Cuba

La Habana y el problema del agua en toda Cuba

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El país se enfrenta a la escasez de agua y a problemas medioambientales como consecuencia de una relación insostenible con el ciclo hidrológico en la Isla.

Salidero de agua en una calle de La Habana. DIARIO DE CUBA

La Habana —y también el resto del país— se enfrenta a la escasez de agua y a un grupo de problemas medioambientales como consecuencia de la interferencia humana en el delicado ciclo del agua en la Isla.

Un análisis rápido sobre sus sistemas hídricos y las decisiones históricas que han creado su actual estado de peligro demuestra que se ha producido una relación insostenible con el ciclo hidrológico. Esto ha llevado, entre otras consecuencias, a una desconexión de la sociedad con la fuente de abastecimiento del líquido vital, tal vez debido a los paradigmas históricos de suministro a través de alguna infraestructura misteriosa y oculta (los ladrones de agua, etc).

En La Habana. Dos caras de la metrópolis de las Antillas (2002), de Joseph L Carpaci, Roberto Segre y Mario Coyula, se afirma que la mitad del suministro de agua de Cuba puede estar contaminado, y «se estima que el nivel freático ha descendido alrededor de un 30%».

El nivel freático es la profundidad que alcanza la capa superior del agua acumulada en el subsuelo. Esta agua acumulada se puede transformar en acuífero si encuentra un estrato impermeable donde quedar retenida.

Entre los causantes principales de que baje el nivel freático está el bombeo excesivo de agua. El ingeniero Yunior González Núñez, vicepresidente de la Organización Superior de Dirección Empresarial de Agua comentaba a principios de este año en el sitio oficial Cubadebate, que «más del 80% del agua que se sirve es a través del bombeo y esta práctica consume mucha electricidad». Por lo tanto, si baja el nivel freático la fuerza que se necesita para traer el agua a la superficie es mayor y cada vez más costosa. Y existe un problema aun más grave: la extracción del agua subterránea de los acuíferos es más rápida de lo que se puede reponer de forma natural.

Una capital con poca agua

El primer intento de abastecer de agua a La Habana fue en 1592 con la Zanja Real, conformada por un canal descubierto de diez kilómetros de longitud a partir del río Almendares. Debido al rápido crecimiento de la población, se construyó el Acueducto de Fernando VII, concluido en 1835 y sustituido en 1893 por el Acueducto de Albear, que suministraba desde los manantiales de Vento. Este último fue considerado una obra maestra de ingeniería del siglo XIX, y obtuvo una medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1878.

A medida que La Habana crecía se fueron explotando fuentes de agua progresivamente más alejadas de la ciudad, creando los nuevos acueductos, como el de Aguada del Cura (1927), Paso Seco (1950), Cosculluela (1954) y Ariguanabo (1958).  

En 1963, luego de que el huracán Flora precipitara 1.244 milímetros de agua en solo cinco horas, Fidel Castro apuró la construcción de embalses, presas y el aumento de la extracción de aguas subterráneas en todo el país.

La creación del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH) en 1962, estuvo a cargo del comandante Faustino Pérez Hernández, y desde su fundación estuvo vinculada a proyectar la primera estrategia nacional para poner los recursos hidráulicos del país al servicio del nuevo sistema político. Su principal función era llevar a cumplimiento el plan de construcciones de este sector. En este periodo hubo un considerable aumento de las construcciones hidráulicas.

Para 1972 comenzaría a consolidarse el plan de construcción de las presas, y con ello los recursos humanos se empezarían a agrupar en forma de brigadas de construcción, conformadas en su mayoría por excombatientes y contingentes a lo que se sumaron vecinos de las inmediaciones de las presas.

Actualmente, según publicó Granma en su edición del pasado 19 de agosto, existen para el abasto humano «2.800 estaciones de bombeo, 22.468 kilómetros de redes de acueducto, más de 800 kilómetros de conductoras, 239 presas, con una capacidad de embalse de más de 8.700 millones de metros cúbicos».

En Cuba hay una media de 1.400 mm de lluvia recogida al año, a pesar de ello, los acuíferos cubanos tienen dificultades para que les llegue el líquido. En su ciclo natural la lluvia atraviesa la capa del suelo donde disuelve sus componentes solubles y los arrastra hacia las raíces de las plantas o los mantos freáticos. Esto ocurre por un proceso natural que se denomina percolación, con lo cual están muy relacionados los cubanos, ya que es el mismo proceso que hace que funcionen las cafeteras.

El problema del agua subterránea

Dedicar extensiones naturales de tierra a la captación de agua impide el ciclo del agua natural y consume tierras agrícolas que serían utilizables de otro modo, además esto impide que la percolación ocurra, lo que imposibilita que el agua llegue a los acuíferos en zonas que, de otro modo, la absorberían e interactuarían de forma natural con ella. Esto trae como consecuencia una mayor degradación de los suelos, por lo que recoger el agua de lluvia y las aguas superficiales, es un enfoque destructivo del abastecimiento urbano.

Ramón Pérez Suárez, investigador del Instituto de Meteorología afirmó el pasado mayor, en el espacio televisivo Mesa Redonda, que «casi el 90% de Cuba padece sequía meteorológica ahora mismo». Y agregó que «todavía se pierde el 42% del agua que se bombea».

El programa diseñado para captar las aguas superficiales, en combinación con el bombeo excesivo, ha conducido también a la salinización de muchos acuíferos cubanos. Y ya en 2002, los autores de La Habana. Dos caras de la metrópolis de las Antillas advertían que «la amenaza ambiental más grave para el agua potable en La Habana proviene de la intrusión de agua salada en el acuífero sur de La Habana«.

La intervención humana ha interceptado de forma no natural las aguas pluviales en todo el país. La impermeabilidad de la ciudad, y la construcción de presas y diques bajo el mandato de Fidel Castro, ha hecho que el agua fluya a través del sistema de aguas pluviales hacia el océano a un ritmo antinatural.

En La Habana puede verse el agua corriendo por las calles pavimentadas, y vertiéndose desde los tejados, tomando un camino acelerado hacia el mar. La captación de esta agua y su uso para el riego o el consumo humano es un método lógico para reducir la presión sobre el suministro de agua subterránea. Si la arquitectura y el entorno urbano pueden aprovecharlas mejor, se puede reducir en gran medida la presión sobre el suministro de agua.

Una arquitectura que haga que estas infraestructuras y su relación con las fuentes de agua sean más transparentes y fáciles de entender puede cambiar las actitudes hacia el uso del agua. Sin embargo, mientras en las calles siguen los escapes y las filtraciones hidráulicas, siguen construyéndose hoteles que llevan consigo altos consumos de agua, con inversiones desproporcionadas respecto al estado económico del país.

Muchos habitantes de La Habana y otras provincias siguen estando obligados a acarrear agua desde el exterior de sus casas a diario. Las infraestructuras existentes en Cuba deben repararse y hacerse funcionar de forma más eficiente, pero hacerlo no resuelve el desequilibrio del ciclo del agua, ni resuelve que el mayor problema que se cierne sobre el país: el sostenimiento del suministro de agua subterránea.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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