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Manuel Cuesta Morúa, Dimas Castellanos y Enrique del Risco diseccionan para DIARIO DE CUBA el funcionamiento de uno de los mecanismos represivos favoritos del castrismo.

Un niño habanero en 1980 junto a un cartel contra los cubanos que se marchaban del país. EFE

El acto de repudio es una especie de zona franca para cometer desmanes contra los propios hijos de la nación, advirtió Manuel Díaz Martínez. Así calificó el poeta cubano uno de los mecanismos de represión más usados a lo largo de su historia por el castrismo.

En estos días, cuando las turbas presuntamente espontáneas son usadas con frecuencia contra activistas de la sociedad civil independiente, sobre todo contra miembros de colectivos como el Movimiento San Isidro y el grupo 27N, DIARIO DE CUBA pidió aportar sus conocimientos sobre el tema a un grupo de intelectuales cubanos.

«El castrismo es una variante de totalitarismo y todos los sistemas totalitarios, por su propia naturaleza, son portadores de la violencia, bien sea física, verbal o psíquica, doméstica o pública, nacional o internacional», indicó el politólogo Dimas Castellanos.

«Como se trata de un Gobierno que no ha surgido por una elección libre del pueblo, le teme al pueblo. Por miedo recurre al terror, cada vez mayor, hasta que el temor se convierte en sentimiento dominante. En los actos de repudio se mezclan las diversas formas de violencia».

«El por qué está claro. Si se impone una ideología, una forma de pensar, un partido único y se eliminan las libertades, todo el que piensa o actúa de forma diferente es considerado enemigo, por tanto debe ser reprimido, lo que a su vez sirve para amedrentar al resto de la población. Cuando no da resultado, se pasa a un nivel superior, como fue el caso del fusilamiento de aquellos tres jóvenes que en abril de 2003 intentaron raptar una lancha para escapar del país», recordó.

El escritor Enrique del Risco recuerda por su parte el elemento de soberanía e incluso legitimidad con que el castrismo disfraza sus turbas como supuesta manifestación genuina del sentir popular.

«Usar turbas violentas como arma de intimidación es consustancial a un régimen que pretende representar a la totalidad del pueblo, y que solo concibe la oposición y el disentimiento como crimen de lesa patria. Lo que eran exabruptos sociales en ciertos momentos históricos, el totalitarismo lo hizo hábito recurrente. Según la lógica de actos, sus participantes actúan en nombre de todo el pueblo y cualquier exceso que cometan va a la cuenta del pueblo que, como sabemos, es inocente de lo que haga, y si existe alguna culpa es de muy difusa atribución. El acto de repudio es la política de Estado disfrazada de Fuenteovejuna», subrayó.  

Para una genealogía del acto de repudio castrista

El historiador y antropólogo, así como coordinador de la Plataforma Nuevo País, Manuel Cuesta Morúa, recuerda que fue en la década de los 80 cuando los actos de repudio se convirtieron en la escenificación del rechazo a los cubanos que decidieron abandonar el país a través del puerto de Mariel, que su uso como herramienta del poder se volvió más transparente. 

«Los años 80 fue el momento en que se comprobó que los actos de repudio no eran la espontaneidad del pueblo criticando a aquellos que de alguna manera se oponían a la Revolución, sino que era una  política clara de Estado, que diseñó Fidel Castro para repudiar, en una recuperación de los pogromos que sucedieron en Rusia contra los judíos, reeditar eso y utilizar hordas humanas contra aquellos. Lo curioso es que el rescate de los actos de repudio se da en esa época más contra quienes quieren abandonar la utopía que contra quienes quieren transformarla y convertirla en un escenario democrático. Esto es lo nuevo de estos actos de repudio: se ataca a quien abandona. Porque es el acto de repudio como venganza, no como liquidación del adversario político», indica.

«Eso continuó en los años 90. El poeta Manuel Díaz Martínez decía que el acto de repudio era una especie de zona franca para cometer desmanes contra los propios hijos de la nación. Eso fue lo que sucedió a partir de ese momento, cuando se retoma la lógica que tuvieron a inicios de la Revolución. En los años 60 hubo actos de repudio contra los burgueses, que abandonaban, pero también contra los primeros grupos que querían derrocar la Revolución recién triunfante».

