos salidas. Una: asumir, aunque tardíamente, la enseñanza de la Historia; lo que significa reconocer el fracaso del totalitarismo impuesto. Otra: continuar intentando detener la Historia, lo cual conducirá, tarde o temprano, a los próximos 11J que el propio régimen está incubando, con un daño incalculable a los ya frágiles cimientos de la nación cubana».

TOMADO DE DIARIODECUBA

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