En Cuba el robo a las granjas evita la hambruna general

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‘Sacar clandestinamente productos agrícolas de una granja del Estado, a mi modo de ver no es otra cosa que un imprescindible comercio privado mayorista.’

Cosecha de plátanos en Quemado de Güines. VANGUARDIA

Por aberrante que pueda parecer a quienes no han vivido en un sistema comunista, no es razonable calificar de delito, así sin más detalles, el robo de productos agrícolas y pecuarios al Estado castrista.

Dada a la agobiante escasez crónica de alimentos en Cuba, la más aguda y prolongada sufrida por pueblo alguno en Occidente, y hoy agravada, sacar clandestinamente productos agrícolas de una granja del Estado para hacerlos llegar a los consumidores, a mi modo de ver no es otra cosa que un imprescindible comercio privado mayorista. Y es el que evita la hambruna.

No solo eso, impide que en las granjas estatales y en las fincas de los campesinos y los usufructuarios de tierras se pudran hasta el 57% de muchas cosechas, como reveló no hace mucho un estudio de una agencia española no gubernamental de ayuda al desarrollo (ONGD).

Porque Acopio, el absurdo monopolio estatal para la comercialización agrícola, no tiene camiones suficientes, o gasolina disponible cuando los tiene. Para colmo, el Estado no permite que los campesinos los trasladen por su cuenta y los vendan en la ciudad ellos mismos.

En todo caso lo que técnicamente tal vez podría calificarse como delito sería que no se le paga al Estado lo extraído. ¿Pero hay acaso opción para pagar? Quien intente hacerlo irá a prisión.

Es la propia dictadura la que promueve el robo en las granjas

O sea, es la propia dictadura comunista la promueve el robo en las granjas. En vez de liberar el campo y entregar las tierras en propiedad a quienes las quieran trabajar, lo que hace es empeorar la escasez y organizar patrullas paramilitares en los campos para impedir el robo de productos agrícolas y pecuarios.

Hace unos días en Ciego de Ávila, el Partido Comunista (PCC) y el Ministerio del Interior (MININT) anunciaron la creación de brigadas paramilitares «campesinas» en las zonas rurales del municipio de Baraguá para impedir el robo en empresas estatales como La Cuba, la mayor productora de plátano fruta de la Isla, que abastece a los hoteles de la mafia militar en los cayos turísticos de la costa norte.

El director de La Cuba, Carlos Blanco, informó que recientemente en tres camiones agentes policiales confiscaron 300 quintales, equivalentes a 66.139 libras de plátano fruta, que iban para el mercado negro. En otro municipio avileño, Primer de Enero, fueron decomisadas 40.785 libras de plátano, otras 40.785 libras en el municipio Ciro Redondo, y 44.800 libras más de plátano y 4.800 libras de plátano fruta en el municipio Bolivia, todos de Ciego de Ávila.

Hay hambre, y punto. Eso ocurre en el país que, según la FAO, antes del comunismo era el mayor exportador de alimentos de Latinoamérica en proporción al tamaño de su población.

Miles de avileños no pudieron comer plátanos ni plátano fruta porque parte de esas cargas decomisadas fue llevada a restaurantes y hoteles; otra fue para los generales y el resto de la casta dictatorial; otra se la cogieron los agentes confiscadores para su consumo familiar, y para venderlas a «gente de confianza» (que no los delaten).

«Sin robo en los campos nadie come»

Y aquí viene al caso la frase bíblica «Aquel que no trabaje no podrá comer», escrita por el apóstol San Juan y que aparece en el Nuevo Testamento. Vladimir Lenin la manipuló y convirtió en consigna bolchevique en El Estado y la revolución (1917), adaptada como «El que no trabaja no come», refiriéndose tramposamente a que los burgueses eran «parásitos» que vivían del trabajo de los obreros y campesinos.

Pues bien, si la dictadura raulista no libera las fuerzas productivas del campo podría producirse otra modificación, insólita: «el que no roba no come», o más exactamente, «sin robo en los campos nadie come». Con la aclaración semántica de que en este caso la palabra robo no significa robar propiamente, y valga el absurdo.