Del Risco recuerda que hay un antecedente olvidado en el mismo germen de lo que sería la Revolución Cubana. «El mitin al que convocó el 19 de noviembre de 1955 en el Muelle de Luz la Sociedad Amigos de la República (SAR). Su fundador, el veterano de la Guerra de Independencia Cosme de la Torriente, buscaba una salida pacífica a la dictadura de Batista y con aquel acto intentaba demostrar la unidad y la fuerza de la oposición».

«Fidel Castro, que en ese momento se encontraba exiliado en México, dio órdenes al M-26-7 en La Habana de que reventara la concentración pública, y eso fue lo que ocurrió. Miembros del ’26 de Julio’ lanzaron sillas y obligaron a suspender el mitin a gritos de ‘¡Revolución!, ¡Revolución!’. Fue la manera en que el fidelismo dejó bien claro desde el principio que la única solución que iba a permitir para la crisis política creada por el golpe de Estado de Batista era la violenta, de la que ellos eran sus principales representantes». 

Dimas Castellanos presenció un suceso de esa naturaleza cuando estudiaba en la Facultad Obrera de Santiago de Cuba, en la Universidad de Oriente, entre 1966-67. «Se desarrolló un proceso de depuración que consistía en una asamblea reunida en el teatro de la Universidad, a la que se traía a los alumnos que consideraban desafectos, flojos ideológicamente o contrarrevolucionarios. Allí se les sometía a algo similar a un juicio sumario, donde se les injuriaba y se les expulsaba de la Universidad. Seguidamente, una turba los acompañaba durante un trayecto en el cual se les agredía verbalmente y en algunos casos de forma física».

Por su parte, Del Risco enumera sucesos representativos de tales tácticas con el uso de turbas para manipular juicios, como el del coronel batistiano Jesús Sosa Blanco, en la Ciudad Deportiva de La Habana; para silenciar medios de prensa; atacar protestas opositoras, como la que se manifestó contra la visita del representante del Gobierno soviético Anastas Mikoyán en 1960; controlar organizaciones como la CTC o la FEU; dirigir confiscaciones de propiedades o «depuraciones» estudiantiles, entre otras.

Del Risco evoca su participación en uno de esos actos a inicios de la década de 1980. «Conocí directamente un par de casos de dirigentes que intentaron irse y los actos de repudio contra ellos fueron especialmente enconados y feroces, controlados por lo que a todas luces eran policías vestidos de civil. De una de sus víctimas, el secretario general del Sindicato de los Trabajadores Civiles de las FAR, se decía en el barrio que había muerto por la golpiza que recibió frente a los ojos de todos, al salir de su casa».

«A los actos de repudio los sucedieron los llamados ‘procesos de depuración revolucionaria’, que deben considerarse como actos de repudio bajo techo», sumó.

En los años posteriores, las turbas sirvieron a su vez para hostigar al «incipiente movimiento de derechos humanos. Entre sus víctimas favoritas estaban el asaltante al cuartel Moncada Gustavo Arcos Bergnes y Elizardo Sánchez, ambos fundadores del movimiento pro derechos humanos en Cuba. Recuerdo una tarde que en el autobús en que viajaba por la calle Línea se subió un miembro de la Seguridad del Estado para llamar a los pasajeros a participar en el acto de repudio que se celebraba cerca de allí contra quienes intentaban ‘quitarles las escuelas y los círculos infantiles a nuestros hijos’. Así de sutiles eran».

El escritor precisa que durante el «Periodo Especial», dada la dificultad para enrolar en las turbas a la gente frustrada por la crisis, «se sacaron de la manga las ‘brigadas de respuesta rápida’, en la que mezclan civiles pastoreados por ellos desde escuelas y centros de trabajo con represores a sueldo».

«En ese sentido, el hundimiento del remolcador 13 de Marzo en 1994 puede verse como una especie de acto de repudio en alta mar. Así al menos lo explicó Fidel Castro al dar su versión de los hechos: en lugar de impedir el robo del remolcador mientras estaba anclado en la bahía, un grupo de trabajadores del puerto decidió por su cuenta interceptar el remolcador fuera de la bahía con chorros de agua, en lugar de huevazos o pintadas injuriosas. Que el remolcador se hundiera con 40 personas, incluidos 11 niños, sería un accidente del que solo se puede culpar a sus tripulantes», subraya Del Risco.

El acto de repudio como parte del ADN nacional

Cuesta Morúa asegura que «el acto de repudio está inscripto en la historia de Cuba, desde la época de los voluntarios cubanos que luchaban del lado de los españoles contra todo el que manifestaba inquietudes por la independencia de Cuba. Ha sido siempre la herramienta política de aquellos que han querido aniquilar la diferencia, y desafortunadamente es parte de nuestro ADN político: utilizar la venganza contra el enemigo para hacer imposible la política y liquidar la relación política con la diferencia».

