Como lo hizo el difunto dictador, el régimen vuelve a ofender a Martí, que jamás orientó disfrazarse de madrugada para atacar cuarteles militares y asesinar desde lo oculto

Estatua de Jose Martí 

LA HABANA, Cuba.- En días pasados la periodista Marta rojas publicó en el periódico Granma un nuevo artículo sobre el asalto al cuartel Moncada, atribuyéndole a nuestro apóstol su autoría. Se vuelve a ofender a José Martí, hombre valiente, sincero, digno, que murió de cara al sol y que jamás orientó disfrazarse de madrugada para atacar sorpresivamente cuarteles militares y asesinar desde lo oculto, como hizo Fidel con su fusil de mirilla telescópica.

Se ofendió gravemente a Martí en aquel juicio donde Fidel Castro proclamó a nuestro Apóstol como el único autor intelectual del asalto al Moncada.

Recuerdo que, por aquellos días en La Habana, el pueblo comentaba que un loco, junto a varios hombres disfrazados, entró de madrugada al Cuartel Moncada a ultimar a decenas de militares semidormidos.

El pueblo no estaba de acuerdo con aquellos hechos, así como cualquier otro de índole terrorista del Movimiento 26 de Julio, liderado también por Fidel Castro. A esto Marta Rojas nunca le dio importancia.

Ni siquiera el viejo Partido Comunista estuvo a favor de aquel horrible hecho, en el que fueron asesinados hombres inocentes de cada bando. El poeta Nicolás Guillén, desde París, ese mismo día calificó de “joven alocado” a quien dirigió el ataque.

¿Por qué —me pregunto— la periodista Marta Rojas se extrañó al ver que “a todos los habían conducido esposados a la sala del juicio aquel 21 de septiembre de 1953, incluso a Fidel Castro”, algo que no se hacía por lo general, y según ella “la mayor injusticia cometida por aquel Tribunal”? Pero, ¿acaso aquel Tribunal no se encontraba realmente atónito ante tal locura?

Rojas continuó su narración destacando que “sobresaltó al público el ruido metálico producido por las cadenas cromadas que aprisionaban más de cien muñecas”, y que Fidel, quien había dirigido aquella acción terrorista, “intentaba hablar primero que nadie, mientras los guardias en actitud de zafarrancho de combate rastrillaron sus armas” por temor a otra locura de Castro.

A la periodista le sorprendió incluso que estuvieran presentes doscientos militares custodiando la Sala, más otros cientos por los alrededores del Palacio de Justicia de Santiago de Cuba. No era para menos. Peligraban los militares sobrevivientes ante la presencia de los autores de la masacre.

Aquel asalto no solo resultó un fracaso sino, sobre todo, innecesario, y provocó represalias imposibles de evitar, cuyas consecuencias conocemos. Para la periodista, los muertos militares jóvenes que dejaban hijos, madres y esposas no valían nada, y llamó sádicos y criminales a los que reaccionaban ante sus compañeros muertos.

El 16 de octubre prosiguió el juicio, al que Fidel tuvo acceso como abogado para asumir su propia defensa. Por último, porque también para eso había libertad, pudo publicar en forma de libro su autodefensa, titulada  La historia me absolverá, en la que acusa a nuestro Apóstol como único autor intelectual de aquel horrible crimen.

La señora Marta, a partir de aquel día, se convirtió en la defensora principal de la Causa 37, y más tarde de una dictadura militar castrista que ha empobrecido a Cuba durante sesenta años.

Sin embargo, pese a los intentos del régimen, el pensamiento del Apóstol condena a Fidel, el dictador, en muchas ocasiones: “La tiranía es la misma en sus varias formas, aunque se vistan algunas de ellas de hermosos nombres y de hechos grandes”, además “la larga posesión del poder quita el sentido”.

“Estamos firmemente resueltos a merecer, solicitar y obtener la simpatía de los Estados Unidos, sin la cual la independencia sería muy difícil de obtener y de mantener”.

“Solo la opresión debe temer al pleno ejercicio de la libertad”.

“No hay espectáculo, en verdad más odioso, que el de los talentos serviles”.

“Ha de ser limpia la casa y la conducta”.

“El pueblo que quiera ser libre sea libre en negocios”.

“Es rica una nación que cuenta con muchos pequeños propietarios”.

“Quien quiera pueblo, ha de habituar a los hombres a crear”.

“Cuando un pueblo emigra, sus gobernantes sobran”.

“Nada es tan justo como la democracia puesta en acción”.

“La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes”.

“Los hombres se dividen en dos bandos: los que odian y destruyen y los que aman y construyen”.

Tomado De CUBANET

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