En Cuba, la ropa de nuestros abuelos las terminamos muchas veces utilizando sus nietos

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Los usos de la ropa en Cuba superan los límites de la imaginación humana. En el final de su vida útil, cuando ya ha pasado por 30 manos, se ha dividido en trozos para sacar de ahí nueva indumentaria, colchas de trapear o paños de limpieza.

Algunas prendas se han brindado para ser materia prima de los tan molestos nasobucos, los que el Estado ha declarado como de uso obligatorio sin garantizar su adquisición.

El curioso razonamiento de Alina dejó un regusto interesante: según ella, la ropa en Cuba recorre el camino inverso al de los cubanos. Explicó que los cubanos van del campo a la ciudad y luego hacia el extranjero, pero la ropa comienza por el exterior, llega hasta la ciudad y cuando ya se ha sacado todo el partido posible a la prenda, se manda para el campo.

Cuando Alina vivió en la habanera barriada de Santos Suárez en la década de 1990, un vecino le regaló una saya a la que ella dio uso por 15 años (que había sacado de un desvalije consentido de la casa de una amiga exiliada). Luego, gracias a la habilidad de una vecina costurera, fue convertida en un vestido para su hija de 3 años. Lo envió al poblado de Limonar (Matanzas) cuando le quedaba pequeño a su niña, y allí le perdió la pista al ahora vestido.

Hortensia, pinareña, aprovechó el furor de los años 80 por el trueque equivalente en las estatales tiendas del oro y la plata, donde se podía cambiar prendas de oro por bonos para comprar ropas, zapatos y bienes domésticos (desaparecidos en Cuba desde el triunfo de la Revolución).

Con unas joyas que cambió la abuela de Hortensia cuando se mudó para la capital, la familia compró ventiladores, enseres domésticos y ropa. En ese entonces, Hortensia tenía 4 años y recibió de regalo un vestido que pasó a manos de su hija cuando dos décadas más tarde, y después fue parar con una sobrina, y después se le perdió la pista.

En el armario de Julia resalta una abrigo que su mamá compró unos días antes de que se embarcara en un viaje por los países socialistas, la única modalidad de turismo internacional que concebían los cubanos en aquella época.

Corría el año 1975 y la madre de Julia acaba de sellar sus segundas nupcias. El puñado de afortunados que podían viajar solían acudir días antes a una tienda con el nombre de La Internacional, en la que podían adquirir vestuario presentable, con abrigos incluidos.

Ese abrigo que compró la mamá de Julia hoy es portado por su nieta, una adolescente que comienza a adueñarse de la “onda retro” que tan convenientemente se ha puesto de moda en la isla. Y no es la única: la escritora Wendy Guerra expone, en su artículo “Moda cubana, una historia de resistencia”, las avenencias entre los hábitos hípsters y los que la escasez ha impuesto en la isla.

Por su parte, la madre de Alina es psicóloga clínica. Precisó de topa presentable cuando empezó a ejercer en el Período Especial, y aún conserva las piezas que le salvaron la vergüenza en ese momento. Atendió por aquellos años a una madre con sentimiento de culpa porque, de manera instintiva, deseaba que su bebé dejara algo de la comida que le estaba dando para poder comérselo ella.

Una prenda de ropa puede no parecer mucho, o peor, algo superficial. Pero simboliza la escasez, la pobreza que nos avergüenza y que ve pasar el transcurso de nuestras vidas como una carga.

TOMADO DE CUBACUTE

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