Dimas Castellanos coincide. Y ofrece dos casos del periodo colonial. «Tomás Romay Chacón (1764-1849), médico, higienista y catedrático, de ideas monárquicas y enemigo intransigente del liberalismo revolucionario y de la independencia de las colonias americanas, fue denunciado por Gutiérrez Piñeres, representante de los comerciantes españoles, como enemigo de la Constitución. En el proceso judicial, Piñeres fue condenado, pero los piñeristas realizaron un acto de repudio frente a la casa de Romay. Su esposa, que estaba enferma, murió por el choque emocional».

El segundo implicó al autonomista Rafael Montoro (1852-1933), quien ocupó la Secretaría de Hacienda durante el Gobierno autonómico de 1898 y durante la República fue ministro de la Presidencia.

«Al publicarse la Constitución autonómica de Cuba y Puerto Rico en La Gaceta de La Habana, los sectores opuestos, agrupados en la Unión Constitucional, el 24 de diciembre de 1897 organizaron una manifestación frente al periódico Diario de la Marina, que elogió a Valeriano Weyler e insultó al nuevo gobernador, Ramón Blanco, y al régimen autonómico. Al mes siguiente, los días 12 y 13 de enero de 1898, otras manifestaciones atacaron las sedes de los periódicos La Discusión y del Diario de la Marina; hechos que fueron usados por Estados Unidos como pretexto para despachar al acorazado Maine hacia aguas cubanas», comentó Castellanos.

Cuesta Morúa ofrece otros precedentes en la historia cubana del siglo XX. «Su antecedente más inmediato está en los ‘bonches’ que protagonizaron los estudiantes universitarios en los años 40. El ‘bonche’ surge en el campo de aquellos que en la Revolución del 33 habían luchado por derribar al dictador Machado. Así que el ‘bonche’, y luego el acto de repudio, surgen en el campo de los revolucionarios en Cuba: los del 59 y los del 33».

«Ahí está una especie de sustancia de odio político que es consustancial no solo a Cuba, también a América Latina y a cierta historia europea. Es allí donde tiene sus grandes antecedentes. Recordemos los pogromos en Rusia, las limpiezas que hacían los nazis contra los judíos en Alemania, y la Revolución Francesa. Ese último es el origen de todo lo que se opone a la racionalidad política, a pesar de que fue hecha a nombre de la libertad y la fraternidad».

«Y me vienen a la cabeza los Comités de Salud Pública, que se organizaron en Francia durante la Revolución de 1789 para atacar a los enemigos. Esos Comités tuvieron su reproducción en Cuba con los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que es el acto de repudio estructurado. Ese cuerpo que se instala en toda la geografía política del país como un acto de repudio anticipado y preventivo, como un acto de repudio en profilaxis».

«Desafortunadamente, cada vez que el Gobierno cubano ve amenazado el tejido de consenso impuesto por la Revolución, apela a la irracionalidad del acto de repudio para tratar de aniquilar al adversario. Por tanto, estamos ante un problema bastante serio, porque tiene que ver con la incivilidad política de la nación cubana para tratar con todo lo que tiene que ver con la tolerancia, la diferencia, la opinión del contrario. Es tan serio, que a veces uno nota que en una ciudad como Miami, que se supone que es un santuario adelantado de la libertad por Cuba, se repite este tipo de esquema», puntualiza.

Enrique del Risco, que suma a los antecedentes ya mencionados la porra «que utilizó el Gobierno de Machado para reprimir a los estudiantes con una mezcla de policías y delincuentes», advierte que hoy la turba violenta se ha naturalizado como parte de los mecanismos habituales del régimen. 

«La novedad de los actos de repudio en la Cuba actual consiste en haber dejado de ser un recurso puntual, que aprovecha determinados momentos de efervescencia masiva, para convertirse en costumbre ritual, como las celebraciones patrias o las caldosas cederistas. Para subrayar esa dimensión ritual, teatral y coreográfica, están esos actos de repudio recientes que incluyen danzas con machetes, grupos musicales o coros escolares. Pero apenas son intentos de sublimar la barbarie, la violencia malamente contenida que recorre estos actos, violencia que el Estado permite que se desate cuando lo estima conveniente», concluyó. 

TOMADO DE DIARIODECUBA

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