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A continuación, repasamos algunos de los inventos convertidos en “productos alimenticios” por los ingeniosos hacedores de la industria cubana

(Foto: Miami Diario)

GUANTÁNAMO, Cuba. ─ Allá por los años setenta del pasado siglo, después de la debacle económica provocada por el fracaso de la Zafra de los Diez Millones, sufrimos una escasez extraordinaria de productos industriales y alimentos. Entonces, los apagones comenzaron a formar parte de nuestro folclor; surgieron bebidas caseras con nombres que han perdurado en el imaginario popular; también los cigarros “tupamaros”, hechos en casa con picadura hurtada de las fábricas o tomada de colillas recogidas en las calles.

Ante la carencia de zapatos tuve que ir a la secundaria con los famosos “kicos” plásticos y sufría lo indecible por el calor que provocaban en aquellos actos en el patio, a pleno sol. Las abuelas y madres de nuestras compañeras de clases deshacían las costuras de viejos vestidos de la familia para convertirlos en prendas ajustadas a sus talles quinceañeros. Los amigos nos intercambiábamos camisas, pulóveres y pitusas cuando usar uno podía convertirte en un “diversionismo” ideológico.

¡A potenciar la creatividad de los cubanos!

Era de esperar que, ante la pandemia, esa ingeniosidad de los cubanos fuera alentada por la dictadura. El telecentro Solvisión, de Guantánamo, no está a la zaga en ese aspecto.

El pasado 22 de febrero el sitio web de ese canal provincial señaló que las máximas autoridades del país llamaban al pueblo a crear productos nacionales que sustituyeran los que se adquieren a altos precios en el mercado internacional.

Tras esa invitación, Solvisión ofreció varios ejemplos de cómo hacer esto desde nuestras casas, proponiendo a los guantanameros comenzar a producir su propio vinagre y olvidando, de paso, que la fruta necesaria para hacerlo resulta muy difícil de hallar en los mercados, por no decir imposible. El sitio también instó a cultivar condimentos como cilantro, perejil, orégano y ajo porro.

No satisfecho con estas invitaciones el telecentro también alentó a fabricar galletas y el pan nuestro de cada día. ¿Qué no hay harina? ¡Eso no importa! En ese sentido, Solvisión aseguró: “Solo necesitas un procesador de alimentos y podrás crearlas (sic) tuyas, algunas incluso libres de gluten que propiciarán una variedad en su dieta”.

Conste que no critico tal optimismo ni cuestiono la idea de que los cubanos produzcamos más e importemos menos productos, pero… ¿con qué se sienta la cucaracha? Porque al menos esa harina tiene que hacerse de boniato y este, cuando aparece, está a diez pesos la libra. Ni hablar de la malanga, que en estos momentos se vende a escondidas a 25 pesos la libra, si aparece.

Las mencionadas ideas y otras que por ahí andan no son más que expresión de la crisis en que está sumido nuestro país desde 1990 y que parece no tener fin, al menos mientras haya dictadura.

A ratos queda la impresión de que vamos a salir de la crisis, pero tal suposición ha estado poco tiempo en la cima de ese espejismo de esperanzas para luego caer vertiginosamente hasta el nivel del mar, y más abajo, como ocurre ahora debido a los errores e incertidumbres provocados por la Tarea Ordenamiento.

No me asombra que continúen convidándonos a descubrir el agua tibia porque esa conducta es consustancial a los tiempos de crisis, aunque los defensores del castrismo deberían saber que no es precisamente con paliativos que saldremos de ella.

En pleno período especial, Nitza Villapol nos ofreció la posibilidad de comernos un bistec… ¡friendo cortezas de toronjas! Eran tiempos donde para comprar una hamburguesa había que ganarse un ticket otorgado por el sindicato. Ese documento permitía ir hasta un centro gastronómico. Allí, luego de presentar el carnet de identidad y hacer una larga cola, usted se podía llevar la hamburguesa a casa ─daban una por persona─ para dividirla con la familia. Entonces, llegó a nuestras carnicerías, para no irse más, el “picadillo de soya”, un engendro cuya fórmula es mejor ni averiguarla.

El pasado 20 de diciembre el periódico Juventud Rebelde promocionó la mermelada de marpacífico, una flor común en Cuba. La publicación aseguró que el marpacífico es comestible y que contiene un alto contenido de vitaminas A, B y C, además de hierro, y que sirve para curar la demencia senil, así que ya lo saben los “ocambos”. El periódico también recomendó el consumo de Margarita, Girasol, Diente de León, Begonia, Lila, Clavel y Jazmín, aunque desconozco si la invitación a comer de las últimas se debe a la falta de dentífricos.

Y es que si algo hay que reconocer a los dirigentes de la dictadura es su optimismo y capacidad para el invento.

Ante la extraordinaria escasez de alimentos, el mismísimo ministro de la Industria Alimenticia, señor Manuel Santiago Sobrino Martínez, llegó a decir el año pasado ante la televisión nacional ─sin pudor alguno─ que estaban enfrascados en la producción de alimentos hechos a base de tripas de cerdos y que harían croquetas de gallinas decrépitas (sic).

La nueva corriente de innovadores y racionalizadores de la industria alimenticia ha ofrecido también las recetas de “lasaña de casabe”, una especie de batido hecho a base de leche “de soya” y pulpa de frutas, aunque, como ya dije, para encontrar una fruta por estos tiempos, al menos en Guantánamo, hay que ser un mago. También promueven el “miragurt”, producto hecho con suero pasterizado, maicena y azúcar; el “requesón” y el “cresol”, hechos a base de cremas saladas de almidón con sabor a queso, pollo o chorizo.

Estos son algunos de los inventos convertidos en “productos alimenticios” por los ingeniosos hacedores de la industria alimenticia cubana. Por supuesto, tales productos son para el pueblo que los comunistas de la súper estructura dicen querer tanto, mientras ellos y sus familiares viven de forma tal que la palabra crisis les resulta ajena.

TOMADO DE CUBANET

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