Cuba

El deshielo Cuba-EEUU: un plan B abortado con urgencia

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¿Cuáles fueron las razones del acercamiento político entre el régimen de Raúl Castro y la administración de Barack Obama? ¿Por qué se detuvo? Y a la vista de aquello: ¿qué debería hacer ahora la administración de Joe Biden frente a Díaz-Canel?

Ilustración: Raúl Castro y Barack Obama. DIARIO DE CUBA

Cuando el 17 de diciembre de 2014 los presidentes Barack Obama y Raúl Castro sorprendieron al mundo con el anuncio de la intención de dialogar para lograr el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, un terremoto noticioso recorrió el planeta.

Tras 18 meses de negociaciones secretas, amparadas por el Vaticano y Canadá, la prensa mundial se hizo eco de la sorprendente noticia. Se intentaba poner fin a una era de confrontación y comenzar un proceso de acercamiento. A los ojos del mundo, por primera vez se daba un cambio de política radical de EEUU hacia unos de sus más enconados adversarios político-ideológicos.

Atrás se intentaban dejar los sinsabores de las nacionalizaciones y confiscaciones forzosas nunca indemnizadas, la histórica invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles de octubre de 1962 y una larga lista de hechos que enmarcaron la confrontación de los gobiernos de La Habana y Washington por más de cinco décadas.

Hoy, vale la pena hacer varias interrogantes: ¿Cuáles fueron las verdaderas razones que motivaron el inesperado acontecimiento? ¿Fue este un movimiento voluntario del Gobierno cubano? ¿Se estaba buscando una relación con EEUU para implementar un cambio de modelo económico? ¿O todo no era más que un plan B ante la posibilidad real de perder el soporte financiero venezolano?

Todo apunta a que se trató de un plan B abortado con urgencia, tal y como apuntan los hechos y datos siguientes.

Desentrañando la madeja

Para entender las verdaderas motivaciones del deshielo hay que regresar a 2011 y evaluar los hechos que fueron aconteciendo hasta producirse, en diciembre del 2014.

Primero que todo, hay que recordar que la economía cubana en 2011 estaba pasando por una fuerte crisis. Las reformas emprendidas por Raúl Castro en el sector de la agricultura en 2008 no habían generado los resultados esperados, el país seguía importando 2.000 millones de dólares en alimentos. Las principales exportaciones tampoco andaban bien. La industria azucarera acentuaba su declive; la del níquel se desvaneció por los bajos precios en el mercado mundial; el turismo experimentaba un lento crecimiento, cayendo en una meseta que no mostraba progresos apreciables. Los competidores de la región eran mucho más eficientes y atractivos, sus productos turísticos superaban la oferta cubana en calidad de servicio, variedad de opciones y relación calidad-precio. La economía de la Isla se hacía cada vez más dependiente del soporte venezolano, la exportación de servicios médicos y las remesas. Mientras tanto, la deuda externa crecía hasta superar la barrera de los 40.000 millones de dólares.

Dos años antes, en 2009, el presidente norteamericano Barack Obama comenzó a delinear una nueva política hacia Cuba tomando dos medidas claves: 1) La liberación de los envíos de remesas, y 2) La liberación de los viajes a la Isla de los cubanoamericanos.

Hay que recordar que, hasta ese momento, las remesas solo podían enviarse a razón de 300 dólares cada tres meses, mientras que los viajes de los cubanoamericanos estaban limitados a uno cada tres años. A partir de entonces el flujo de remesas a Cuba aumentó considerablemente. Las nuevas reglas implementadas por la Administración Obama fijaron inicialmente un monto diario que se permitía enviar de 5.000 dólares, aumentado más tarde a 10.000. Paralelamente, los viajes a Cuba desde EEUU tuvieron un vertiginoso crecimiento. Esta última medida empoderó el negocio de las mulas a niveles nunca vistos. De esta forma, entre el valor de las remesas en efectivo y en especie pasó a ocupar un tercio del PIB cubano.

