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Cada vez que los dirigentes cubanos toman una decisión para arreglar uno de los tantos problemas que se han creado el remedio es peor que la enfermedad

Foto CubaNet

LA HABANA, Cuba.- La conciencia se define como el conocimiento que el ser humano tiene de su propia existencia, del bien y del mal, de sus estados y de sus actos, como por ejemplo un deber. Y aunque también puede referirse a la moral, lo cierto es que existe debate sobre en qué consiste.

Si a través de ella se tiene percepción de las personas o del entorno que los rodea, entonces se podría afirmar que los dirigentes de este país, tanto gubernamentales como partidistas, no tienen conciencia.

Cuando cualquiera de ellos hace una aparición pública en los medios se puede constatar que están desinhibidos o desconectados —de forma total— de cómo vive el ciudadano cubano de a pie, y se refieren a las situaciones difíciles por las que esta sociedad está pasando como si no estuviéramos pagando muy caras las consecuencias de la mal llamada Tarea Ordenamiento, que lo que ha hecho ha sido virar al revés al pueblo.

Y entonces, cada vez que toman una decisión para arreglar uno de los tantos problemas que se han creado el remedio es peor que la enfermedad. Verbigracia las subidas de los precios, que fue la dictadura la que comenzó este efecto dominó y ahora lo quieren parar con represión, multas, decomiso de productos y retirada de permisos a trabajadores por cuenta propia, entre otros mecanismos de hostigamiento usados por el régimen.

Dentro de Cuba hay personas que se hacen algunas preguntas con relación a la actitud de los altos dirigentes de la dictadura, los que están en estos momentos en activo y los que una vez lo estuvieron.

Sí, porque se conoce que unos cuantos ministros, vice ministros, dirigentes partidistas y miembros de la Asamblea Nacional del Poder Popular han sido defenestrados, multiplicados por cero, lo que implica que no son personas. Los casos más conocidos son Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Roberto Robaina.

Todos ellos tuvieron bastante poder dentro de las filas de la dictadura, y ahora son ignorados en trabajos de tercera o cuarta categoría, pero sin lugar a dudas sintiendo la vergüenza de haber picado tan alto y haber caído tan bajo. Cuál sería la respuesta a la pregunta: ¿Volverían a hacer lo mismo que hicieron?

¿Son estas acciones solo hechos de falta de conciencia? La respuesta sería no, porque hay mucho de actos egoístas en todos estos dirigentes, pues una vez que se acomodan en un cargo tienen una serie de privilegios que los hace olvidarse de todo lo demás, y viven y actúan solo para su propio bienestar y el de su familia.

Cuando los altos funcionarios en Cuba detectan a alguien que tiene ciertas características, por ejemplo, lo que sucedió con Díaz-Canel —que el propio Raúl Castro dejó bien explicado—, la estrategia es irlos comprometiendo poco a poco y acostumbrarlos a la buena vida, hasta que estén en una situación de no retroceso con respecto a las bondades a las que tienen acceso.

Un caso muy reciente es el de los presentadores de televisión Humberto López y Lázaro Manuel Alonso, a los que la Unión de Periodistas de Cuba concedió el “Premio a la Dignidad”. Los acomodan para llevarlos a niveles superiores y es en este proceso donde comienzan los autos modernos, los viajes a Varadero, las entregas de comida en la casa, el pago en divisas, etcétera; para que se sientan estimulados y sobre todo importantes.

En el caso de estos dos periodistas oficialistas los halagos parecen ser directamente proporcional al odio que siembran en el pueblo, porque en honor a la verdad lo que hacen no tiene nada que ver con la ética de un profesional del periodismo, por el contrario, no les importa si es hombre o mujer, joven o viejo, el problema es llevar a cabo campañas de desprestigio contra aquellos que se atreven a expresar su opinión diferente a la del régimen.

Habría que preguntarles a todos ellos si pueden conciliar el sueño por la noche cuando ponen la cabeza en la almohada, conociendo las vicisitudes de este pueblo, las personas que fallecen por falta de ambulancia, los muertos a los que no pueden trasladar porque no hay carros fúnebres, los enfermos crónicos que no tienen medicinas y los niños que les piden a sus padres comida que estos no les pueden dar.

Pero la pregunta más importante sería: ¿por qué no se van y dejan la dirección del país a otros que lo hagan mejor?

Todo el mundo conoce el odio que le tenía “La Piedra”, léase Fidel Castro, a este pueblo, y también de la forma que se lo transfirió a la continuidad. Pero muchos de estos altos dirigentes no pueden llegar a solucionar los problemas de todos los familiares que tienen, e incluso algunos hijos prefieren vivir fuera del país. Ni siquiera por estas personas pueden renunciar a seguir llevando a los cubanos a la enajenación social.

TOMADO DE CUBANET

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