Lenin, que ha sido presentado por los comunistas como “el genial guía del proletariado”, fue un teórico dogmático, cegado por el odio y cuya principal herramienta para gobernar fue el terror

Lenin y la revolución de octubre. 

LA HABANA, Cuba.- La Revolución Bolchevique de octubre de 1917, que más que una revolución fue un golpe de estado, es uno de los hechos contados por la historiografía comunista con más inexatitudes.

Para hacer mayor la confusión, dicha revolución no ocurrió en octubre, sino en noviembre. Según el calendario juliano, que estaba vigente en Rusia en aquella época, la revolución se inició el 25 de octubre, pero de acuerdo al calendario gregoriano que regía en el resto del mundo, fue el 7 de noviembre.

Los bolcheviques no derrocaron al régimen zarista —el zar Nicolás II se había visto forzado a abdicar cuatro meses antes—, sino al gobierno republicano y democrático de Alexander Kerensky.

El decisivo papel que jugó Trostky (Lev Davidovich Bronstein) en la toma del poder por los bolcheviques sería escamoteado por los historiadores soviéticos.

Lenin se limitó a trazar una vaga estrategia insurreccional pero fue Trostky quien se ocupó de la táctica y de la consumación del golpe de estado.

Mientras los destacamentos de choque de Trostky tomaban todos los centros vitales de San Petersburgo, Lenin, con peluca y afeitado, permaneció oculto en la barriada industrial de Wiborg casi hasta el último momento.

Luego, en una habitación contigua al salón del Instituto Smolny, donde se celebraba el Segundo Congreso de los Soviets, Lenin con su disfraz aguardó, con mucha aprensión, el desarrollo de los acontecimientos. No salió de aquella habitación hasta que Trostky fue a buscarlo y le increpó burlón: “¿Por qué sigue usted disfrazado? Los vencedores no se ocultan. Lleva usted 24 horas de retraso”. Fue entonces que Lenin, muy nervioso pero ya sin peluca, seguido por Trostky, penetró en la sala del congreso, y se convirtió en dictador.

Lenin (Vladimir Ilich Ulianov), que ha sido presentado por los comunistas como “el genial guía del proletariado”, fue un teórico dogmático, cegado por el odio y cuya principal herramienta para gobernar fue el terror.

A poco más de un mes de estar en el poder, en diciembre de 1917, Lenin, para implantar un  “riguroso orden revolucionario”, dijo que era preciso “aplastar sin misericordia los brotes de anarquía entre gamberros, borrachos, vagos y contrarrevolucionarios”.

Un mes después proclamó que su objetivo era “limpiar la tierra rusa de todo bicho nocivo”.  Y como pronto se vio, no se refería precisamente a los piojos, trasmisores del tifus que diezmaba a los soldados del Ejército Rojo. En cumplimiento de las órdenes de Lenin, los guardias rojos y chekistas asesinaron a varias decenas de miles de mencheviques, eseristas (social-revolucionarios), aristócratas, kulaks, sacerdotes e intelectuales.

En 1918, los guardias rojos, por orden de Lenin, asesinaron a la familia del zar Nicolás. De madrugada, los fusilaron y remataron a bayonetazos a todos, incluidas las niñas y las sirvientes.

Con una interpretación distorsionada y caprichosa de las ideas de Marx, y bajo la consigna de “Todo el poder para los Soviets”, Lenin dijo haber instaurado la dictadura del proletariado. Realmente, el Poder Soviético no fue el gobierno de los Consejos Obreros, como aseguraba Lenin, sino la dictadura del Comité Central del Partido Comunista. Luego, el Buró Político, que había sido creado provisionalmente durante la guerra civil, se convirtió en el aparato que suplantó al Comité Central. Al final, Lenin se impuso al Politburó y organizó un súper-estado policial de burócratas y militares.

Ese súper-estado dictatorial impuesto en la Unión Soviética y los demás países del llamado “socialismo real”, no fue un instrumento al servicio del proletariado, sino de una casta de dirigentes, burócratas y militares que, invocando los intereses de los trabajadores, se atrincheraron, para su propio beneficio, tras el Estado y el Partido Único.

A diferencia de las revoluciones de Francia y de las Trece Colonias, que garantizaron derechos y libertades, el régimen surgido de la Revolución Bolchevique impuso al Estado sobre el individuo, conculcándole sus libertades civiles y políticas.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el “primer estado de obreros y campesinos” proclamado por Lenin, se convirtió en una cárcel de naciones y nacionalidades y originó una monstruosa pesadilla totalitaria que duró 73 años, y cuyas consecuencias aún perduran.

Tomado De CUBANET

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