En 2009, antes de que remesas y viajes fueran abiertos sin restricciones por la Administración Obama, las primeras habían alcanzado un monto de 1.653 millones de dólares. Ya para 2014 eran 3.128 millones. En un abrir y cerrar de ojos la liberación de estas restricciones convirtieron la Isla en el destino con la mayor tasa anual de crecimiento de remesas en América Latina. Su monto superaba con creces las ganancias de las exportaciones cubanas de ron, níquel, productos del mar, tabaco, azúcar, biotecnología, y los ingresos netos del turismo.

La enfermedad de Chávez y la crisis venezolana encienden un bombillo rojo

A pesar de los jugosos dividendos financieros que dejaban en las arcas del régimen las bonanzas generadas por las remesas y los viajes de exiliados cubanos desde EEUU, la crisis venezolana y el empuje de la oposición eran un problema para La Habana. Sobre todo, cuando en 2011 descubren que Hugo Chávez estaba enfermo de cáncer.

Automáticamente, Fidel Castro se adueñó del manejo de la enfermedad de Chávez, quien fue diagnosticado con un cáncer terminal. Sin cura, lo más que se podía hacer era alargar su tiempo de vida.

Una muerte temprana de Chávez significaba el fin del subsidio venezolano si la oposición tomaba el poder. En otras palabras, el régimen cubano perdería el suministro de petróleo y todo lo que financieramente significaba para ellos, además de que tendría que regresar a casa el personal médico y paramédico, así como el de otras áreas de colaboración que trabajaban en Venezuela (45.000 en aquel entonces), lo cual representaba alrededor de 2.700 millones de dólares al régimen cubano solo por concepto de salario de todo ese personal. Cuentas aparte, habría que agregar que se perderían los ingresos por concepto de ventas de medicamentos, de petróleo a terceros, y de servicios informáticos y de labores de inteligencia y cooperación militar, todo ellos estimados de forma conjunta en otros 6.000 millones de dólares.

Esta situación fue la que generó la implementación de un plan B por parte de la inteligencia cubana. Si Chávez no sobrevivía, la única opción que quedaba era un acercamiento a EEUU. Una administración como la de Obama era un camino fértil para lograrlo.

Así las cosas, Hugo Chávez fue intervenido quirúrgicamente cuatro veces, todas en La Habana. La última vez fue el 11 de diciembre de 2002. El 5 de marzo, según informó el vicepresidente Nicolás Maduro, Chávez muere a las 16:25 hora de Venezuela. Otras fuentes refieren que Chávez muere en Cuba el 28 de diciembre de 2012 de un paro respiratorio.

A partir de entonces, el régimen cubano desplegó el plan B, con dos misiones claves:

Apuntalar a Maduro y ganar las elecciones en Venezuela en 2015; y propiciar un acercamiento con EEUU por si Venezuela caía en manos de la oposición.

Para ello, en el segundo semestre de 2013 comienzan las conversaciones secretas entre los gobiernos de Cuba y EEUU. Tras 18 meses de negociaciones, el 14 de diciembre de 2014 se anuncia el célebre deshielo. Rápidamente, la maquinaria de la prensa norteamericana comenzó a mover el acercamiento. Por varias semanas consecutivas The New York Times publicó artículos apoyando el deshielo. El lobby por hacer comercio en Cuba se agitó fuertemente en EEUU. Cientos de compañías participaron en conferencias organizadas para impulsar el comercio con la Isla, al igual que funcionarios del Gobierno cubano, ejecutivos de empresas y especialistas viajaban a EEUU para intercambiar experiencias e información en dichos encuentros. Del lado norteamericano participaban empresas de la mayoría de los sectores de la economía, con destaque especial de las relacionadas con los sectores de la energía, las telecomunicaciones, la agricultura, el turismo, la biotecnología, el transporte aéreo, la producción de alimentos, proyectos de infraestructura, equipos pesados, comercializadoras de piezas de repuestos para autos, compañías de abogados, etc.

Por otra parte, la sinergia generada catapultó el interés de otros países en Cuba como destino de inversión. La Isla se puso de moda, llamando la atención de cientos de inversionistas de todas partes del mundo. Al mismo tiempo, la Administración Obama animaba a los acreedores de la deuda externa a renegociarla con la Habana, teniendo en cuenta la perspectiva del nuevo escenario que surgía en las relaciones entre Cuba y EEUU.

