Mientras los cubanos no despierten, los presidentes se sucederán en Washington y el talante hacia Cuba será agresivo o moderado según el partido de turno

Estados Unidos, Cuba y un demócrata en la Casa Blanca

LA HABANA, Cuba. – Después de días de amarga y exaltada espera, se hizo oficial la victoria de Joe Biden en los comicios estadounidenses, con 279 votos electorales. Al menos así lo han reconocido las grandes cadenas de televisión, varias de las cuales lo daban ya como favorito al hacerse evidente la remontada del demócrata durante el conteo de votos en los estados de Georgia y Pennsylvania.

En la historia de la Unión Americana no han faltado campañas electorales muy subidas de tono. Sin embargo, la recién concluida alcanzó tal nivel de antagonismo y polarización entre los votantes potenciales, que terminó por ser publicitada como “la elección más importante en la historia del país”, o “el sufragio decisivo para el futuro de Estados Unidos”.

El expresidente Donald Trump, por su parte, no ha aceptado la victoria y se apresta a comenzar una batalla legal que promete alargarse y poner a prueba la solidez de las instituciones democráticas en la nación norteña. Aunque el triunfo de Biden no fue anunciado hasta cuatro días después del sufragio, el declive republicano dio las primeras señales cuando se confirmó la pérdida de Michigan y Wisconsin, dos de los tres estados -junto a Pennsylvania- que conforman el llamado “cinturón industrial”, todos ganados por Trump en las elecciones de 2016.

Si bien no se produjo una ola azul como esperaban los demócratas, las elecciones demostraron que Trump no las tenía todas consigo y que el país está ferozmente dividido, una realidad que se ha agravado debido al azote del coronavirus y el modo en que la actual administración ha manejado la crisis epidemiológica. Las tensiones entre demócratas y republicanos, avivadas a lo largo de este año electoral, han puesto en tela de juicio la capacidad de trabajar sobre la base del bipartidismo para construir un país más inclusivo, recuperar la confianza ciudadana y reparar los daños causados por un radicalismo político que al contrario de lo que afirman los medios de comunicación, no inició con la llegada de Trump a la Casa Blanca.

En lo adelante los estadounidenses estarán muy pendientes de que Joe Biden se apegue a su discurso de conciliación, igualdad y justicia. Aspiran a que sea “un presidente para todos los americanos”; no solo para las élites académicas y culturales, los dreamers, los afroamericanos y los latinos, que marcaron un récord de asistencia a las urnas espoleados por promesas que esperan ver cumplidas en un corto plazo.

Biden también deberá ser un buen presidente para la clase trabajadora norteamericana, a la que Obama cargó con impuestos y sacrificó en pos de un programa de gobierno que pareció más concentrado en promover una visión específica de la cultura estadounidense que en representar al amplio segmento social que había constituido la base del Partido Demócrata desde su fundación.

Tras haberse postulado sin éxito a la Presidencia en 1998 y 2008, Joe Biden es hoy el abanderado del optimismo y la esperanza; el presidente unificador que tomará posesión de su cargo acompañado por Kamala Harris, la primera mujer -hija de inmigrantes además- en llegar a la vicepresidencia de los Estados Unidos. Ambos deberán enfrentar una ácida contienda en la Corte Suprema contra un Donald Trump que se niega a conceder la victoria y se mantiene firme en sus alegaciones de fraude electoral.

Mientras ambos partidos se preparan para enfrentarse en los tribunales, la dupla Biden-Harris se dispone a retomar la línea política de Barack Obama, ampliar los poderes del estado y desarrollar un programa de gobierno contrario al de Trump, incluyendo la política exterior. Su enfoque de diálogo con dictaduras como la cubana le ha valido a Biden acusaciones de socialista, las cuales han sido negadas por él y su equipo en reiteradas ocasiones.

No es un secreto que el régimen de La Habana aguardaba con ansias su victoria. Un demócrata en la Casa Blanca significaría la flexibilización del embargo y probablemente la normalización de las relaciones diplomáticas. Pese al apoyo categórico que miles de cubanos brindaron a Trump, sobre todo en la Florida, muchos otros que manifestaron su desacuerdo ante las severas medidas contra la Isla confían en que Biden limará asperezas, reabrirá el programa de Reunificación Familiar y levantará las regulaciones sobre los viajes y el envío de remesas a Cuba.

Cabe esperar que el Senado, de mayoría republicana, haga una fuerte resistencia a cualquier modificación que pueda parecer demasiado complaciente con la dictadura; pero es casi seguro que la estrategia de máxima presión económica dará paso a un clima más distendido que permita al pueblo cubano avanzar en el camino de la democracia. Por naturaleza el régimen seguirá siendo reacio a admitir libertades; pero tal como sucedió en la era de Obama, pudiera relajar hasta cierto punto el hostigamiento sobre la oposición, el activismo y la prensa independientes, intensificado en los últimos dos años.

Muchos auguran -no sin razón- que el triunfo de los demócratas prolongará la vida del socialismo en Cuba; pero justo es decir que las políticas de confrontación poco han de lograr si el principal actor, único con poder real para cambiar las cosas en la Isla, sigue mudo.

Ni demócratas ni republicanos pueden -tampoco les interesa- colocar en manos de un pueblo la libertad que éste no sea capaz de conquistar por sí mismo. Mientras los cubanos no despierten políticamente, los presidentes se sucederán en Washington y el talante hacia Cuba será agresivo o moderado según el partido de turno. La Isla seguirá existiendo lo mismo que un asentamiento agrícola a la orilla de un río voluble: esperando la crecida para paliar años de escasez.

Tomado De CUBANET

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