Crónica de una compra desgastante en tienda MLC de La Habana

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Una cubana compartió en redes sociales su sentida narración de lo que calificó como una «compra desgastante» en una de las tiendas en divisas del régimen, las únicas que en los últimos meses ofertan algo de variedad a los cubanos, cobren en MLC o no

La cubana Taimí Ocampo compartió en redes sociales una sentida narración de su sábado reciente, en el que se aprestó para conseguir alimentos en una de las tiendas en divisas del régimen, las únicas que en los últimos meses ofertan algo de variedad a los cubanos, cobren en moneda libremente convertible (MLC) o no.

Bajo el título “Crónica del desgaste”, Ocampo, diseñadora escenográfica según refiere en su perfil de Facebook, logró transmitir en esa red social cuán difícil es para los habitantes de la isla conseguir alimentos y artículos de primera necesidad hoy en día, aun teniendo una tarjeta MLC recargada por familiares y amigos desde el exterior.

“Sábado 16 de enero de 2021. Hoy mi objetivo inmediato es salir a comprar comida. En lo que resta de semana no me alcanza el tiempo, cuando termino de trabajar, sobre las 6.00 PM, ya las tiendas están cerradas. Es hoy o nunca. Hay un clima agradable, La Habana no ha despertado aún, yo me aseo y me visto lo más rápido que puedo. Mientras tanto mi novia prepara el café, le digo que ya vamos tarde. Agarro una mochila, agradezco a mis Orishas y pido salud para todos, beso a mi Elegguá, me despido de Tkila y salgo a la calle”, inició su relato Ocampo.

“La calle todavía está húmeda por el aguacero de anoche, más sucia, más maltratada. Yo miro hacia otro lado, hacia arriba, nada me va a quitar las buenas energías acumuladas. Mi novia me coge de la mano. Caminamos por la calle Águila, dicen que es la única calle de La Habana que empieza y termina en el mar, hasta el Boulevard de San Rafael. Andamos en busca de una tienda en MLC, las pocas que quedan en CUC sólo ofertan agua y ron. Dimos con una donde hay variedad de productos, estamos frenéticas, café (en grano), malta, galletas, pastas, jugos, conservas, carne de res (incomparable por el precio). Decidimos marcar en la cola”.

Luego de remarcar la escasez existente en el país, que hace que los que requieren comprar se agolpen en unos pocos establecimientos a diario, Ocampo tuvo que referirse en su crónica a las colas, uno de los elementos más característicos y distintivos de la vida en Cuba durante las últimas décadas.

“La cola un fenómeno cotidiano al que hay que entrarle con ganas, con los mejores pensamientos y sentimientos, con garra”, dijo al respecto.

“Pregunto el último, alguien me dice que ya recogieron los carnés de identidad. Son las 8.15 AM, que recogieron 100, que hay otra cola aparte, que la gente está repartiendo turnos, que le pregunte a la señora con solapín que organiza la cola. Sigo positiva, la señora me contesta que recoge a las 8.00 AM, que lo siente mucho, pero llegué tarde, que vuelve a recoger cuando termine con esos 100, OK yo espero, tengo todo el día”, prosiguió el relato de una cubana que, pese a encarar el día con optimismo, iba comprendiendo que algo simple se le haría extremadamente complejo.

“Marco en la segunda cola, doy el último, me siento en un banco milagrosamente vacío. Me da por chequear la cuenta de mi tarjeta MLC, veo que el dinero sigue ahí, a veces me pongo paranoica. Vuelvo a dar las gracias, esta vez a mi tía que vive en el extranjero y ha compartido el fruto de sus esfuerzos conmigo. A mí no me pagan en MLC. A las 11.00 AM solo habían entrado a la tienda 15 personas.

“Las personas tan diversas como el origen de sus mascarillas, allí todos habían luchados sus MLC. Me alegro de que puedan acceder a lo que necesitan, pero, ¿y el resto? Los que no tienen familiares o amigos que los ayuden desde el extranjero».

Una vez más miré hacia otro lado, debía reconectar con la armonía universal, acoplar fuerzas para la espera. Durante un día de cola puedes llegar a empatizar con seres inimaginables, enterarte de cosas que jamás te pasaron por la cabeza, recibir lecciones de humildad y de civismo.

Puedes empatizar incluso: con tenderas indolentes y organizadores de cola con solapín que cuelan a sus conocidos e irrespetan a los que madrugaron y esperan; con los jóvenes de 18 años vestidos de verde y armados que reprimen a la multitud; con los muchachos de boinas negras que se pasean amenazantes junto a sus perros escuálidos de raza pastor alemán”.

Tras su caracterización del cúmulo de personalidades y caracteres que suelen reunirse en una cola en Cuba, Ocampo narró cómo cerca de la hora de cierre de la tienda aún no habían comprado los 100 primeros clientes.

“A las 4.00 de la tarde iban por el número 83 (tragedia, según la charada). Una muchacha comienza a protestar bajito, a exigir sus derechos, con argumentos sólidos, otras, no tan bajito se suman a la protesta. Una tendera sale a enfrentarlas, justificando a sus trabajadoras, una mulata corpulenta, pero agotada por las horas de pie, le dice a la tendera hasta del mal que va a morir, la muchacha amenaza con grabarlo todo, una de las cajeras dentro de la tienda se ofende y sale a la calle, descompuestísima, y le dice a la muchacha que le va a reventar la cara. Todos en la cola se preguntaban por qué no arremetió contra la mulata corpulenta. Llaman a la policía, viene el muchacho con el perro flaco y se llevan a la muchacha (más tarde supe que era abogada), las tenderas amenazantes dicen que esa muchacha no comprará allí. 

El resto de las mujeres que observaban comienzan a gritarle a la policía y a las tenderas. Llega un hombre vestido de civil a intentar poner orden (sabemos que es el seguroso designado), si no se organizan no compran, dijo entre dientes. Todos queremos comprar, todos queremos regresar a la casa con el deber cumplido, son las 5.00 PM, y se nota el desgaste”.

“El desgaste no tiene sabor, color, ni olor, mi amigo Orestes me dijo algo sobre la realidad cubana, que puedo asociar perfectamente con este resumen de mi día, ‘es una masa amorfa e invisible que te envuelve y te roba las energías’. Salgo de la tienda a las 5.45 PM, ya ni importa lo que pude alcanzar. Recuerdo que son tiempos de pandemia, mi novia me abraza. Vuelvo a sentarme como autómata en el banco. La gente continúa alterada, el muchacho del perro pastor alemán continúa su ronda, pasa otro muchacho con un pitbull robusto, el perro flaco se altera y el muchacho de la boina negra le da una patada por las costillas con su pesada bota que retumba en todo el Boulevard. Esa cuadra de San Rafael, donde está la tienda en MLC La Arcada, se convirtió por segundos en un agujero negro, yo lo viví, tan oscuro como el uniforme del muchacho que pateó a su compañero”, concluyó con angustia su relato Ocampo, sin dudas un paisaje de lo que es vivir en esta Cuba de crisis, escasez y sin esperanza en el futuro.

Tomado De ADNCUBA

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