Mientras el deshielo y sus repercusiones llenaban titulares en la prensa mundial, la inteligencia cubana hacia su trabajo para garantizar la victoria de Nicolás Maduro en las elecciones el 15 de abril del 2015, cuando ganó fraudulentamente a Capriles con una ventaja del 1.59% de los votos.

Dado este paso, Maduro en control, comienza la penetración a fondo de la inteligencia cubana en el ejército venezolano y una fuerte guerra de desgaste para dividir y maniatar a la oposición venezolana, muy fuerte en esos momentos. A partir de entonces, la puesta en escena quedaba lista: comenzaba el desmontaje del deshielo.

¿Cómo se abortó el deshielo?

El desmontaje del deshielo tuvo dos causas fundamentales: 1) La volátil expansión del sector de cuentapropistas en la Isla, que silenciosamente estaba desplazando del mercado a las empresas del Estado, principalmente a las subsidiarias de GAESA, las cuales se vieron muy afectadas en sus ingresos en los sectores de turismo, mercado minoristas, gastronomía y transporte. 2) La simpatía despertada en la población cubana por EEUU y el riesgo que esto significaba de una penetración de las empresas norteamericanas, sumado al fuerte impacto ideológico en la población, pues comenzaba a desmontarse el mito del peligro que representaba el imperialismo yanqui y sus malignas intenciones —mito construido durante más de cinco décadas por órdenes de Fidel Castro—, a lo que habría que agregar el impacto geopolítico, dada la posibilidad real de que Cuba dejara de ser un factor influyente en América Latina que afectara los intereses de Rusia en la región.

A partir de ahí, cómo desmontar el deshielo no era una tarea difícil. El primer paso era resolver el problema interno que representaba el empuje de los emprendedores, convertidos ya en una fuerza de cambio. Para ello, lo primero que hizo el régimen fue trancar las reformas. Con esta medida se paró en seco la expansión del emprendimiento en la Isla y se cortó de golpe el desarrollo y fortalecimiento de una clase media emergente con poder económico que en el futuro terminaría generando interés por el poder político. El tranque de las reformas implicó que no se emitieran más licencias, que se limitara a los emprendedores a tener una sola licencia y negocio. Estas medidas vinieron acompañadas de una subida de impuestos, un tope de precios, la no aprobación de más cooperativas no agropecuarias (CNA), el desmantelamiento de las más renombradas y exitosas, la demonización de los emprendedores en los medios de comunicación, la encarcelación de algunos de ellos presentándolos en la prensa como casos de corrupción, etc. Además, se introdujeron nuevas leyes y cambios que marcaban un proceso de estatización del emprendimiento, dejando muy poco margen a la iniciativa ciudadana y dando más control a las empresas estatales. En otras palabras, el régimen puso una lápida encima del movimiento emprendedor en Cuba, dejándolo prácticamente sin oxígeno.

El segundo paso era resolver el impacto del acercamiento de EEUU a Cuba, muy fuerte en la población, que simpatizaba con el presidente Obama tras su discurso en La Habana. A raíz del discurso del presidente estadounidense, se hizo viral en la Isla ver banderas norteamericanas en los balcones de las casas, en pañuelos de cabeza y en prendas de vestir. Esto tuvo un impacto ideológico que no gustó nada en el ala conservadora del Partido Comunista.

Una vez que Obama partió de regreso, la prensa cubana arremetió contra el mandatario. La maquinaria del Partido comenzó su tarea sucia para aplacar los efectos de la visita, sembró el veneno de que el acercamiento de EEUU era un verdadero «caballo de troya» que lo que quería era destruir la revolución desde adentro. El plato fuerte, sin embargo, lo llevó a cabo la contrainteligencia cubana, al comenzar los todavía hoy «misteriosos» ataques sónicos a los diplomáticos norteamericanos.

