Cuba y el silencio del progresismo hegemónico

Carolina Barrero ha llevado su testimonio y denuncia sobre la represión en Cuba a sus pares en América Latina, y la respuesta ha sido el silencio.

Carolina Barrero en la Cumbre de las Américas, Los Ángeles, 2022. INFOBAE

La habilidad para administrar la mitología revolucionaria, unida a su eficaz represión interna y a la influencia internacional, convierte a Cuba en un caso histórico, un modelo estatal y un agente geopolítico de arraigada presencia en toda América Latina. Un caso histórico cuyos desastres se invisibilizan, un modelo que se venera, un agente geopolítico al que se invita. Una presencia extendida por la duración temporal, el alcance geográfico y la penetración en sociedades y grupos específicos, como los políticos, activistas e intelectuales de izquierda.

La incredulidad en cómo un país pequeño y pobre puede influir tanto —y no solo mediante «el ejemplo revolucionario»— alcanza a quienes descalifican como «paranoia» cualquier alerta sobre el tema. Baste recordar la influencia de la Stasi de Alemania del Este sobre su mucho más rico vecino, penetrando al activismo y liderazgo político germanoccidentales. O la capacidad de los medios de propaganda y desinformación de Rusia para formar la opinión de buena parte de la población latinoamericana (Kathryn E. Stoner, Russia Resurrected: Its Power and Purpose in a New Global Order, Oxford University Press, 2021). Y si se quiere tomar el toro por los cuernos, revísese la experiencia de la invasión consentida de Cuba en Venezuela. (Diego G. Maldonado, La invasión consentida, Debate, México, 2019).

No se trata de ver una conspiración detras de cada crisis y evento del proceso político latinoamericano. Ni el progresismo bobo ni el anticastrismo histérico explican la complejidad del devenir regional. Pero vale la pena comprender las muy especificas y reconocibles influencias autoritarias proyectadas desde La Habana sobre la acción e ideas políticas regionales. En América Latina la asimétrica influencia cubana confluye con la sobredimensionada presencia, dentro de la intelectualidad latinoamericana, de un progresismo hegemónico.

Este se aferra a una postura particular, que niega la pluralidad constitutiva detrás de la agenda del progreso humano. Si ser de izquierda significa el apego a ciertos conceptos, valores y opciones de política práctica, el saldo —en términos de libertad, equidad y prosperidad— de las izquierdas realmente existentes no puede asumirse a priori desde una superioridad moral autoasignada. Lo mismo vale para sus homólogos de la derecha. Cualquier liderazgo, movimiento y programa de político debe ser medido con apego a sus realizaciones, no a supuestos normativos definidos ex ante.

Contra esa trinidad autoritaria cubana —el caso, el modelo y el agente— lidian hoy activistas como Carolina Barrero, cuya lucidez intelectual y extraordinario valor cívico son reconocidos en la sociedad civil y diáspora cubanas. Tras su exilio forzado a inicios de 2022, la joven ha llevado su testimonio y denuncia sobre la represión en Cuba a sus pares de la política, academia y activismo progresista en América Latina. La respuesta mayoritaria, desde ese campo afín, la ha revelado de viva voz en días pasados: el silencio.

Que quede claro: la historiadora del arte no tiene más legitimidad por hablar desde sus coordenadas ideológicas. Nadie tiene hoy más derecho por denunciar, desde uno u otro ismo, la represión. Tras un siglo XX donde izquierda y derecha autoritarias llevan en su haber millones de víctimas, nadie puede arrogarse la superioridad moral o civil en la defensa democrática. Pero algún alma noble pensaría que, en momento de expansión «progresista» regional, el mensaje de Carolina tendría más recepción en la Latinoamérica de la marea rosa.

«¡Háblenle a la izquierda!», exigen los intelectuales del progresismo regional a los jóvenes activistas cubanos. Cuando estos, en Miami, México o Madrid, se reúnen con figuras y partidos liberales o conservadores, afloran, exquisitos, los reproches. Casi en paralelo con las diatribas antintelectuales que lo más reaccionario del exilio —pocas veces la oposición interna— depara a Carolina Barrero y sus colegas. Pero cuando los intentos de estos por dialogar con las izquierdas occidentales se topan con muros infranqueables, la consejería progre enmudece. Y la caverna anticomunista celebra. Hermanadas en una actitud donde se convergen simplismo analítico, complicidad política e insolidaridad humana.

Cuando jóvenes de una generación nacida tras la caída del Muro de Berlín abrazan causas realmente progresistas —redistributivas, identitarias, democráticas— lo hacen sin el sectarismo de sus críticos de izquierda o derecha. Pasa en Cuba, en Nicaragua y en Venezuela. Lo hacen bajo la represión oficial y el silencio de sus «aliados» del progresismo hegemónico latinoamericano. Porque su agenda no es complacer a nadie, sino luchar por sociedades más libres y justas.

Quienes deberían revisarse son aquellos que, desde la arrogancia intelectual o el analfabetismo político, insisten en prescribir las elecciones de quienes disputan un futuro ubicado, al decir Raymond Aron, entre lo preferible y lo detestable.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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