Dengue en Cuba: ¿ir o no ir al médico?

‘El hospital de nosotros está colapsado, la cosa está durísima allí. Sin mosquiteros, sin camas y sin saber dónde vamos a poner más pacientes’, dice una practicante.

La Habana, llena de basura en medio de la epidemia de dengue. DIARIO DE CUBA

La sensación de ardor en los ojos es insoportable. Eso es lo que siempre me ha molestado de la fiebre. Todavía me quedan pastillas de las que me regalaron hace un tiempo. Paracetamol. No me puedo quejar sabiendo que hay gente que se muere de dengue en Cuba, en el 2022. No quiero pensar en eso.

No recibo visitas, y lo prefiero. Con los malestares casi no me puedo mover. Cuando sospechamos que era dengue, todos se fueron de mi cuarto como si fuese una apestada. No los culpo. Está este país como para encontrar un mosquitero. Quedarse conmigo puede ser riesgoso. Me duele hasta tomar agua. Tengo que tomarla.

Muchos han intentado asustarme con las hemorragias. Que tengo que ir al hospital, dicen. Pero Amanda, practicante en el Hospital Clínico Quirúrgico Docente Freyre de Andrade, popularmente conocido como Emergencias, me dijo que no fuera. «El hospital de nosotros está colapsado, la cosa está durísima allí. En construcción, sin mosquiteros, sin camas y sin saber dónde vamos a poner más pacientes. Por otra parte, tampoco es que te vayan a hacer mucho».

«Bastante agua, dipirona o paracetamol y reposo. Si todo sale bien, en seis o siete días estás curada», me dijo mientras me entregaba unas ámpulas de duralgina. No tengo idea de cómo inyectarlas, pero ella me explicó: «En el hospital partimos las ámpulas y mezclamos el medicamento con agua, porque no hay jeringuillas para tanta gente. El efecto no es inmediato, pero resuelve el problema».

Cada vez más cubanos decidimos cuidarnos el dengue en casa. Aunque ahora la cosa parece más seria. «Los hospitales colapsados y la gente muriendo», comenta todo el mundo. Niños, ancianos, jóvenes. Todos de a pie. Tengo miedo, sí.

Qué ganas tengo de que erradiquen el dengue.

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Como siempre, la situación del pueblo no se ve desde arriba. El pasado 21 de julio, el ministro de Salud Pública, doctor José Ángel Portal Miranda, negó que el sistema de salud en Cuba estuviese colapsando. Desde su óptica, no existía tal epidemia y era solo un bulo de las redes sociales.

«En estos días, los enemigos de la Revolución han estado intentando posicionar en las redes sociales la matriz de opinión de que el sistema de Salud cubano está colapsado como consecuencia de la epidemia del dengue, lo cual es totalmente irreal», dijo. Las culpas, a los de siempre.

Sin embargo, el panorama en redes sociales era otro. Hospitales repletos de cubanos. Apiñados, con una higiene pésima y una atención medica deficiente. La muerte de al menos ocho personas —cuatro de ellas niños era la realidad de las calles.

Las imágenes se hicieron virales rápidamente con el dolor de familiares y amigos de los fallecidos. Unos días después, el discurso oficial había cambiado: «Si no le ganamos la pelea al mosquito, no vamos a contener la transmisión de dengue«, señaló el ministro la semana pasada. Admitió que 71 municipios del país tenían riesgo elevado de transmisión.

Durante la tercera semana de julio —dijo— se identificaron 23.758 casos febriles inespecíficos y se procesaron 10.590 muestras, de las que resultaron positivas el 45,1%, lo que representa 4.776 casos comprobados, una cantidad mayor que los 3.036 casos reportados oficialmente en todo el primer semestre de 2022.

Nadie se cree nada. El esposo de Ángela ingresó en el Hospital Clínico Quirúrgico Docente Salvador Allende, conocido como La Covadonga, con una fiebre persistente, vómitos y dolores musculares. A ella la hicieron volver a casa a pesar de compartir con él la sintomatología.

Lo que vino a continuación fue una pesadilla. «Imagina tener que lidiar con mis síntomas y los de mis niños –cuenta Ángela–. La hembra vomitaba sin parar y pensé que se me iba a deshidratar. El varón no dejaba de gritar por los dolores. Uno es adulto y aguanta las cosas bastante bien, pero imagina a los niños sin medicamentos«.