Si en La Casa Blanca y el Departamento de Estado suponían que los dirigentes cubanos verían con alegría la marea de empresarios y funcionarios estadounidenses que ahora los visitaban, se equivocaron. Un audio tomado en una reunión antes de que se iniciarán los ataques sónicos en pleno deshielo y filtrado años después a medios de prensa de Florida así lo demuestra. En la grabación se escucha claramente a un oficial expresar la alarma de la dirección del país y el Ministerio del Interior por la masividad de la presencia estadounidense, e impartir instrucciones terminantes a altos funcionarios de múltiples instituciones económicas, académicas y políticas. Nadie podía permitir el acceso a sus instituciones, ni reunirse con ninguno de ellos sin antes informar y recibir autorización expresa para hacerlo.

Tanto para la Dirección General de Inteligencia (DGI) como para la Dirección Nacional de Contra Inteligencia (DGCI), lo importante no era el desarrollo económico y el bienestar que esas visitas pudiesen traer a Cuba, sino controlar las circunstancias de ese intercambio o impedir su realización. El criterio y los procedimientos de la policía secreta —no solo los de la burocracia administrativa— explican las limitaciones en los intercambios, pero también el largo proceso de evaluación y aprobación de las propuestas de negocios traídas por los visitantes. La práctica demostró más adelante que la mayoría de los empresarios que llegaban a la Isla con la maleta llena de ilusiones, regresaban llenos de decepción y desengaño; todo era una farsa.

Es también una curiosa coincidencia que fuese después de esta expresión —oficial y policial— de inquietud y malestar por el gran número de diplomáticos acreditados en la recién abierta embajada de EEUU, que se iniciaron los llamados «ataques sónicos» contra el personal acreditado allí. El impacto en su salud obligó a la larga a evacuar a más de dos decenas de diplomáticos y sus familiares. Bajo la presidencia de Trump —iniciada con una declaración de no querer romper las relaciones bilaterales, sino renegociar los términos— arreciaron aún más los ataques, conduciendo a la interrupción indefinida de las operaciones de esa dependencia en La Habana y precipitando una confrontación abierta entre ambos países.

Llegados a este punto, el deshielo se vino abajo. Sin embargo, para ese entonces el régimen cubano ya había logrado sus principales objetivos:

1. DEUDA EXTERNA. Limpiaron 42,000 millones de deuda externa. Ver figura 1.

Fuente: Elaborado por Havana Consulting Group a partir de los reportes de varias instituciones financieras y agencias de prensas internacionales.

2. TURISMO. Lograron incrementar el turismo en 56.15% en el período 2014-2017; de recibir 3.003.345 millones de turistas en 2014 pasaron a recibir 4.689.8954 en 2016.

3. REMESAS. Las remesas en efectivo crecieron en el período 2009-2019 en un 124.82%. De 1.653.15 millones de dólares saltaron a 3.716.71.

4. GAESA. Consiguió la mayor bonaza financiera de su historia, llenando sus carcas con miles de millones de dólares.

5. VENEZUELA. Se logró tomar control absoluto de Venezuela, garantizando así el suministro de petróleo y la influencia e injerencia en otros gobiernos de la región.

Ataques sónicos, un riesgo meticulosamente calculado

La súbita aparición de los ataques sónicos en medio del deshielo trae a la mesa la pregunta legítima de por qué iba el Gobierno cubano a poner en peligro de forma delibrada la normalización de relaciones económicas con EEUU. Ciertamente, con esta acción el Gobierno cubano ponía en riesgo las bonanzas económicas que había obtenido gracias al deshielo. Sin embargo, su principal obsesión era mantener el control sobre las actividades de los diplomáticos de EEUU en Cuba, y fue eso lo que se priorizó.

Es verdad que la crisis diplomática podía complicarse y llegar a generar la pérdida de inversiones que se gestaban entre compañías norteamericanas y cubanas en sectores como la energía, la producción de alimentos, la tecnología, proyectos de infraestructura, turísticos y en otros sectores estratégicos (existe mucha evidencia de esto). Sin embargo, la certeza de poder controlar la narrativa en caso de estallar un escándalo alrededor de los ataques, su origen y naturaleza, hizo pensar a la elite del poder militar que —una vez abiertas las puertas de las relaciones bilaterales— las inversiones estadounidenses podrían afectarse, pero ya sería imposible para Washington revertir el interés despertado en los inversionistas de terceros países. Ese cálculo, no obstante, falló.

