Déficit fiscal en Cuba: el castrismo apostó a gastar y perdió, la economía está muerta

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El Gobierno se queda sin herramientas para actuar y tiene sobre su cabeza una espada de Damocles que él mismo se ha colocado con la ‘Tarea Ordenamiento’.

Un trabajador y sus hijos empujan un vehículo cuesta arriba en La Habana. DIARIO DE CUBA

Toda la Tarea Ordenamiento cabe en una idea: el Gobierno cubano apostó por aumentar exponencialmente el gasto público (quintuplicó la masa salarial), con la intención de energizar la economía.

No es nada original; es una receta keynesiana muchas veces practicada cuando el nivel de desempleo aumenta y la actividad económica declina. Normalmente, logra su objetivo a corto plazo —para felicidad de los políticos demagogos de turno—, aunque a un costo acumulativo terrible para la nación.

Por las peculiaridades estructurales de Cuba, era obvio, prístino, axiomático, elemental y seguro que no iba a funcionar ni a corto plazo. Así se predijo y así sucedió. Las causas son para otro debate; en este, centrémonos en su consecuencia más inmediata: el aumento del déficit fiscal.

Mirando la historia para comprender el hoy, vemos que en 1993 Cuba llegó a un déficit del 33% sobre el PIB. Solo tres años después, el déficit ya estaba por debajo del 5%, un brutal ajuste «socialista» jamás hecho por ningún «paquetazo neoliberal», que desencadenó las protestas de agosto de 1994.

Rondando ese 5% se mantuvo el déficit hasta 2015, cuando comenzó una remontada importante —coincidente con los problemas en Venezuela—, llegando en 2018 al 10%, que con los ajustes de lo que Diaz-Canel llamo «la coyuntura» —recortes de gastos— pareció controlarse.

Así llegamos a 2020 y la Tarea Ordenamiento, cuando desesperados por 62 años de desastre acumulado en una economía que solo «respiraba» cuando recibía ayudas externas (soviéticos o chavistas), el nuevo Gobierno —que es el viejo maquillado— decidió hacer algo. Pero en vez de emprender lo único posible, aceptar la economía de mercado, optó por huir hacia adelante aumentando el gasto para despertar la economía… que no despertó porque no está dormida, sino muerta.

El diseño de la Tarea Ordenamiento exigió planificar para 2021 un déficit fiscal del 18%, pero con los gastos de la pandemia, más los costes que han tenido que retornar al presupuesto central del Estado para darle liquidez a la agricultura y al consumo de los hogares, el verdadero déficit debe rondar un astronómico 25%.

Y la situación ahora es muy diferente. El shock que causó Fidel Castro —al que cínicamente llamó Periodo Especial— reduciendo el gasto, ajustándolo a un país que ya no producía ni azúcar, no es algo que el pueblo cubano de hoy vaya a soportar tranquilamente.

El neocastrismo apostó a gastar y perdió, la economía sigue muerta, pero el déficit fiscal está ahí y tiene que resolverlo.

Una manera sería reduciendo el gasto, pero ¿cómo va a reducirlo si está comprometido en la masa de salarios y pensiones que quintuplicó la Tarea Ordenamiento? Y reducir más en otros rubros en un país cuyo capital fijo (maquinaria, inmobiliario, calles, medios de transporte, obras públicas) está tan deteriorado es imposible; el gasto de reposición y mantenimiento de capital fijo ya está por debajo del mínimo, de ahí que el país esté, literalmente, cayéndose a pedazos, a veces con consecuencias letales.

Los apagones por atrasos en el mantenimiento de las unidades generadoras y la crisis humanitaria en los hospitales son dos expresiones muy concretas de cómo Cuba está funcionando al límite de su capacidad y es imposible gastar menos. Y el 11J el Gobierno descubrió que los cubanos ya no aguantan tan dócilmente que les sigan asfixiando.

La otra opción es aumentar los ingresos endógenos, que era lo que esperaban sucediese con la Tarea Ordenamiento, pero eso era imposible precisamente porque el capital fijo está tan deteriorado que, aunque trabajadores y empresarios quieran producir más, estimulados por salarios mayores, no hay con qué hacerlo. Además, desde Friedman se conoce que todo aumento de producción logrado por vía monetaria retorna más pronto que tarde a su nivel anterior, mientras que los precios se quedan altos; es decir, se despierta el monstruo de la inflación.

En otro país pudiera acudirse a ingresos exógenos para paliar el momento (endeudamiento), pero a Cuba ya nadie le presta, y menos ahora, pues el déficit es uno de los principales indicadores para prever el futuro de una economía; cualquier déficit que supere el 2-3% ya causa alarma, uno que llegue al 25%, espanta. Para que alguien le preste a Cuba, esta tendría que ofrecer unos intereses leoninos… y quizás ni así.

El endeudamiento interno es imposible, en Cuba el sector privado no tiene ahorros suficientes para financiar al Gobierno; además, en todo caso habría que devolverlo también, y lo peor es que desviaría hacia el Estado los pocos recursos que van a financiar las nacientes MIPYMES.

Subir impuestos al sector privado o exprimir más a las empresas estatales sería, como poco, contraproducente.

Solo queda una manera: monetizar de la deuda; es decir, imprimir más billetes… alimentar al monstruo de la inflación.

Estar en déficit agudiza la crisis de muchas maneras: los servicios de la deuda crecen; se inhibe la inversión privada por falta de financiamiento y por miedo a subidas impositivas; las empresas estatales —tan importantes en Cuba— se descapitalizan; se detienen obras que están en ejecución y no se emprenden otras; se hace más barato importar que producir en plaza; el Gobierno se queda sin herramientas de actuación macroeconómicas, y sobre todo, como ya dijimos, nace y crece rápidamente ese monstruo llamado inflación que en Cuba ya da miedo, siendo apenas un bebé.

El déficit fiscal es como esas arenas movedizas donde más te hundes mientras más tratas de salir, y de momento, no se ve por ninguna parte a nadie dispuesto a extenderle la mano al castrismo para ayudarle a salir del mugriento agujero donde él mismo se metió.

El déficit fiscal, como espada de Damocles sostenida por un único pelo de la crin de un caballo, apunta a la cabeza de un régimen sumamente debilitado, que no encuentra salida a su incómoda situación. Quizás se esté acercando la hora de que la gente, pateando las calles, provoque la vibración que rompa la débil sujeción de la filosa espada y zas… se acabó.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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