A más hoteles, menos comida en Cuba… y Díaz-Canel se sorprende

Un país que tiene hambre no puede invertir 13 veces más en hoteles que en agricultura. Eso es inmoral.

Cola para comprar aceite en La Rampa. Vedado, La Habana. DIARIO DE CUBA

Con cara de desconcierto, Díaz-Canel dijo recientemente que la inversión hotelera que ejecuta su Gobierno «no es comprendida por una parte de la población» cubana. Esto parece sorprenderle.

Décadas de cobarde unanimidad han habituado tanto a los jerarcas castristas a poseer la única razón válida, que Díaz-Canel no concibe que el pueblo pueda pensar diferente. ¡Qué va!, es que no comprenden, deben ser «revolucionarios confundidos», como los del 11J.

Probablemente, el testaferro de Raúl Castro no capte cuán irónico es que los mismos que se autotitulan comunistas y dicen haber hecho una revolución para «garantizar la dignidad plena del hombre» estén levantando modernos hoteles mientras el país se pulveriza a ritmo de tres derrumbes diarios desde 1959. Más de 200.000 viviendas esperan reparación por afectaciones climáticas, más de 100.000 siguen con piso de tierra, miles de cubanos sobreviven albergados en condiciones subhumanas, y miles de habaneros se juegan la vida habitando los casi 700 edificios oficialmente declarados en estado crítico.

Pero la gente sí observa esa ironía, se indigna y, además, gracias al diligente trabajo de economistas como Pedro Monreal —de cuyo blog extrajimos la mayoría de datos aquí usados— puede razonar y tener opinión propia sobre lo que hace el Gobierno, aunque a Díaz-Canel eso le sorprenda.

Así, nos enteramos de que, en el último periodo reportado, enero-septiembre 2021, servicios empresariales e inmobiliarios, acápite contable que incluye la inversión hotelera, absorbió el 42,3% de la inversión estatal. Es algo que espanta, pues la norma básica de la inversión es no poner todos los huevos en la misma cesta, hay que diversificar. ¿No se aprendió nada de cuando Fidel Castro apostó todo a la zafra del 70 o a la URSS?

Esta deformación estructural, la «monoproducción» turística, hizo que con la pandemia el país se hundiera mucho más (-11% en 2020) que la media latinoamericana y caribeña (-6.8%). Pero lo peor es que en Cuba no hubo efecto rebote, sino que siguió cayendo en 2021 (-2%), mientras el resto del continente ya se estaba recuperando (+5.9%).

Esta concentración inaudita y peligrosa de la inversión nacional en hotelería ha provocado que Cuba esté sufriendo esta lentísima y trágica recuperación que es más bien estancamiento, ya que en 2021 la economía sin alternativas de la Isla recibió menos del 7% de los turistas llegados en 2019.

Y puede que el turismo, a la larga, recupere su nivel prepandemia, pero en 2022 aún se espera menos de la mitad de los visitantes de 2019. Tres años, que se dice pronto, tres años de vida que no volverán, en los que las familias han quedado divididas por la emigración y las colas: hay niños que pasan días sin ver a alguno de sus padres que, apostado con resignación, guarda su turno en la fila solo para ver si a la tienducha donde le toca comprar entra pollo, picadillo o aceite… no hay más.

Y lo más grave no son los errores pasados, sino los presentes. Vale que la falta de divisas haya forzado una reducción de todas las inversiones, pero no vale que, en plena crisis alimentaria, en 2021 la inversión agrícola se haya reducido un 44%, mientras que la inversión hotelera solo lo hiciera un 7,2% aun cuando no había turismo. Un país que tiene hambre no puede invertir 13 veces más en hoteles que en agricultura. Eso es inmoral.

¿Cómo se invertiría en el país si, en vez del Gobierno, fueran los ciudadanos quienes libremente pudieran elegir qué hacer con los recursos que ellos mismos generan? ¿Invertirían los cubanos 141 veces más en turismo que en industria azucarera, como hace el Gobierno actual?

Para colmo, ni lo malo se hace bien. En 2021 República Dominicana ya había recuperado el 73% de los turistas que acogió en 2019, antes del Covid-19, mientras que Cuba recuperó solamente el 6,5%, un desastre absoluto que no se pudo paliar ni con la propaganda de las vacunas y de Cuba como «destino saludable». Solo 573.000 turistas eligieron Cuba, mientras que los dominicanos atendieron a cinco millones.

Pero no es la pandemia lo que debió encender las luces rojas sobre la inversión turística. Desde mucho antes, exactamente desde 2016, la tasa de ocupación había ido decreciendo del 61% al 48% en 2019. En ese mismo periodo, se inauguraron 54 nuevos hoteles con una inversión de 2.300 millones de dólares, según datos oficiales recogidos por Emilio Morales, de Havana Consulting Group.

¿Cómo y por qué se siguió construyendo hoteles a ese ritmo, cuando la mitad de los hoteles existentes estaban vacíos?

La misma involución se observa en los hoteles cinco estrellas, cuya clientela se estancó en 2015, después del pico de la apertura Obama, y ha estado declinando desde 2017. Aun así, se han inaugurado más de 2.000 habitaciones cinco estrellas al año.

Debido a este ineficiente crecimiento extensivo, aunque entre 2014 y 2018 el arribo de turistas aumentó un 56,4%, las ganancias solo crecieron un 9,3%, un desplome notable del ingreso por turista, que es el indicador que verdaderamente importa en esta industria.

Con todo esto, lo asombroso es que a Díaz-Canel le desconcierte que muchos cubanos no compartan su entusiasmo constructivo-turístico. Esperemos que la próxima vez que el pueblo hambriento, enfermo y oscuro salga a protestar porque los hoteles ni alimentan, ni curan, ni iluminan, no sea el presidente quien sorprenda al mundo ordenando que a los manifestantes los muelan a palos… aunque, pensándolo mejor, eso no sería sorpresa.

TOMADO DE DIARIODECUBA

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