Para compensar esta pérdida, Rusia ofreció créditos multimillonarios en sectores estratégicos como el ferroviario —por valor de más de 1.000 millones de dólares—, el energético —para montar una planta de generación de energía, por igual monto—, y otros que representaban cientos de millones de dólares en inversiones. De igual manera se observó un creciente e inusitado crecimiento del turismo ruso a la Isla, en un momento en que las cinco principales fuentes turísticas europeos venían teniendo un declive progresivo y sostenido de sus arribos a Cuba por tres años consecutivos.

Este inusitado acercamiento económico por parte de Rusia, desapercibido para muchos, pondera con fuerza el aspecto geopolítico que rodea el misterio de los ataques sónicos.

Uno de los ángulos más notables que tienen los servicios cubanos de inteligencia y contrainteligencia es la vigilancia efectiva que ejercen sobre el cuerpo diplomático presente en la Isla, ya sea de países aliados o enemigos.

La elite de poder conoce todos los movimientos de cada uno de los diplomáticos en el país, con quién hablan, con quien se reúnen y hasta cuáles son sus conversaciones familiares y actividades domésticas.

La asignación de viviendas a los cuerpos diplomáticos en Cuba es atendida directamente por un departamento especializado en el Ministerio del Interior; su selección se decide por las facilidades operativas que su localización ofrece a la vigilancia. En muchos hoteles del país, la contrainteligencia dispone de varias habitaciones totalmente equipadas con tecnología de escucha y video para grabar los objetivos de interés. Cada hotel tiene un oficial que se encarga de asignar las habitaciones a los objetivos a vigilar, así como de monitorear sus movimientos.

Esta logística operativa no es compartida con ninguna agencia de inteligencia extranjera. La hipótesis de que otro servicio de inteligencia realizó los ataques sónicos solo es plausible si se reconoce que lo hizo con la aprobación y en coordinación estrecha con el Ministerio del Interior cubano. La narrativa de un tercer actor llevando a cabo de forma independiente y durante meses esta actividad contra decenas de viviendas es generada por el propio aparato de Inteligencia cubano para confundir y desviar la atención en las pesquisas. En esa misma dirección, los ataques a diplomáticos canadienses fueron un chivo expiatorio para desviar la atención del verdadero objetivo y así sembrar más dudas en la investigación.

Por otra parte, no hay evidencia de que los servicios de inteligencia cubanos dispongan de tecnología propia para llevar a cabo estos sofisticados ataques de forma independiente. Por tanto, necesitaban de un tercero para poder realizar este riesgosa y fulminante operación.

Como dice el dicho, a buen entendedor con pocas palabras basta. Para nadie es un secreto la preocupación de Rusia ante la presencia norteamericana en la Isla a partir del deshielo, y el peligro que esto representaba para sus intereses geopolíticos como potencia mundial. Es obvio que lo que primó aquí fue el interés estratégico de lo que representaba Cuba para los intereses geopolíticos rusos en América Latina, más que el propio interés ruso en la economía cubana, que desde la desaparición de la URSS había dejado de ser una prioridad.

El cálculo que no hizo la inteligencia cubana

Los ataques sónicos sorprendieron a Obama en su último año de mandato, poniendo al descubierto la verdadera intención del régimen cubano. En un ataque de soberbia, el presidente norteamericano cerró el grifo migratorio al eliminar la política de pies secos-pies mojados. Sin embargo, ya era demasiado tarde, el mal estaba hecho, la caída del deshielo y su narrativa era cuestión de tiempo.

