Diez dólares y cinco bancos recorridos, los dilemas de un cubano para vender sus divisas

Saco mi billete del bolsillo y lo miro casi con cariño. Qué trabajo le va a costar a Gil quitarle sus dólares al cubano

Como un Eusebio Leal monetario, seguí andando La Habana hasta Belascoaín y me recibió, en el banco que hace esquina con Zanja, un custodio distraído que ni siquiera aparta la vista de su móvil. (14ymedio)

Salí a las calles de La Habana con diez dólares en el bolsillo. Un billete sudoroso, luchado, fortuna en miniatura para el país de las sorpresas bancarias. No olvidaba las palabras del ministro de Economía, sereno como un verdugo entre la presidenta del Banco Central y el afirmativo Randy Alonso.

Encorbatado y pulcro, Alejandro Gil prometía cambiar cada uno de mis dólares por 120 pesos, o algo por el estilo, porque la cifra tendría que sufrir la mordida de una comisión. Empecé a caminar hacia Infanta preguntándome cuántos dólares iría a vender el propio Gil, un hombre que dice estar siempre «en la concreta» y para el cual «no hay recetas mágicas» cuando se habla de economía.

Llegué a la Cadeca de Infanta, y no vi por allí a ninguno de los «jóvenes talentosos» y los «profesores de la academia» que iluminaron al ministro para gestionar esta medida. Me recibió un mulato uniformado, mayor, que vestía impecablemente su uniforme. «Usted vio la Mesa Redonda ayer, ¿no?», me preguntó con amabilidad.

Respondí que sí y al instante apareció la dependiente, nerviosa como una hormiga brava, y me dijo: «¿Trajiste tu carné de identidad?». No pude evitar la sonrisa. ¿Así que Gil no solo pretendía abrir los bancos como ratoneras para capturar divisas, sino también estar al tanto de quién tiene dólares y cuántos está dispuesto a vender?.

«Se me quedó, compañera», dije, y seguí caminando por Centro Habana, dispuesto a averiguar qué otras reglas secretas tendría el juego de Alejandro Gil, en sus primeras horas de funcionamiento.

Llegué a la Cadeca de Infanta, y no vi por allí a ninguno de los «jóvenes talentosos» y los «profesores de la academia» que iluminaron al ministro para gestionar esta medida. (14ymedio)

El que hace la ley, hace la trampa, dice el refrán. Sin embargo, aquí todo es resbaloso, oscuro, y no obedece a reglas lógicas, pensé, mientras remontaba Infanta hasta llegar a otro banco. Estaba desierto: unos cuantos trabajadores, fugitivos de su puesto en horario laboral, para no someterse a colas más largas en la tarde.

«¿El último para cambiar?», les pregunté. Levantaron la mirada, agobiados por el calor y el aburrimiento, y señalaron la puerta del establecimiento. «Todavía no está funcionando el sistema», me informan dentro del banco.

Como un Eusebio Leal monetario, seguí andando La Habana hasta Belascoaín y me recibió, en el banco que hace esquina con Zanja, un custodio distraído que ni siquiera apartó la vista de su móvil. «No hay nadie para cambiar», explicó el muchacho, «porque no hay conexión. El sistema está caído, ¿entiendes?»

Miré la cola frente a los cajeros, que funcionaban perfectamente, y me pareció muy extraña la excusa. Dependen de la misma red. El Banco Central de Cuba no ha podido garantizar una estructura seria y efectiva para el cambio, incluso cuando fingen «desesperación» y «enojo» ante el embargo norteamericano, la disculpa de siempre ante la incompetencia.

Levantaron la mirada, agobiados por el calor y el aburrimiento, y señalaron la puerta del establecimiento. «Todavía no está funcionando el sistema», me informan

«¡Pase, venga, cambie!», me dijo, solícita, una de las oficinistas de otro banco de Belascoaín. Como paso previo a una puñalada financiera, tanto entusiasmo me pareció peligroso. «¿Ha venido ya alguien a cambiar?», pregunté con cautela.

«No», admitió la mujer, «pero no hay ningún problema. Usted sabe cómo son estas cosas al principio. El sistema todavía no funciona bien, hay que ir probando. Así que usted será el primer valiente, ¡vamos!». «Espérese un momento», me salvé, y salí como un bólido de allí.

Finalmente, en el banco de la calle Galiano encontré varias personas haciendo cola para cambiar. La empleada de la puerta, un portento de la desinformación económica, aseguró que el cambio exacto del euro era 121 pesos, cuando en realidad se queda en 119 y algunos centavos tras pagar la comisión.

En la cola ya era famoso el «cuento» de unos clientes despistados que, al extraer CUP con su tarjeta Visa europea en el cajero, recibieron 24 pesos cubanos por cada euro y no la nueva tasa. De nada les valió reclamar. Un muchacho atolondrado llegó preguntando a cuánto se podía «comprar» el dólar. «No, mi amor», aclaró la guardiana del banco, «ellos son los únicos que pueden comprar. Y venderán… cuando ellos avisen».

Estaba desierto: unos cuantos trabajadores, fugitivos de su puesto en horario laboral, para no someterse a colas más largas en la tarde. (14ymedio)

Es casi mediodía y el invento de Gil no acaba de convencerme, así que cedo mi lugar en la cola de Galiano. Tampoco parece buen trato para el resto de los cubanos, que el ministro ya imaginaba en largas filas para deshacerse de las divisas y destruir, con el mismo tiro, al mercado informal.

Abro mi teléfono y consulto los grupos de WhatsApp de compra-venta de dólares, comida, medicinas y todo lo demás. Contra los pronósticos de Gil, nadie le hace demasiado caso a la prodigiosa medida. Como era lógico, ya la tasa de cambio del dólar está superando a la decretada por el Gobierno.

Anoto el contacto de un muchacho que promete 150 pesos por cada dólar. En el mismo grupo, alguien dice que prefiere vender sus dólares a 90 pesos que dárselos al Gobierno. Desde ayer, tanto el euro como la moneda libremente convertible siguen el rumbo ascendente de la divisa estadounidense, la favorita del Consejo de Ministros.

Saco mi billete del bolsillo y lo miro casi con cariño. Qué trabajo le va a costar a Alejandro Gil, el flamante mago de la economía cubana, quitarle sus dólares al cubano.

TOMADO DE 14YMEDIO

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