Es simple. Si no fuese por el mercado clandestino, hoy los millones de cubanos que no reciben remesas y no pueden pagar 3.600 pesos de su salario para comprar en la calle al menos 20 dólares (a 75×1 actualmente) no podrían alimentarse luego de que se les acaba lo poco que les dan por la «libreta».

¿Y de dónde salen los productos que se consiguen en ese mercado alimentario salvador «ilegal»? De los campesinos que se arriesgan a multas delirantes o ir a la cárcel por no entregar el 80% de sus cosechas al Estado (Acopio); y sobre todo de los comerciantes privados mayoristas, que también a un alto riesgo extraen furtivamente los productos agrícolas.

Por supuesto, no solo plátanos salen sigilosamente de los campos cubanos, y no solo en Ciego de Ávila. Patrullas de vigilancia en los campos y decomisos pululan por toda la Isla. Un campesino, que prefirió no dar su nombre, dijo recientemente al periodista independiente Osmel Ramírez, en Holguín: «Se están acabando los puercos, no da negocio criarlos porque no hay comida. Y, como no hay puercos, roban más reses».

¿Por qué roban? Porque en 1958 había en la isla 6,6 millones de cabezas de bovinos, uno por cada habitante y hoy hay 3.8 millones de cabezas para 11,3 millones de habitantes, tres personas por vaca y en el puro hueso de flaca. Actualmente, el consumo per cápita de carne vacuna en Cuba es inferior a las 1,2 libras mensuales en Gambia, el más bajo de Africa.

Y pensar que el consumo per cápita cubano de carne de res en 1958 fue de 6,7 libras mensuales (80,4 libras en el año).  Es decir, padres, abuelos y bisabuelos comían diez veces más carne de vaca y tomaban mucha más leche que hoy sus hijos, hijos y bisnietos. En 1958 Cuba producía casi 1.000 millones de litros de leche y hoy menos de 400.000 litros, con el doble de habitantes

Estadísticas de la FAO muestran que a fines de los años 50 Cuba poseía la mejor ganadería tropical del mundo, y que había desplazado a EEUU en la exportación hacia Latinoamérica de sementales de la raza cebú, unos 1.000 toros anuales.

Está más que claro que si en Cuba hoy no se robaran vacas, prácticamente solo los turistas extranjeros y los vividores en el poder podrían comer carne bovina. Ya muchos cubanos casi han olvidado el sabor que tiene un buen bistec filete de res. Infinidad de niños y adolescentes nunca lo han comido.

En Camagüey, la provincia mas ganadera del país, hay noches en las que se roban entre 30 y 120 cabezas de ganado vacuno, según reportes oficiales. De ahí sale carne y sus derivados para el gran mercado negro de La Habana y Varadero.

En general, sin el comercio clandestino de productos agrícolas y pecuarios muchos ancianos y persona delicadas de salud habrían muerto de hambre, o estarían fatalmente desnutridos.

Pero lo más indignante aquí es que quienes sí roban en los campos descaradamente, y en cantidades asombrosas, son los vividores de la mafia gobernante. ¿De dónde salen los almuerzos y cenas homéricas en sus madrigueras amuralladas? ¿De la «libreta»? ¿Tienen sueldos de 35.000 pesos mensuales, o de 1.500 dólares, para conseguir todo lo necesario para sus festines pantagruélicos?

Se lo roban al Estado. No compran langostas, carne de res y cerdo,  pescado fresco, o deliciosas frutas en mercado negro alguno. Les llegan fresquecitos directamente del campo y los almacenes estatales ¿Sirve Mariela Castro arroz con chícharos y un pedazo de boniato hervido en la mesa de su millonaria mansión de calle 66 y Séptima Avenida de Miramar?

Los verdaderos ladrones de productos agrícolas en Cuba son los integrantes de la oligarquía «revolucionaria». Lo otro es pura defensa propia del pueblo para subsistir. Por eso la frase «sin robo en los campos nadie come» puede que sea parte del epitafio que se escribirá en la tumba del castrismo.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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