Además, esta señora dijo que “los productos no están tan caros” y que “la cosa no está tan mala”. Y lo comentó con gran satisfacción y orgullo por lo que dijo

Así como leyó usted: le alcanza. Esta tunera dice que puede vivir con los productos racionados de la libreta y las viandas compradas en los comercios estatales de venta liberada.

Nunca los he visto tan caros como para pasar esa necesidad”, comentó a una televisora de su provincia y uno piensa que “necesidad” significaba para ella “hambre” aunque no lo quiso decir por pudor —tal vez miedo—, como puede intuirse por la pausa que hizo al hablar.

“Se dice por ahí que esto aquí está malo, pero no, yo compro mis cositas y voy pasando”, declaró la mujer muy orgullosa de sus palabras. ¿Será cierto lo que dice? Puede ser. Si lo fuera, sería un caso rarísimo, una excepción a la regla del vivir cotidiano de los cubanos.

Hay una escena famosa de Madame Bovary, la gran novela de Gustave Flaubert. Una anciana de manos sarmentosas, toda encorvada, más cerca de la tumba que del nacimiento, recibe en la plaza del pueblo un premio de sus patrones por haberse gastado la vida trabajando como una esclava para ellos. Una última generosidad, entre pompa y banda municipal, de manos de quienes nunca fueron generosos a manos de quien jamás conoció otra cosa que no fuera miseria. Y ella sonríe.

Como mismo sonreían los cortadores de caña, los obreros portuarios y los intelectuales cuando de casualidad la mano de Fidel se posaba sobre ellos o recibían un reconocimiento del régimen —un televisor, un diploma, una casa en la playa— como consolación de sus penurias y tristezas.

Hay algo tragicómico en todo esto, ver a gente cuya vida ha sido un río de privaciones justificando los errores del castrismo. Hegel, el filósofo alemán, lo llamaba “dialéctica del esclavo”: el siervo que ama las cadenas que lo oprimen. Y allí está la prensa del régimen para ufanarse del vasallo que las botas del capataz.

En buena medida es resultado del desconocimiento, del vivir metidos en la caverna sin sacar la cabeza al exterior, respirando día tras día el mismo aire. En ese mundo asfixiante, dos libras de frijol más por la libreta pueden ser una bendición, y un celular con internet, un signo de progreso.

Muchos tienen ante sí el recuerdo de que una vez por mes compraban en bodegas y carnicerías arroz, frijoles de varios tipos, aceite, manteca, leche, sal, café, papel sanitario… Pero eso quedó en los ochenta. Que el racionamiento continúe es un signo inequívoco del fracaso económico, pues significa que no hay modo de garantizar comida —al menos eso— en cantidades suficientes para todos los cubanos.

El fracaso de las reformas raulistas, iniciadas en 2008, y la crisis desatada por el coronavirus, dispararon los precios de los productos básicos en la isla y redujeron la oferta de los productos normados por la libreta.

En la actualidad Cuba gasta más de 1000 millones de dólares anuales en subvenciones a los alimentos que se entregan a través la Libreta de Abastecimientos a todos los ciudadanos, los cuales solo pagan un 12% del valor real de los productos.

En 2011, Raúl Castro justificó la eliminación gradual de la libreta, porque además de ser “una carga insoportable” para el Estado, desalienta el trabajo y genera “ilegalidades”, pero ahí sigue, como los destartalados autos de la era soviética que, por no tener dinero ni opciones para reponerlos, los cubanos continúan usando con remiendos y tapones.

Tomado De ADNCUBA

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