Bolo, ¡quédate en Rusia!

‘Rusia vuelve a echar mano de sus antiguos satélites con tal de mantenerse a flote, pero sin otro pretexto que la antigua Crisis de los Misiles y la nostalgia de una Kuba que aún hiberna en el machadato soviético.’

Ilustración: ‘Bolo, quédate en Rusia’ DIARIO DE CUBA

Existe la campaña «¡Quédate en México!», que busca poner coto a la emigración desbocada. México parece decidido a despachar a la totalidad de sus ciudadanos a los más extraños pueblos de La Yuma. Chicago es ya una ciudad azteca; Bakersfield una ciudad olmeca. De acuerdo con esta tendencia, Tijuana será un suburbio de Chula Vista antes que finalice el siglo.

¿Sabía usted que más zacatecanos viven en Los Ángeles que en la misma Zacatecas? Lo cual hace ineludible la siguiente pregunta: si la emigración es tan buena, ¿qué puede haber de malo con su reverso, el colonialismo? ¿Por qué no darles a todos la misma oportunidad de disfrutar los beneficios de la democracia? ¿Por qué solo a los saltadores de vallas?

La respuesta es que el imperio está demasiado viejo para las correrías imperialistas. Que ya no tiene ánimos para ejercer la benevolencia en los territorios que se le echan encima.

Por eso, cuando escuché a Vladimir Putin decir que desplegaría nuevos batallones de bolos en nuestra atribulada patria, se me ocurrió que deberíamos impulsar el programa «¡Quédate en Rusia

¿Se ha consultado al pueblo cubano al respecto? ¿Y al ruso? ¿No tuvimos bastante con las hordas eslavas que nos invadieron en Ladas y Moscovitches? ¿Los que nos dejaron embarcados con una planta nuclear que nunca produjo electricidad y casi nos vuelve polvo radioactivo?

¿Necesitaremos realmente regresar a los tiempos de Noches de Moscú y sobaquina? ¿De nuevo a las sandalias con medias y Russkiy yazyk po radio?

De los rusos nos quedan momentos inolvidables, como la vez que vimos Solaris en el Payret, diez veces, en tanda corrida, mientras el resto del mundo disfrutaba El Padrino. ¡Pero lo mejor de la Madre Rusia fue desapareciendo a medida que asomaba en su horizonte la democracia! Una generación de perestroikos graduada de la Lomonósov, de historiadores amarillistas y niños bitongos criados en trineos, con nombres como Polina y Volodia, fue el triste legado de la primera invasión soviética.

30 años más tarde los bolos amenazan con volver a invadirnos, esta vez en serio, ya quitado del medio el pretexto del comunismo. Hoy solo quedan los intereses privados de las familias mafiosas: Putin es nuestro Padrino, Cuba es la Sicilia del Caribe y la Enmienda Platt ha sido traducida al ucraniano. El canciller Serguéi Lavrov nos mete en el mismo saco de Kazajistán y Marbella. ¡Ni en tiempos de Brézhnev caímos tan bajo! ¿Cómo no añorar la época de Chernenko y la revista Sputnik?

Convencer a los bolos de que se queden en casa es una necesidad impostergable, pero obligar a los niños que no conocieron la etapa dostoyevskiana de nuestra historia a que se informen debidamente, es responsabilidad exclusiva de las madres cubanas. Mostrar las atrocidades cometidas por los rusos en nuestra tierra, mediante visitas educativas a lugares emblemáticos.

La barbaridad de la cúpula de oro del Capitolio; los cebollones de Nuestra Señora de Kazán en La Habana Vieja; el brutalismo de la embajada soviética en Miramar; los atroces muñequitos rusos, tan contrarios a nuestra sensibilidad estética. La Escuela Vocacional Lenin y el extranjerizante parque del mismo nombre. El realismo socialista en la literatura y el arte; la influencia uzbeka en el decorado interior de los palacios de gobierno. El payaso Popov, la perra Laica, la carne enlatada, el gulag, las botas rusas, los radios VEF…

En los momentos en que la sociedad cubana se convierte en la sucursal de su exilio, y en que La Habana es el barrio aluvión construido con los desechos de Hialeah; ahora que la política isleña es la repuesta automática a las convulsiones de una diáspora desperdigada a los cuatro vientos, los bolos aparecen en el horizonte como el espectro de Solaris, musarañas mentales de una nave al garete que se cree activa.

Pero Rusia es apenas una pesadilla histórica; el mal sueño de la generación del Moncada y la mentira central del fidelismo, tan indefendible en 2022 como en 1962.

Rusia vuelve a echar mano de sus antiguos satélites con tal de mantenerse a flote, pero sin otro pretexto que la antigua Crisis de los Misiles y la nostalgia de una Kuba que aún hiberna en el machadato soviético. Eso sí: o los bolos se quedan en sus dachas por voluntad propia o tendremos que recurrir a una campaña de Change.org. para hacerles saber que no son bienvenidos en La Habana. Para el rebaño de carneros atrapado en la Guerra Fría llegó el momento de escapar de Siberia.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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