Los llevó al policlínico y solo había sueros. Le dijeron que ingresara a los niños. No quiso. «Yo tenía que salir, muriéndome como estaba, a la Calzada del Cerro a ver en qué agro encontraba una fruta para hacer jugo. Me daba lástima con los muchachos darles agua sola todo el tiempo».

Su esposo Daniel la mira convencido de que, a pesar del riesgo, se hizo lo correcto. «En el hospital lo único constante son los sueros. No hay una medicina específica que cure, solo te atienden en dependencia de tus malestares: si te duele la cabeza o tienes fiebre, te ponen duralgina; si tienes vómito estás jodido, porque no hay nada», explica, según su experiencia.

«Cada día te hacen un ultrasonido para ver cómo están tus órganos, si hay alguna inflamación… pero fuera de eso, nada. No es un ambiente para niños. Además, uno debe evitar llevar a los hijos a los hospitales, porque ahí tú entras por una cosa y sales por otra».

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La mala situación sanitaria de muchos centros de salud, unida a la escasez de medicamentos en el país, hacen que no pocas personas tomen la decisión de quedarse en casa hasta las últimas consecuencias. Consuelo, de 67 años, fue una de ellas. Pasó el dengue con remedios naturales, dentro de su domicilio.

«Como vivo sola, no necesité buscar un mosquitero ni nada. Si me subía mucho la fiebre, le echaba colonia al agua tibia, me daba un baño y a sudar. Para los dolores, hoja de caisimón caliente. Por suerte, no me dieron peores síntomas, pero es una cosa que no aconsejo porque la enfermedad puede ponerse fea«, afirma.

Desde la década de los 80 el cubano aprendió a lidiar con el dengue por su cuenta, por eso muchos esperan el sangrado como síntoma alarmante para ir al hospital. Si esto no ocurre, uno resuelve como puede. No obstante, esta decisión trae complicaciones.

Amanda dice que en el hospital Emergencias «entran casos cada día y tienen sus variaciones. Según lo que hemos visto últimamente, la enfermedad está dando con líquido en los pulmones y en el estómago, además de enrojecimiento en las piernas y dolores musculares. A los ancianos, en su mayoría, les da hemorrágico, y eso puede ser fatal», advierte.

El grupo de trabajo creado por el Ministerio de Salud Pública dice que se necesita «cerrar filas en cada territorio para lograr mayor calidad en todas las acciones antivectoriales». Pero la realidad es que la falta de combustible y las constantes averías en las termoeléctricas impiden la generación de electricidad, y de la fumigación mejor ni hablamos.

«Yo creo que los despidieron a todos», bromea Marta cuando le pregunto desde cuándo no la visita «el de los mosquitos«.

«Ya no vienen ni a pedir el ‘visto’ (una tarjeta que recoge las visitas de los fumigadores a las viviendas) para marcarlo como si hubiesen trabajado. El último que vino, que de eso hace un año y pico ya, no tenía ni abate para dejar. Así que aquí estoy, mija, evitando la picada del mosquito como dijo el presidente», sonríe.

Leslie, por su parte, no puede tomarlo tan a la ligera. «Yo tengo dos niños, ¿me entiendes?, y en el solar, cada vez que llueve, se desborda la fosa y está así por unos cuantos días. Eso trae mosquitos«, dice. «Cuando nos quejamos, nos cambiaron el desagüe general, pero los vecinos de al lado hicieron algo para mejorar su casa y siempre se tupe. Los que vivimos en la planta baja somos los que estamos sufriendo las consecuencias, con ratones, cucarachas, mosquitos y de todo».

«A eso súmale el vertedero de la esquina, que los basureros solo recogen lo que está dentro del contenedor. Uno tiene que adoptar sus propias medidas, pero es difícil. Yo lo que hago es estar encerrada todo el tiempo, aunque eso no te garantice nada. Del aula de mi hijo mayor ya se han llevado a más de cinco estudiantes con fiebre. El pediátrico está lleno de muchachos y yo me muero de miedo porque vi en internet que se están muriendo niños«, concluye Leslie.

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Los intentos para convencerme son vanos. No voy a moverme hasta un hospital por gusto con el malestar que tengo. Mi mamá está asustada y habla como una cotorra. Yo solo quiero descansar. El dolor detrás de los ojos no se me ha quitado y la fiebre no me baja. La escucho bastante lejos hasta que me voy quedando dormida.

Qué ganas tengo de que erradiquen el dengue.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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