La llegada de Trump a la Casa Blanca cambió drásticamente el escenario. Las sanciones a Cuba y a Venezuela cambiaron la dinámica de las finanzas de ambas dictaduras. A lo que hay que sumar el deterioro de la industria petrolera venezolana, por su pésima administración. Esto, sumado a la caída vertiginosa de los precios del petróleo en el mercado mundial, hizo declinar profundamente el soporte financiero a la Isla por parte de Caracas, al punto que más de la mitad del personal médico y paramédico desplegado allí tuvo que regresar a Cuba. Tampoco el régimen cubano podía vender ya el petróleo excedente a terceros, ahora el déficit de las entregas había que compensarla con compras a terceros a precio del mercado mundial.

La Inteligencia cubana no previó que a pesar de que se apoderaron de una de las reservas e industrias petroleras más poderosas del mundo, el método de gestión impuesto para su administración la iba a convertir en ruinas. Lo demás es conocido, el país entró en una severa crisis económica, con una profunda crisis de liquidez, una baja extrema en las exportaciones, lo cual trajo como consecuencia el incumplimiento de los pagos de la deuda externa con sus principales acreedores. En medio de este adverso escenario, llega el Covid-19 y su terrible impacto, que hizo colapsar la economía del país y su inflado y publicitado sistema de salud.

En medio de esta debacle, Joe Biden gana las elecciones y crece con fuerza dentro de la actual Administración la idea de un nuevo engagement con el régimen cubano. Sin embargo, la tarea de lograrlo no ha sido fácil, y después de las protestas del 11 de julio parece una misión imposible.

Conclusiones

El acercamiento a EEUU nunca estuvo basado en la estrategia de desarrollar Cuba y abrir una economía de mercado a expensas de las tremendas ventajas que en la práctica suponía una nueva y buena relación con el vecino del Norte. El deshielo estaba basado en la posibilidad real de que el régimen cubano pudiera perder el soporte financiero venezolano y la necesidad de encontrar un nuevo mecenas que lo mantuviese. Lo que primó fue conservar el poder a toda costa, a expensas de cualquier variante, incluso si esta era la de un acercamiento con su mayor enemigo.

Los hechos muestran claramente que para el régimen cubano no era conveniente el desarrollo de una clase media en la Isla y menos aún apuntalada por una buena relación con EEUU. Su principal objetivo fue tomar un segundo aire limpiando la deuda externa (más de 42.000 millones de dólares le fueron condonados), y asegurarse de nuevas y acaudaladas fuentes de financiamiento: las remesas de los exiliados y el turismo, principalmente proveniente de EEUU, además de lograr el control de Venezuela para garantizar el suministro de petróleo subsidiado.

La administración Obama mordió el anzuelo ante este audaz movimiento pensando que su política de engagement era correcta. No percibió que lo que hacía el régimen cubano era ganar tiempo para apuntalar a Maduro y acomodar sus finanzas ante el nuevo escenario que surgía, para de esta forma mantener el poder.

Cuatro años después, de nada valió interrumpir el deshielo. La situación actual muestra un escenario más vulnerable para el régimen que el que generó el propio deshielo. Ahora vemos un gran vacío de poder, que se ha quebrado el monopolio de la información, y lo más importante, que por primera vez el pueblo ha salido a la calle a pedir cuentas a una dictadura que lleva 62 años haciendo daño.

Sumado a esto, tenemos un país con una economía totalmente colapsada y en medio de una pandemia fuera de control que muestra la verdadera cara del régimen, donde una cúpula mafiosa en control del aparato represivo se roba impunemente las riquezas del país, mientras crece la frustración de una población agobiada por las carencias y con cada vez más deseos de libertad y justicia.

El régimen cubano está dando muestra de que está en su fase terminal. En su último pataleo, ha mostrado lo peor de lo que es capaz: reprimir a un pueblo indefenso que reclama pacíficamente un cambio, implementando una campaña de terror con cientos de personas desaparecidas, encarceladas y procesadas sin ningún tipo de garantías jurídicas. El mundo entero ve todo lo que está ocurriendo en el país. El marketing político del régimen ha quebrado definitivamente.

Viendo esta realidad, la Administración Biden debe comprender que no son tiempos de engagement ni de deshielos. Es sencillamente la hora de hacer lo políticamente correcto: ayudar al pueblo cubano a decapitar a la tiranía más siniestra que ha tenido nuestra América en los últimos 62 años.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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