Al día con Florencia, Cuba y el Mundo

Colas, guaguas atestadas y las ocupaciones absurdas de la Policía cubana mientras se expande el Covid-19

‘Iba comiéndome una pizzeta cuando un agente me indicó que me subiera el nasobuco’, cuenta un joven.

Cola para comprar en un puesto de viandas de Los Sitios, barrio habanero en cuarentena por Covid-19. J. E. RODRÍGUEZ DIARIO DE CUBA

Las panaderías cubanas permanecen rodeadas de personas, y las colas no se limitan al pan de cada día. Bodegas, tiendas, mercados y agromercados generan extensísimas filas, provocadas por la escasez de ofertas y por una pésima política estatal, que lejos de reducirlas, las incrementa.

Un pan diario de 50 gramos por persona, como norma, resulta insuficiente, teniendo en cuenta que dicho producto ha venido a convertirse en un «calzo» para las familias ante la escasez de otras opciones, más sanas, nutritivas y variadas.

Las administraciones de las panaderías que aún se mantienen vendiendo pan de forma liberada, han limitado la cantidad que puede comprar una persona. En la ubicada en la Zona 9, de Alamar, La Habana del Este, el coto fue fijado inicialmente en 400 gramos, pero ante las ronchas que esta decisión levantó, los responsables cambiaron la cantidad a diez unidades.

La idea pareciera estar encaminada a calmar otras numerosas quejas de la población que, tras horas de cola, a menudo tiene que retirarse con las manos vacías, porque el producto casi nunca alcanza. En teoría, limitar el pan suena como una solución, pero ¿qué ha provocado en la realidad?

La cola del pan

«En mi casa somos seis personas. Necesitamos, por lo menos, 12 panes diarios para las meriendas porque, como no hay plato fuerte casi nunca, nos entra hambre a toda hora. Lo que estamos haciendo es mandar a mi esposo a marcar en la cola y, cuando le llega el turno, bajamos todos para poder comprar los panes que necesitamos», explicó Miguelina, vecina de la Zona 12, en Alamar.

«Las vendedoras de mi panadería no están respetando la norma. Venden los panes que la gente quiera comprar, por eso mucha gente se está quedando sin pan», dijo por su parte Juan, residente en el reparto Antonio Guiteras, del propio municipio.

En otras localidades capitalinas, comprar por encima de lo permitido conlleva a un soborno, o simplemente basta con ser «amiguito» de los panaderos.

«En Cojímar yo tengo mi gente. Les doy diez pesos por encima y me venden cuatro o cinco panes de más. Si llego sin pan a la casa, ¿qué les digo a mis cinco chamacos?», cuestionó Alejandro.

La escasez de pan también ha provocado un mercado que opera, sobre todo, en horas de la noche, y que ha fijado el precio de una bolsa con ocho unidades en 35 pesos.

«Es un descaro lo que tienen aquí. Los he visto cerrar la panadería y luego cargar varias cajas de pan en una máquina. Además, a mi casa me han ido vendiendo las bolsas de pan en 35 y 40 pesos, pero lo más triste es que ponen a adolescentes a hacer ese trabajo hasta altas horas de la noche», dijo otra residente en Alamar.
Intolerancia extrema de la Policía

Las decisiones gubernamentales que han generado aglomeraciones no se limitan al pan, y ni siquiera a la venta de productos de primera necesidad, ahí entra también el sector del transporte, con altas normas de recaudación que obligan a los choferes a viajar con las guaguas atestadas.

Esto contrasta con la intolerancia extrema de la Policía hacia las personas que circulan en los espacios públicos.

«Iba comiéndome una pizzeta cuando un agente me indicó que me subiera el nasobuco. Me le acerqué para preguntarle si tenía prohibido alimentarme, y me contestó que los alimentos se tienen que consumir en donde mismo se compran», relató un joven que optó por no revelar su identidad.

Sin embargo, actualmente en la mayoría de las cafeterías hay un cartel que indica que los alimentos que se venden son «solo para llevar», por lo que aquellas personas que pasan el día entero en la calle, en colas provocadas por el propio Estado, tienen que escoger entre violar una normativa u otra. En caso de decidir respetar todas las normas, el resultado será la inanición.

Las grandes colas permanecerán mientras la severa escasez de productos en todo el país casi obligue al Estado a limitar las cantidades a comprar, bajo la ilusión de impedir «el acaparamiento» y de estar generando decisiones que benefician a las grandes mayorías.

Otra consecuencia de esta cadena de absurdos es el uso creciente de efectivos de las FAR, policías de tránsito y hasta bomberos para vigilar a las masas que, como una bomba de tiempo, se acumulan alrededor de los establecimientos.

Tomado De DIARIODECUBA

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: