Ante la inacción de la Policía, los ladrones tienen carta blanca para robar animales en el campo cubano

Las denuncias son numerosas, pero se han desarrollado con el mismo desinterés por los oficiales 

El hurto de cerdos lleva cuidado e implica a más personas, mientras que matar un buey o una vaca es lo más riesgoso. (14ymedio)

Una inyección de calmantes y el silencio de la madrugada se han convertido en la clave para robar un cerdo en Cuba. Los ladrones estudian bien el lugar. Suelen ser vecinos o habitantes de poblados aledaños. Llegan con una carreta, un camión o algún transporte donde quepa el animal. Los caracteriza la precisión y el silencio.

Muchos años de vandalismo y saqueo han preparado al campesino para incidentes como este. Ahora que los corrales están más cerca de las casas, cualquier ruido podría delatar a los criminales. Sin embargo, el método se ha vuelto cada vez más sofisticado.

Una pareja de guajiros, dedicados a la ceba de puercos en Placetas, sufrió recientemente un intento de robo con la técnica de los calmantes. El puerco, animal nervioso, comienza a gruñir ante lo que supone una amenaza de muerte, y sus alaridos despiertan al vecindario. Para evitarlo, el ladrón introduce discretamente la aguja de una jeringuilla en su piel y así logra adormecerlo. Así lo pueden cargar sin la menor resistencia o ruido.

«Yo escuchaba a los guajiros hablando de robos pero, honestamente, nunca pensé que me llegaría a ocurrir», comenta Idalberto, un campesino de Placetas 

Con jeringuilla o no, la suerte puede jugar una mala pasada al criminal y favorecer al campesino. En este caso, la pareja detectó a los ladrones y pudo detener el robo a tiempo. Los ladrones salieron en desbandada, dejando atrás el botín. 

Placetas, Camajuaní y Santa Clara –importantes centros económicos de Villa Clara– forman un triángulo alrededor de la presa Minerva, un embalse que fertiliza la región. Se trata de un extenso valle no muy lejos del Escambray, donde el tabaco y los cultivos menores se dan bien, y los guajiros suelen descender de emigrantes canarios.

Dentro de ese perímetro hay varios poblados campesinos (Miller, Manajanabo, Falcón, La Sabana, Central Fe, Carmita, Vega Alta, La Quinta, Taguayabón y muchos otros), algunos a la vera de antiguos centrales azucareros y, los otros, fundaciones relacionadas con los ríos y las vegas tabacaleras.

La calidad de vida en esos caseríos es precaria, pero solía ser más tranquila. Ahora, la jornada del campesino transcurre entre el duro trabajo bajo el sol, los obstáculos gubernamentales para comercializar sus cultivos y los rumores cada vez más frecuentes de robos y vandalismo.

«Yo escuchaba a los guajiros hablando de robos pero, honestamente, nunca pensé que me llegaría a ocurrir», comenta Idalberto, un campesino de Placetas que, además de sembrar malangas, cría pollos, chivos y vacas en su finca.

La rutina diaria de Idalberto es la de cualquier trabajador del campo. Se levanta a las 6 de la mañana, cuela el indispensable café y prepara su caballo para llegar a su finca, a un kilómetro de distancia de la casa. Hace unos meses descubrió en las inmediaciones de sus tierras el rastro de unas gomas de carretón y que los alambres de la cerca estaban cortados: le habían robado los bueyes.

Descubrió en las inmediaciones de sus tierras el rastro de unas gomas de carretón y que los alambres de la cerca estaban cortados: le habían robado los bueyes

«En aquel momento se me unió el cielo y la tierra», lamenta Idalberto. El crimen se produjo en la mañana del 16 de mayo y el hombre no perdió tiempo antes de denunciarlo a la Policía. A las dos de la tarde apareció en la finca la Guardia Operativa.

«Tomaron fotos del lugar», recuerda Idalberto, «caminaron un poco y luego se marcharon». Con mucho desgano, le preguntaron si conocía o sospechaba de alguien que «pudiera haberle hecho el daño». El campesino no supo más nada hasta el 25 de mayo, cuando lo llamó el jefe de sector para una citación. Allí le dieron la «tirilla», un documento que acredita la baja de sus animales en el registro pecuario. Con aquel papel no recuperaba los bueyes, pero era un salvoconducto, en teoría, para no tener problemas con la burocracia agrícola. Ahí quedó el asunto.

No fue, desde luego, el único caso de robo de ganado mayor. La Policía ha recibido numerosos reportes, pero la investigación se ha desarrollado con el mismo desinterés por parte de los oficiales.

A inicios de este año, un campesino de Sancti Spíritus describía para 14ymedio la inacción por parte de las autoridades ante esta clase de delitos. «La Policía vino y no tomó huellas, no hizo su trabajo bien», denunció el hombre. «Lo único que hicieron fue preguntar que si escuchamos algo, que si sospechábamos de alguien; ellos trabajan con la información que tú le das, no con la que puedan buscar ellos».

Para el ladrón lo más viable es robar animales pequeños, como gallinas o lechones. El hurto de cerdos lleva cuidado e implica a más personas, mientras que matar un buey o una vaca es lo más riesgoso, porque además de la posibilidad de ser descubierto, el animal no es tan fácil de ocultar como un pollo o un puerco. Si no se ha utilizado ningún transporte, lo lógico es suponer que el ladrón pertenezca al entorno donde ocurrió el robo. Para alejarse del lugar con la presa lo frecuente es montar al animal en un carretón de caballos o en su variante de dos ruedas, la volanta .

La inacción de la Policía ha llevado a los campesinos a tomar sus propias medidas de protección. Algunos tienen al alcance de las manos un machete –arma rural por antonomasia– y pueden llegar a tener una vieja escopeta, poco funcional para enfrentamientos «reales» pero bastante útil para hacerse respetar simbólicamente en la comunidad.

Algunos tienen al alcance de las manos un machete o una vieja escopeta, poco funcional para enfrentamientos «reales» pero bastante útil para hacerse respetar

 Una única medida ha tomado la burocracia agropecuaria de la zona: hace unos meses convocaron a una reunión de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. Allí, los guajiros recibieron la “orden” de realizar guardias para vigilar sus parcelas y fincas. De ese modo, se han convertido en los únicos responsables de los robos que ocurran en sus tierras. Las guardias, además, representan tiempo extra en una jornada laboral que ya resulta bastante dura.

La inseguridad del campo no es exclusiva del perímetro Placetas-Camajuaní-Santa Clara. Ni siquiera se restringe al entorno rural. En la periferia citadina e incluso en corrales urbanos el hurto de cerdos y otros animales de cría es una realidad común. 

14ymedio ha recibido otro testimonio, procedente de San Antonio de los Baños, donde una pareja lamenta el robo de ganado. «En lo que va de año nos han llevado cuatro vacas, más dos toros que desaparecieron del corral de un familiar nuestro», aseguran. «Matan a los animales en el lugar, para llevarse la carne. A una de nuestras vacas, que estaba parida, le sacaron el ternero y dejaron solo los huesos y las vísceras». 

Como en el resto de los casos, la Policía resulta inútil para investigar el crimen. «Cuando lo del robo vinieron dos oficiales. Lo único que nos dijeron fue que le diéramos baja a las vacas en el registro agropecuario», afirma la pareja. «Ah, y cuidado con protestar o salir con un cartel al parque de la iglesia: te desaparecen igual que a los animales».

TOMADO DE 14MEDIO

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